Forbes Ecuador
28 Noviembre de 2025 11.05

David Paredes Periodista

Las empanadas que venden US$ 3 millones

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Rodrigo Peña apostó por la tradición, la receta de su madre y el apoyo de sus hijos para levantar Campo Viejo. En 2005, con una inversión de US$ 7.000, construyó un negocio familiar de empanadas que actualmente busca expandirse a otros mercados de la región. La marca tiene 14 locales, cinco son propios y el resto son franquiciados.

Un viaje de panas a la playa encendió la chispa emprendedora de Rodrigo Peña. Era 1982, se jugaba el Mundial de fútbol en España y su selección favorita, Brasil, quedó eliminada en segunda ronda. Con esa decepción futbolera se juntó con sus amigos Humberto Zapatier y Esteban Dávalos para dar un paseo por Atacames, en Esmeraldas.

Entre charlas interminables de fútbol, romances y negocios surgió la idea de crear la Pizza de Beto, en Valle de los Chillos, Pichincha. Rodrigo conocía del negocio cuando trabajó tres años antes como cajero en Pizza Nostra, una empresa colombiana que operó a finales de los años setenta. 

La propuesta era sencilla. Los tres amigos reunieron capital y se arriesgaron, pero el negocio duró solo dos años. Hubo roces, diferencias entre socios y cerró sus puertas. Después de esa experiencia, Rodrigo creyó que podía montar un restaurante solo.

En agosto de 1984, con una inversión de 100.000 sucres, superó su primer fracaso y abrió Campero, un local de comida típica, en la avenida General Rumiñahui en el Valle de los Chillos, que ganó fama por las empanadas de morocho, el caldo de patas y la fritada.

"Nuestro caldo de patas era el mejor del país. Así nos decían nuestros comensales. Al local llegaban personalidades como políticos, artistas y la gente de la zona", recuerda. 

El negocio empezó con un menú de 12 platos y creció con el boca a boca. No había una estructura empresarial ni una estrategia definida. Era un negocio pequeño que funcionó hasta 1997 con ese nombre. Rodrigo reconoce que por la poca experiencia "a nadie se le ocurrió registrar la marca" y tuvieron que cambiarla. 

El nuevo nombre que escogió fue Campo Viejo que mantuvo la carta tradicional. La crisis de finales de los noventa, el feriado bancario y la dolarización, impactaron en el negocio. El restaurante se recuperó económicamente, pero cerró en 2003. Solo vivía de las ventas de fin de semana y era complicado sostener el pago de la nómina y de proveedores. 

Empanadas Campo viejo
Rodrigo Peña es el fundador de Empanadas Campo Viejo. Foto: Pavel Calahorrano Betancourt

Rodrigo se quedó "picado", no estaba conforme con el cierre del negocio. En 2005, conversó con su familia para abrirlo, aunque todos le recomendaban que lo hiciera con una propuesta diferente: solo empanadas. Ese mismo año nació Empanadas Campo Viejo. Arrancó con una inversión de US$ 7.000 y dos variedades de empanadas, morocho y chilena. 20 años después es una marca consolidada con 14 sucursales, 12 tipos de empanadas y este 2025 proyecta cerrar con una facturación de US$ 3 millones.

Esta idea llamó la atención de los antiguos clientes del restaurante y atrajo a una nueva generación. Fue tan grande la acogida, que la capacidad operativa instalada en su primer local no dio abasto. 

Dos años después, en el 2007,  se dio la apertura del segundo local, también en los Chillos. Para ello se requirió una inversión de US$ 50.000, que se financió con la venta de la casa familiar y un préstamo de un hermano de Rodrigo. 

La apertura de esta sucursal llegó con la visión de darle una estructura empresarial. "No sabía nada de negocios. Era un emprendimiento pequeño cuando empecé Campo Viejo y creció tanto que ya era hora de darle una estructura y no sabía cómo hacerlo", dice Rodrigo.

La nueva generación 

El negocio crecía sin una planificación, recuerda Rodrigo Peña. "Cada vez eran más clientes y veía que no podía más. Me tocó pedirles ayuda a mis hijos, pero nunca les presioné para que aceptaran mi propuesta". 

