Cuando educar deja de tener sentido: tres desafíos que la educación ya no puede seguir postergando
Cada 24 de enero, el Día Internacional de la Educación nos invita a celebrar. Pero también —y quizás, sobre todo— nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿para qué estamos educando hoy?
En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la automatización y transiciones productivas aceleradas, la educación enfrenta un dilema profundo. No se trata de acceso, ni siquiera de tecnología. Se trata de sentido, diseño y alineación con la realidad: tres desafíos clave que aparecen de forma consistente en los debates educativos globales recientes.
1. Cuando la educación pierde su “para qué”
El primer desafío —y, desde mi punto de vista, el más crítico— es la pérdida de claridad sobre el propósito de la educación.
Durante décadas, educar fue sinónimo de transmitir conocimientos para trayectorias profesionales relativamente estables, en las que un título habilitaba un camino previsible de inserción y desarrollo. Ese mundo ya no existe. Sin embargo, muchos sistemas educativos siguen operando como si existiera.
El resultado es una paradoja peligrosa: más años de escolaridad, más títulos, pero menos sentido percibido por los estudiantes y menor confianza social en el valor real de la educación. No es casual que jóvenes altamente formados enfrenten dificultades para insertarse laboralmente o para adaptarse a entornos cambiantes.
El problema no es que la educación “no sirva”. Es peor: funciona para cosas que ya no importan. Sirve para memorizar lo que Google responde en un segundo, para cumplir requisitos que los empleadores ignoran, para obtener títulos que certifican cada vez menos. Mientras tanto, lo que sí importa —aprender a aprender, distinguir señal de ruido, decidir sin manual— sigue siendo accidental, no diseñado. Cuando el desarrollo de habilidades clave depende de circunstancias fortuitas —un buen docente, un curso particular— y no del diseño curricular, el problema no es de ejecución, sino de concepción del sistema educativo.
2. Tecnología sin pedagogía: el riesgo silencioso de la IA en educación
El segundo desafío es la incorporación acrítica de tecnología, en particular de la inteligencia artificial.
La inteligencia artificial ya está presente en las aulas, con o sin marcos regulatorios definidos, y está transformando lo que entendemos por “saber hacer algo”. Según el Future of Jobs Report del World Economic Forum, habilidades como el pensamiento analítico y el pensamiento creativo figuran entre las más valoradas por los empleadores globales hacia 2030, junto con competencias humanas como resiliencia, flexibilidad, agilidad y la capacidad de aprender de forma continua. El desafío para la educación no es anticipar empleos específicos, sino formar capacidades de razonamiento, adaptación y toma de decisiones que sigan siendo valiosas cuando las tareas cambian más rápido que los títulos.
Frente a este escenario, muchas instituciones educativas reaccionan incorporando herramientas digitales sin rediseñar tareas, evaluaciones ni responsabilidades. Se gana eficiencia operativa, pero se corre el riesgo de formar estudiantes que entregan productos correctos, pero que no pueden explicar cómo llegaron a ellos ni defender las decisiones involucradas.
El problema aparece cuando la inteligencia artificial se integra como una solución operativa y no como una decisión pedagógica. Al automatizar tareas sin rediseñar objetivos, procesos y evaluaciones, se acelera el cumplimiento de actividades, pero se empobrece el aprendizaje. El estudiante produce más, pero piensa menos, porque el diseño original nunca exigió razonamiento profundo, solo ejecución.
3. Educación y mundo real: una desalineación que ya es estructural
El tercer desafío es la creciente desalineación entre la educación y el mundo en el que los estudiantes deberán actuar. No se trata solo del mercado laboral, sino de un entorno marcado por dilemas éticos, cambios tecnológicos acelerados y decisiones complejas que exigen juicio y responsabilidad.
Los empleadores lo señalan con claridad: más allá del dominio técnico, valoran la capacidad de analizar información, comunicar decisiones, adaptarse al cambio y resolver problemas ambiguos. Sin embargo, muchos currículos siguen organizados en torno a la acumulación de contenidos, con pocas oportunidades para que los estudiantes enfrenten escenarios reales, tomen decisiones y asuman las consecuencias de esas decisiones.
