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Un Estado que descuida su biodiversidad no solo degrada su entorno: compromete su autonomía operativa y su competitividad futura.

31 Diciembre de 2025 11.12

Durante décadas, la biodiversidad fue tratada como una herencia biológica digna de protección, pero ajena a las decisiones económicas. Un símbolo estético, valioso, pero periférico. Eso ha terminado. Hoy, la biodiversidad se está revelando como el código fuente operativo del planeta. No se trata de salvar árboles o ballenas. Se trata de sostener sistemas productivos, evitar disrupciones logísticas, preservar el acceso al agua y garantizar seguridad alimentaria. Se trata de supervivencia.

Esta nueva visión —que vengo articulando como “Biodiversidad 2.0”— será presentada en la Cumbre Mundial de Biodiversidad como una hoja de ruta funcional que integra ciencia, producción, gobernanza y trazabilidad. Ya no como una narrativa ambientalista, sino como la arquitectura estratégica de las economías resilientes del siglo XXI.

El cambio de marco: de lo simbólico a lo sistémico

En la versión anterior —la biodiversidad 1.0— lo importante era conservar lo que quedaba. Parques, decretos, listas rojas. Se la encapsuló en zonas protegidas, se la divorció de la economía, y se la convirtió en campo de disputa ideológica. Eso nos hizo perder tiempo y oportunidades.

La biodiversidad 2.0 no es una colección de especies. Es una plataforma viva que regula los flujos hídricos, sostiene cadenas agrícolas, estabiliza territorios, provee salud pública y permite nuevas formas de producción regenerativa. No es un solo paisaje bonito. Es infraestructura tremendamente crítica, aún no reconocida.

Tres dimensiones que redefinen el terreno

Este nuevo marco se basa en tres dimensiones interconectadas:

  • Silvestre: ecosistemas naturales que regulan el clima y proveen resiliencia ecológica.
     
  • Domesticada: variedades adaptativas de semillas, animales y microbiomas que sostienen la producción regenerativa.
     
  • Coevolutiva: sistemas manejados históricamente por pueblos originarios, donde naturaleza y cultura evolucionan juntas.
     
  • Esta visión permite ir más allá del museo ecológico y diseñar políticas públicas inteligentes, conectar mercados ambientales con realidades productivas y canalizar inversión hacia quienes sí pueden regenerar: productores agrícolas y acuícolas, silvicultores, gestores territoriales y comunidades, entre otros.

Biodiversidad como ventaja competitiva

Un colapso polinizador desploma la producción agrícola. Un río contaminado obliga a importar agua. Un ecosistema roto cierra mercados o desata conflictos.

Por eso, los países que logren convertir su biodiversidad en infraestructura medible, trazable y productiva —y no solo en paisaje protegido— liderarán los flujos de inversión, las certificaciones de sostenibilidad y la política ambiental del futuro.

Ecuador tiene aquí una oportunidad histórica: transitar de país megadiverso a país modelo. Pero para lograrlo debe dejar el discurso folclórico y adoptar una narrativa basada en ciencia, tecnología, regulación y legitimidad social.

Acuacultura regenerativa: la oportunidad que aún no tomamos

Ecuador es el segundo exportador mundial de camarón. Pero si bien existen innovaciones puntuales, la industria en su conjunto aún no ha abrazado plenamente una transición regenerativa real. A pesar de operar bajo esquemas extensivos o semi-intensivos, la mayoría de las camaroneras no aplican marcos multitróficos integrados, ni descansos biológicos regenerativos, ni sistemas de trazabilidad ambiental robusta.

El modelo está al alcance: integrar macroalgas, bivalvos filtradores (como ostras), plantas como Eichhornia, y reforestación de manglares como parte activa del sistema productivo. Esto reduce recambios de agua innecesarios que generan efluentes eutrofizantes, mejora la calidad del agua y suelos, captura carbono, mejora conversiones alimenticias que bajan costos de producción y posiciona a Ecuador como líder mundial en bioeconomía acuícola.

