Por una frontera no solo se mueven mercancías. Lo hacen además familias, historias, trabajo, sueños y también miedo. Tras cuatro meses de tensión, el conflicto comercial entre Ecuador y Colombia dejó de ser una simple disputa de aranceles. Estuvo en juego algo mucho más profundo: la capacidad de dos naciones vecinas de seguir sosteniéndose mutuamente en medio de una crisis regional que ya nadie puede esconder.
Ahora, con el desmontaje de los aranceles -sin importar si lo motivó una decisión de la CAN o la decisión del presidente ecuatoriano Daniel Noboa- y la reactivación inmediata del intercambio comercial, queda una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿valió la pena poner a prueba el único destino binacional posible que es la convivencia? La respuesta depende del lugar desde donde se mire.
El hecho es que los aranceles nunca fueron el problema, sino la consecuencia de algo más grave: la seguridad. Y ahí es donde la pelota está en cancha colombiana. Sencillamente no podemos hablar de libre comercio mientras en la frontera esa libertad siga siendo maniatada por el crimen, el tráfico ilegal y la violencia que se mueve sin control entre ambos países. La dureza de la postura ecuatoriana nació de la dolorosa realidad de inseguridad que no solo destruye economías, sino vidas.
Ahora comienza una nueva etapa. Los contribuyentes que asumieron el costo de los aranceles deberán acudir a los tribunales fiscales para recuperar los recursos pagados durante este período. El proceso podría extenderse por, al menos, un año. Pero, más allá de cómo se ejecuten esas devoluciones, la sola posibilidad de resarcimiento constituye una señal positiva para quienes absorbieron el impacto de las medidas.
También será necesario esperar los balances de los bancos centrales de ambos países para conocer la dimensión real de los efectos provocados por esta crisis. Algunas estimaciones advertían riesgos para cerca de 250.000 plazas de trabajo directas e indirectas vinculadas al intercambio bilateral, pero todavía es prematuro medir con precisión cuánto daño se produjo y cuánto logró evitarse.
Lo que sí parece evidente es que la recuperación será rápida y tomará mucho menos tiempo que los cuatro meses de deterioro del flujo comercial. Ahora el reto es recuperar negocios que quedaron en pausa y abrir la puerta a nuevas oportunidades para ambos mercados.
Al final de todo, nos queda una lección de oro: Ecuador y Colombia podrán discutir, confrontarse y tensar la cuerda cuanto quieran. Pero hay una verdad imposible de ignorar: por historia, ubicación, cultura y valores afines jamás podrán vivir sin convivir. (O)