Esta desalineación explica por qué el debate educativo ya no gira únicamente en torno a la empleabilidad, sino a la relevancia. Una educación que no dialoga con los problemas reales puede cumplir formalmente con sus programas, pero corre el riesgo de perder legitimidad social al no preparar a las personas para actuar con solvencia en un mundo cada vez más complejo.
Algunas instituciones han empezado a asumir que el problema no se resuelve con ajustes marginales, sino con rediseño estructural. En el caso de la Universidad de Las Américas (UDLA), dos apuestas resultan especialmente ilustrativas.
La primera es su Modelo Educativo, que no se limita a definir contenidos, sino que redefine cómo se aprende y cómo se evalúa en la universidad. El modelo pone en el centro el desarrollo de habilidades duraderas —como pensamiento crítico, comunicación efectiva y toma de decisiones éticas— y las operacionaliza mediante evaluaciones auténticas, diseñadas para que los estudiantes analicen problemas reales, justifiquen sus decisiones y asuman responsabilidad por sus resultados. En este marco, las tecnologías emergentes, incluida la inteligencia artificial, se integran de forma deliberada y regulada como apoyo al aprendizaje, con el objetivo explícito de elevar el nivel de razonamiento y no de sustituirlo.
La segunda es la iniciativa del proyecto UDLA para la Vida, una apuesta educativa en alianza con Minerva Project que potencia habilidades duraderas —como pensamiento crítico, creatividad y liderazgo— aplicables tanto al desarrollo profesional como a la vida personal. El programa no se limita a técnicas o contenidos específicos, sino que busca preparar a los estudiantes para trayectorias cambiantes en sociedades complejas, donde los conocimientos técnicos deben articularse con capacidades que perduren ante automatizaciones y transformaciones profundas del trabajo y de la vida social.
El Día Internacional de la Educación no debería ser solo una celebración simbólica. Debería ser un recordatorio incómodo de que la educación no es solo un servicio social, sino un sistema que condiciona la capacidad productiva, social y democrática del país a largo plazo. Hoy, más que nunca, educar exige decisiones valientes: clarificar el para qué, rediseñar el cómo y alinear el aprendizaje con un mundo que ya no espera. El futuro no se construye con discursos optimistas, sino con educación que forme personas capaces de pensar, decidir y actuar con responsabilidad en la incertidumbre.
Cada 24 de enero, el Día Internacional de la Educación nos invita a celebrar. Pero también —y quizás, sobre todo— nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿para qué estamos educando hoy?
En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la automatización y transiciones productivas aceleradas, la educación enfrenta un dilema profundo. No se trata de acceso, ni siquiera de tecnología. Se trata de sentido, diseño y alineación con la realidad: tres desafíos clave que aparecen de forma consistente en los debates educativos globales recientes.
1. Cuando la educación pierde su “para qué”
El primer desafío —y, desde mi punto de vista, el más crítico— es la pérdida de claridad sobre el propósito de la educación.
Durante décadas, educar fue sinónimo de transmitir conocimientos para trayectorias profesionales relativamente estables, en las que un título habilitaba un camino previsible de inserción y desarrollo. Ese mundo ya no existe. Sin embargo, muchos sistemas educativos siguen operando como si existiera.
El resultado es una paradoja peligrosa: más años de escolaridad, más títulos, pero menos sentido percibido por los estudiantes y menor confianza social en el valor real de la educación. No es casual que jóvenes altamente formados enfrenten dificultades para insertarse laboralmente o para adaptarse a entornos cambiantes.
El problema no es que la educación “no sirva”. Es peor: funciona para cosas que ya no importan. Sirve para memorizar lo que Google responde en un segundo, para cumplir requisitos que los empleadores ignoran, para obtener títulos que certifican cada vez menos. Mientras tanto, lo que sí importa —aprender a aprender, distinguir señal de ruido, decidir sin manual— sigue siendo accidental, no diseñado. Cuando el desarrollo de habilidades clave depende de circunstancias fortuitas —un buen docente, un curso particular— y no del diseño curricular, el problema no es de ejecución, sino de concepción del sistema educativo.
2. Tecnología sin pedagogía: el riesgo silencioso de la IA en educación
El segundo desafío es la incorporación acrítica de tecnología, en particular de la inteligencia artificial.
