La civilización empezó en un bar
Es que el bar es el anhelo de los buenos momentos. Sabina tenía razón al exhortar “que no te cierren el bar de la esquina” porque es algo que simplemente no puede ser.
Es que el bar es el anhelo de los buenos momentos. Sabina tenía razón al exhortar “que no te cierren el bar de la esquina” porque es algo que simplemente no puede ser.
No me cabe duda: quienes mejor olvidan viven mejor. Olvidar, después de todo, no es eliminar. Es aprender a recordar sin que duela tanto.
Así que aquí estamos. Viviendo en una era extraña. Antes, hablar con las paredes parecía cosa de locos. Hoy, hablar con Alexa es sinónimo de modernidad y adaptación.
También hay algo profundamente humano en insistir sin demasiados motivos. Porque es también una forma de esperanza. La de llamar la atención, intentar que alguien responda, sentirse necesitado, querido y aceptado alguna vez. De romper con la soledad.
Nos caemos, nos quejamos, hacemos memes, votamos, pagamos impuestos y seguimos adelante. Porque en el fondo sabemos que la patria no es ese concepto solemne que aparece en los discursos oficiales, sino esta suma caótica de personas intentando sobrevivir con dignidad y siempre con una sonrisa en la cara.
En un contexto regional donde muchos países aún debaten entre el control excesivo y la desregulación imprudente, Ecuador ha optado por un camino intermedio: uno en el que la empresa puede moverse con libertad, pero dentro de reglas claras.
Al final del día o duermo sola y en paz. O duermo con él y con su orquesta particular. Y yo, a pesar de todo, elijo la banda de pueblo. Aunque me cueste el sueño, la cordura y, probablemente, varios años de vida.
Con el tiempo, uno entiende que abril no vino a recordarnos lo que perdimos, tampoco aspira a tanto, sino a ofrecernos lo que todavía es posible. Porque el tiempo no devuelve, pero insiste. No corrige, pero enseña. Quizás por eso abril no duele tanto como creemos. No es el mes que nos roba, sino el que nos desnuda de excusas.
La historia ha sido contundente. El mundo no es blanco o negro. Es entender que nos quieren imponer microrrelatos que destruyan la esencia de la sociedad para poder dividirla y así gobernar con más facilidad. No caigamos en la trampa. Simplemente hay cosas que no funcionan.
Esta es una carta que espero nunca nadie la escriba. Menos que alguien la reciba. Esta debe ser siempre una carta sin remitente, sin sobre ni estampilla. Al leerla, quiero que se ponga en los zapatos del que escribe. Pero sobre todo del que la recibe. Estas cosas, lamentablemente, todavía suceden. Por eso, esta carta es para usted, de cualquiera de los dos lados.
Sirven para demostrar que hay presencias inevitables. San Agustín se confesó incapaz de adivinar las razones que pudieron mover a Dios al crear la mosca. Martín Lutero, en cambio, estaba seguro de que fue el diablo el que la creó, solo para distraerlo mientras escribía.
Mi teoría consiste en que el horóscopo tenía sentido cuando los antiguos miraban para arriba porque creían en la influencia de los planetas porque no tenían otra cosa que hacer mientras esperaban que se secara la tinta del pergamino.
Nadie cuenta lo que siente al quedarse mirando una foto vieja y sentir un tirón en el pecho sin saber por qué. La de escuchar una canción y recordar un viejo amor o un bello momento que lo deleitamos en silencio.
Nadie sabe bien cómo se hipnotiza una babosa, pero se recomienda mirarla con decisión, como si uno supiera exactamente lo que está haciendo. Y aunque no tenga estos poderes o tenga alguna duda, muéstrese seguro y diviértase un poco. A veces, hacer el ridículo sienta bien.
Tal vez mañana escribir sea otra cosa, o nada. Si este texto desaparece, si nadie lo entiende, si nunca existió, entonces habrá cumplido su función: dejar constancia de un mundo que se extinguió ayer. No hay nostalgia ni tristeza. Tampoco memoria, lo que nos dejará felizmente abandonados, a la deriva de un mundo desconocido.
Al final, el fútbol sirve para esto. Para recordarnos quiénes somos cuando nadie nos mira. Para darnos una excusa legítima para abrazarnos entre padres e hijos. Para entender que las luchas pueden durar décadas y que todo vale la pena.
La fragilidad de la paz no está en que se rompa, sino en que creíamos que éramos fuertes porque también creemos que esas cosas nunca nos pasan a nosotros. Nadie está exento. La tratamos como un derecho adquirido cuando en realidad es un equilibrio frágil.
Verle torear era una fuga, era la perfección de un lance para sacar los problemas de la mente, sustituirlos por esa emoción y recibir alivio por un rato. Es el escape, la estética y la pasión que genera el arte. Era el acontecimiento y la trascendencia.
La nostalgia, al final, es lo único que no se actualiza con una app. Sigue siendo analógica, imperfecta y eterna. Porque el recuerdo, es lo único que nos queda.