En 2011, los hijos de Rodrigo se unieron a la empresa para darle estructura. El primero en recibir la llamada fue Álvaro Peña, que en esa época trabajaba en varios proyectos como ingeniero en sistemas en Flopec y además, tenía una oferta de trabajo tentadora.

"Yo estaba a nada de firmar un contrato con Telefónica cuando recibí la llamada de mi padre. Me costó tomar una decisión y me demoré días para darle una respuesta", recuerda Álvaro.

Llegó a la empresa y puso la casa en orden. Asumió la gerencia general y vio la necesidad de abrir áreas administrativas. La primera candidata para la gerencia comercial y de marketing era su hermana mayor Isabel Peña. 

La oferta llegó cuando ella estaba en su mejor momento en Chevrolet. Llevaba cinco años en la empresa y era parte del equipo de marketing y comercial que manejaba Chevyplan.  

"Me llamó mi hermano a decirme que le ayudara, que necesitaba alguien que conociera de marketing. Su oferta me hizo pensar mucho, porque en Chevrolet tenía presupuestos millonarios para las campañas, en Campo Viejo no tenía nada", dice Isabel.

El amor a su padre hizo que ambos se pusieran al frente del negocio. Una decisión que repercutió en un modelo que fue mutando para administrar la empresa. "Fue un salto de fe. Dejamos nuestras carreras profesionales para darle una mano y nos enamoramos del negocio", asegura Isabel. 

Empanadas Campo viejo
 

Un modelo de franquicias

Hasta 2011, Campo Viejo apenas tenía dos locales. Crear franquicias no estaba en los planes. Pero ese año José Alberto Erazo, un amigo de Álvaro Peña, los buscó y propuso abrir un local con su marca, en Quito. 

La familia analizó la oferta, hizo números y se buscó capacitar para dar los siguientes pasos. Antes de tomar la decisióncontaron con asesoría legal para diseñar contratos y el modelo de franquicia donde Campo Viejo era proveedor de sus franquiciados. Así centralizaron la producción para garantizar la calidad y crecieron como marca. 

"Me metí a un seminario para aprender qué eran las franquicias y cómo estructurar un modelo acorde a lo que queríamos como empresa. Era importante que entendiera cómo funciona para después planificar y darle estructura", afirma Rodrigo.

Actualmente, la empresa tiene 14 locales, de los cuales cinco son propios y el resto son franquiciados. Están en Ambato, Quito, Cumbayá y el Valle de los Chillos.

En 2024 se arriesgaron a abrir sucursales en otras provincias. Ambato y Latacunga fueron ciudades que sirvieron como piloto para entender el mercado. El plan de convertir a Empanadas Campo Viejo en una marca nacional sigue firme. 

"Irnos a otra ciudad implica educar a un mercado nuevo. Si nos vamos a Guayaquil o Cuenca, probablemente será más fácil, porque están acostumbrados a franquicias de todo tipo que llegan constantemente", asegura Álvaro.

En 2020, ingresaron al mercado del retail con las empanadas chilenas. Esto se convirtió en su salvavidas durante la pandemia. Los locales estaban cerrados y la única forma de sacar el producto era a través del delivery.

Adquirieron maquinarias que congelan alimentos con técnicas especiales que mantienen la calidad del producto y llegan a temperaturas de hasta menos 40 grados centígrados en pocos minutos. 

"Con la primera tecnificación de la primera planta, el objetivo fue diversificar la oferta de productos de la empresa. Ahora contamos con producto congelado para supermercados y línea Food Service", afirma Isabel. Sus empanadas están en las principales cadenas de supermercados de Ecuador. 

Inversiones para crecer 

Entre 2024 y 2025 la empresa invirtió cerca de US$ 1,5 millones como parte de su plan de crecimiento. Actualmente, construyen su segunda planta de producción, con equipos de última generación que se importaron de Argentina, Brasil, Colombia e Italia.

Para 2035 buscan explorar el mercado internacional. Sueñan con que sus productos estén en las perchas de otros continentes. Por ahora, sus propietarios se concentran en crecer a escala local y regional. (I)

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