Pero para eso, la industria debe dar el salto de la narrativa a la práctica, y el Estado debe generar un marco habilitante con incentivos reales, medición científica y un nuevo contrato con el territorio. La próxima gran marca país podría estar aquí. Aún no existe.

Producción regenerativa: cuando producir es también restaurar

En paralelo, otros sectores productivos ya están integrando biodiversidad como palanca estratégica:

  • Sistemas agroforestales que producen cacao fino, frutas nativas y proteínas sin deforestar.
     
  • Pastoreo rotacional que reconstruye pastizales y captura carbono sin sacrificar rentabilidad.
     
  • Microbiología agrícola que reduce fertilizantes y restaura suelos degradados.
     
  • Piscicultura comunitaria basada en ciclos naturales y redes de mercado urbano.
     
  • En diciembre de 2025, el gobierno de EE. UU. anunció, de manera inesperada, por menos decir, un plan piloto de USD 700 millones en agricultura regenerativa bajo el USDA. Ya no se trata de un experimento alternativo. Es política de Estado, competitividad agrícola y seguridad nacional. ¿Dónde está la respuesta de América Latina?

Tecnología y saberes ancestrales: el binomio que se viene

La inteligencia artificial no reemplaza la sabiduría local. La complementa.

Los pueblos originarios han manejado bosques, humedales y cuencas con criterios ecológicos mucho antes que existieran las leyes ambientales. Su conocimiento debe integrarse a sistemas de monitoreo con sensores, imágenes satelitales, bioacústica e inteligencia artificial, creando un nuevo estándar de gobernanza ecosistémica.

Ecuador —donde la diversidad biológica y la cultural convergen— puede ser el epicentro de esta síntesis.

Un banco de semillas nativas, un manglar intacto o un páramo funcional no son reliquias ecológicas: son activos estratégicos.

No están construidos en hormigón ni acero, pero sostienen sistemas de producción, abastecimiento, salud y seguridad.

Ignorarlos equivale a desmantelar silenciosamente la infraestructura vital del país.

Restaurarlos no es un gesto simbólico: es una inversión de alto impacto con retornos medibles.

Un Estado que descuida su biodiversidad no solo degrada su entorno: compromete su autonomía operativa y su competitividad futura.

Geopolítica verde: quién gana el nuevo juego

Hoy ya existen: bonos y créditos de biodiversidad, mercados de carbono con estándares de co-beneficios, créditos azules, fondos regenerativos, subsidios con criterio ecológico, metodologías con MRV, y regulaciones que exigen trazabilidad desde el origen.

Pero este nuevo tablero requiere jugadores preparados, reglas claras y liderazgo técnico. América Latina no puede llegar tarde otra vez.

Es más, se puede crear estándares desde el Sur Global —con base científica, justicia climática, y visión de largo plazo— y exportarlos al mundo.

Lo que antes era un problema ajeno, hoy es riesgo compartido

Durante años, la pérdida de biodiversidad fue vista como una preocupación de biólogos, ONGs o pueblos indígenas.

Hoy, los mercados, las ciudades, los bancos centrales y los organismos multilaterales ya están sintiendo sus consecuencias.

Lo que antes parecía ajeno, hoy es riesgo sistémico compartido. Siempre lo fue, solo que algunos sectores llegaron más tarde a aceptar esa realidad.

Y gracias a esta nueva propuesta de integración, pueden —y deben— convertirse en parte activa de la solución. 

No hacerlo, ya no es opción.

Es una sentencia.

Biodiversidad 2.0: el nuevo contrato entre planeta y humanidad

La biodiversidad 2.0 no es un eslogan: es una propuesta estructural.

Es una nueva narrativa económica, un marco operativo para la inversión, una estrategia de soberanía ecológica y un modelo de desarrollo que no destruye lo que lo sostiene.

Es también una narrativa donde América Latina deja de ser víctima del colapso, y se convierte en arquitecta de la solución.

Porque no se trata de salvar al planeta. El planeta seguirá.

La pregunta es si nosotros estaremos aquí para continuar habitándolo.

Y el país que entienda esto primero, liderará el orden económico que viene. (O)

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