A caballo hice viajes a rincones olvidados, y miré las montañas de otro modo y el páramo como la magia del agua, y los bajíos como recodos de paz; y sentí al viento en el temblor de las crines, y a la mañana, en la luz reciente que se inaugura cada día. Por el caballo comprendí que llegar a un pueblo antiguo, intacto todavía, era descubrir el silencio. Por el caballo encontré la humildad del chaquiñán, el significado de una cuesta y el mensaje de paciencia de las lomas. Con el caballo me asomé a los barrancos y supe que cruzar un río y la corriente que marea, es una lucha entre la confianza, el miedo y el asombro .
A caballo descubrí el valor humano de la posada y la choza, y la posibilidad de hablar con un paisano, sin prisas, sin prejuicios, en la paz de una tarde. Confirmé mi sospecha de que en la vida no todo era prisa, que la calma era una forma de sabiduría, que se podía callar y entender el silencio, que el trotecito y el paso llano ayudaban a pensar, que el chasquido de los cascos en el suelo podía escucharse como una armonía, que el relincho anunciaba una llegada, y que, más allá de nosotros, estaban los otros, lo que saludaban, los que ayudaban y los que contaban.
Con la compañía del caballo descubrí desde una cumbre la plenitud de los nevados y los remotos horizontes de nuestra tierra, que la vibración del pajonal transmite vida, que la luna puede ser enorme, limpia, asombrosa, que hay estrellas todavía y que la paz es posible. Y que llegar, era apearse, desensillar, ocuparse del pasto, el agua y el bienestar del amigo. Y vi que era cierto aquello de que la naturaleza es una hermana, entendí que el árbol es mucho más que sombra, que las nubes no anuncian siempre aguaceros, porque advierten también el verano y sus vientos, las sequías y sus angustias.
Supe, en esas rutas de monte y pajonal, que el paisaje no era solo colinas y quebradas, que era un espacio de vida, que era el país y sus historias, las haciendas y los pueblos, las planicies y sus prisas, los barrancos y sus prudencias. Supe que en la mano que lleva las riendas está el destino del viaje, que en una luz lejana está la promesa del descanso, que el ladrido de un perro anuncia una casa, y que un grito remoto rememora otro tiempo.
Entonces, confirmé que había otra perspectiva frente al horizonte, y que debíamos amoldar el cuerpo y el animo a una forma distinta de vivir, al modo antiguo de asumir las cosas; que todo era un aprendizaje, y que andar a caballo enseña a rescatar el sentido de la distancia.
Gracias al caballo, a su amistad, asumí que se puede pensar a medida que se cabalga. Y que, en esos viajes, no soy solo yo, que soy con el caballo, uno solo. (O)