Regresamos de las vacaciones de fin de año, la dinámica cambió por unos días, algunas familias pudieron disfrutar de las vacaciones y otras no. Para los adultos que no coincidieron con los días de receso acorde al sistema escolar, últimos días del año posiblemente fueron muy agotadores, y es que cuidar a la familia y responder a las necesidades de crianza no es tarea fácil.
Y es que hay un cansancio que no se ve en las estadísticas oficiales ni se miden en encuestas laborales, pero que se respira en los hogares ecuatorianos: el agotamiento de madres, padres y cuidadores que intentan sostener la vida familiar mientras sobreviven a las jornadas extensas, empleos inestables y ciudades cada vez más hostiles al tiempo y al cuidado.
En el Ecuador actual, la crianza se ha convertido en un ejercicio de resistencia cotidiana. No se trata únicamente de trabajar muchas horas, sino de todo lo que ocurre antes y después del trabajo. La jornada laboral no empieza cuando se timbre la tarjeta de ingreso ni termina al apagar la computadora. Empieza en la madrigada, cuando una madre, padre o cuidador primario organiza las mochilas, loncheras, prepara el desayuno y el uniforma antes de salir corriendo; y termina entrada la noche, cuando el cansancio ya no deja espacio para la paciencia, y si llegaste a este punto de tu lectura y tienes niños, tal vez te sientes identificado/a.
A esta sobrecarga se suma un factor estructural, pocas veces considerado en el debate público: el tiempo perdido en el tráfico. En ciudades como Quito o Guayaquil, llegar a la casa puede tomar una o dos horas adicionales y tal vez este tiempo invertido en el transporte deberían ser consideradas como parte de la jornada laboral, después de todo saliste de casa para ir al trabajo. Este tiempo no remunerado se resta directamente de la convivencia familiar, al acompañamiento escolar, al juego, a la conversación. El resultado es una crianza fragmentada, hecha de retazos de tiempo y de culpas.
Ante la imposibilidad de conciliar trabajo y cuidado, muchas familias recurren a redes de apoyo: abuelas, tías, hermanos mayores, vecinos y si tu economía te lo permite: una nana. Estas redes son fundamentales para la supervivencia cotidiana, cumplen un tol que el Estado no asume de manera efectiva. Sin embargo, delegar el cuidado también genera tensiones emocionales a los padres, que sienten que no llegan, que no están, siempre deben algo a sus hijos.
El apoyo familiar suele extenderse también al ámbito escolar, Son los abuelos quienes ayudan con las tareas o el transporte, las tías quienes asisten a las reuniones, los hermanos mayores cuidan mientras los adultos trabajan. Esta redistribución forzada del cuidado no siempre es acompañada de orientación ni reconocimiento, y puede generar contradicciones en normas, afectos, límites y responsabilidades.
Todo este escenario impacta profundamente en el estado emocional de los adultos. El cansancio sostenido deriva en irritabilidad reacciones desproporcionadas y una sensación constante de culta. No se trata de falta de amor ni de compromiso, sino de un sistema que exige productividad sin ofrecer condiciones reales para cuida.
Cuando el adulto está agotado, la crianza se vuelve reactiva. Se responde más desde la urgencia que desde la reflexión. Se grita más, se escucha menos, se castiga donde debería haber contención, la ausencia y el estrés como parte natural de la vida familiar.
Hablar de crianza en tiempos de agotamiento no es un ejercicio de victimización, la pregunta sigue pendiente: ¿quién cuida a las familias que sostienen la vida cotidiana? Reconocer el agotamiento parental es el primer paso para construir una sociedad que entienda que criar no es un asunto privado, sino una responsabilidad compartida. (O)