Basta de bullying
Esta es una carta que espero nunca nadie la escriba. Menos que alguien la reciba. Esta debe ser siempre una carta sin remitente, sin sobre ni estampilla. Al leerla, quiero que se ponga en los zapatos del que escribe. Pero sobre todo del que la recibe. Estas cosas, lamentablemente, todavía suceden. Por eso, esta carta es para usted, de cualquiera de los dos lados.

Invierno, 2026

Querido X:

Estoy seguro de que recuerdas bien mi nombre. No sólo porque tenemos un pasado en común, sino porque sé que hay nombres que no se borran rápido, sobre todo cuando uno intenta sobrevivir a los recreos. Yo recuerdo el tuyo. Y aunque no lo creas, lo recuerdo con cariño. Pero también lo recuerdo porque, durante demasiado tiempo lo pronuncié sin cuidado. A veces con burla, otras con indiferencia. Por eso, esta no es una disculpa escrita por nostalgia o por obligación. Es una disculpa escrita por vergüenza. Y también por responsabilidad.

En el colegio aprendimos muchas cosas: fórmulas que no usamos, fechas que olvidamos, países que ya no existen. Pero también aprendimos algo más peligroso: que hacer reír a los demás a costa de alguien podía darnos un lugar. Yo aprendí eso demasiado bien. Molestar, señalar, repetir un apodo, reírme cuando otros se reían. “Nada grave”, me decía. “Nada físico”. Nada que mereciera un castigo. “Es solo un chiste”, repetía. Y, sin embargo, estaba mal. Era suficiente para incomodar. Suficiente para aislar. Suficiente para marcar.

Por eso, si alguna vez volviste a casa con una sensación rara en el pecho sin saber por qué, si alguna vez dudaste de tu voz, de tu risa o de tu forma de estar en el mundo, quiero que sepas algo: no era tu culpa. Nunca lo fue.

El bullying no siempre grita. A veces susurra. A veces se justifica en un no te lo tomes así, no es tan grave, solo estamos jugando. Otras veces se esconde en la omisión: en no permitir que se sienten al lado, en no elegir para el equipo de fútbol recurrentemente, en lanzar el borrador o una granada en mitad de la clase, en mirar para otro lado. Y a veces se lo hace sin pensar y sin creer que pueden existir daños colaterales.

Decimos que los chicos son fuertes. Que ya se les va a pasar. Que así aprendimos todos. Que no exageren. Que no es para tanto, es solo un chiste. Pero nos desnaturalizamos para no incomodarnos. Justificamos así, con mentiras que nos hacemos el no parar o no enfrentar y así repetir actos o hechos a costa de otros. Por eso fallamos. La verdad es que nadie aprende nada valioso sintiéndose más que otro. Nadie crece desde la humillación. Y nadie se hace fuerte a base de golpes invisibles.

Yo fui parte de eso. A veces era el que empujaba, otras no. Me di cuenta demasiado tarde de mis errores. Incluso no pensé que lo habían sido. Esta carta no busca absolución. Busca conciencia. No puedo retroceder el tiempo, pero si puedo pedirte disculpas. Es mi manera de no volverme a equivocar.

También quiero evitar que otros lo sufran, porque luego de mucho, descubro que el bullying no termina en la infancia, se recicla. Cambia de escenario, de lenguaje, de edad. Puede estar en todo lado: en las oficinas, en las redes sociales, en los comentarios constructivos que destruyen. Pero empieza temprano, cuando todavía nos estamos formando una idea de quiénes somos, y por eso duele más: porque se incrusta en la identidad.

Por eso quisiera que quienes lean esto (docentes, padres, madres, estudiantes, adultos que todavía cargan recuerdos incómodos) tengan conciencia y hagan algo simple y difícil a la vez: intervenir. Nombrar. Frenar. Preguntar cómo está el que calla. Dudar del chiste fácil. Escuchar sin minimizar. Porque una sola voz que diga basta, con la firmeza de la templanza, puede ser la diferencia entre una herida permanente o un recuerdo agradable. La intimidación no es un rito de paso. Es una falla colectiva. Y como toda falla colectiva, se corrige entre todos.

Si hoy escribo esto es porque entendí tarde algo que debería enseñarse temprano: que el respeto no es una materia optativa. Que reírse de alguien no es humor. Que burlarse de otro de manera recurrente para sentirse parte es una forma torpe de pedir pertenencia.

No puedo cambiar lo que pasó. No puedo borrar recreos ni palabras ni risas ajenas que sonaron como aplausos. Pero sí puedo hacerme cargo. Y decir, con todas las letras, lo que entonces no supe decir: perdón.

Ojalá este texto llegue tarde para ti, en el mejor sentido: cuando ya no duele, cuando ya sanó. Sé, también, que quizás no es así. Tampoco pretendo una respuesta. No la merezco. Sin embargo, nunca es tarde para recomponer y menos cuando descubres que has fallado. La vida también se trata de reconocer errores y pedir disculpas.

Por eso, espero que se empiecen a cerrar las heridas y que se vuelvan cicatrices. Sé que no es sencillo y si en algo puedo ayudar, cuenta, ahora sí, conmigo.

Sinceramente,

w (O)