La inteligencia artificial ya está presente en las aulas, con o sin marcos regulatorios definidos, y está transformando lo que entendemos por “saber hacer algo”. Según el Future of Jobs Report del World Economic Forum, habilidades como el pensamiento analítico y el pensamiento creativo figuran entre las más valoradas por los empleadores globales hacia 2030, junto con competencias humanas como resiliencia, flexibilidad, agilidad y la capacidad de aprender de forma continua. El desafío para la educación no es anticipar empleos específicos, sino formar capacidades de razonamiento, adaptación y toma de decisiones que sigan siendo valiosas cuando las tareas cambian más rápido que los títulos.
Frente a este escenario, muchas instituciones educativas reaccionan incorporando herramientas digitales sin rediseñar tareas, evaluaciones ni responsabilidades. Se gana eficiencia operativa, pero se corre el riesgo de formar estudiantes que entregan productos correctos, pero que no pueden explicar cómo llegaron a ellos ni defender las decisiones involucradas.
El problema aparece cuando la inteligencia artificial se integra como una solución operativa y no como una decisión pedagógica. Al automatizar tareas sin rediseñar objetivos, procesos y evaluaciones, se acelera el cumplimiento de actividades, pero se empobrece el aprendizaje. El estudiante produce más, pero piensa menos, porque el diseño original nunca exigió razonamiento profundo, solo ejecución.
3. Educación y mundo real: una desalineación que ya es estructural
El tercer desafío es la creciente desalineación entre la educación y el mundo en el que los estudiantes deberán actuar. No se trata solo del mercado laboral, sino de un entorno marcado por dilemas éticos, cambios tecnológicos acelerados y decisiones complejas que exigen juicio y responsabilidad.
Los empleadores lo señalan con claridad: más allá del dominio técnico, valoran la capacidad de analizar información, comunicar decisiones, adaptarse al cambio y resolver problemas ambiguos. Sin embargo, muchos currículos siguen organizados en torno a la acumulación de contenidos, con pocas oportunidades para que los estudiantes enfrenten escenarios reales, tomen decisiones y asuman las consecuencias de esas decisiones.
Esta desalineación explica por qué el debate educativo ya no gira únicamente en torno a la empleabilidad, sino a la relevancia. Una educación que no dialoga con los problemas reales puede cumplir formalmente con sus programas, pero corre el riesgo de perder legitimidad social al no preparar a las personas para actuar con solvencia en un mundo cada vez más complejo.
Algunas instituciones han empezado a asumir que el problema no se resuelve con ajustes marginales, sino con rediseño estructural. En el caso de la Universidad de Las Américas (UDLA), dos apuestas resultan especialmente ilustrativas.
La primera es su Modelo Educativo, que no se limita a definir contenidos, sino que redefine cómo se aprende y cómo se evalúa en la universidad. El modelo pone en el centro el desarrollo de habilidades duraderas —como pensamiento crítico, comunicación efectiva y toma de decisiones éticas— y las operacionaliza mediante evaluaciones auténticas, diseñadas para que los estudiantes analicen problemas reales, justifiquen sus decisiones y asuman responsabilidad por sus resultados. En este marco, las tecnologías emergentes, incluida la inteligencia artificial, se integran de forma deliberada y regulada como apoyo al aprendizaje, con el objetivo explícito de elevar el nivel de razonamiento y no de sustituirlo.
La segunda es la iniciativa del proyecto UDLA para la Vida, una apuesta educativa en alianza con Minerva Project que potencia habilidades duraderas —como pensamiento crítico, creatividad y liderazgo— aplicables tanto al desarrollo profesional como a la vida personal. El programa no se limita a técnicas o contenidos específicos, sino que busca preparar a los estudiantes para trayectorias cambiantes en sociedades complejas, donde los conocimientos técnicos deben articularse con capacidades que perduren ante automatizaciones y transformaciones profundas del trabajo y de la vida social.
El Día Internacional de la Educación no debería ser solo una celebración simbólica. Debería ser un recordatorio incómodo de que la educación no es solo un servicio social, sino un sistema que condiciona la capacidad productiva, social y democrática del país a largo plazo. Hoy, más que nunca, educar exige decisiones valientes: clarificar el para qué, rediseñar el cómo y alinear el aprendizaje con un mundo que ya no espera. El futuro no se construye con discursos optimistas, sino con educación que forme personas capaces de pensar, decidir y actuar con responsabilidad en la incertidumbre. (O)