Goles, guerras y millones
La esencia del fútbol está en otra parte, en el dribling endiablado, en el pase imposible, en la atajada milagrosa, en el gol inolvidable y en la nobleza de la competencia

En pocos días el planeta volverá a detenerse frente a una pelota, millones de personas ajustarán sus horarios, vestirán camisetas, discutirán alineaciones y elevarán plegarias futboleras con una fe que, muchos ya no reservan ni para los dioses ni para las ideologías. El Mundial volverá a demostrar que el fútbol es el idioma más universal jamás inventado.

Y, sin embargo, mientras el balón rueda, el mundo cojea. En algún lugar caen misiles, en otro, niños buscan comida entre escombros, hay pueblos enteros que sobreviven sin agua potable, mientras otros sobreviven sin esperanza, las guerras continúan fabricando huérfanos con una eficiencia que ninguna industria ha logrado igualar, el hambre sigue siendo la pandemia más antigua y persistente de la historia.

Pero nosotros estaremos pendientes del VAR, y no se trata de despreciar al fútbol, no, eso sería absurdo, por decir lo menos. El fútbol es una de las pocas ceremonias modernas capaces de reunir a ricos y pobres, conservadores y comunistas, creyentes, ateos y escépticos bajo una misma emoción, durante noventa minutos desaparecen fronteras, credos y diferencias, el fútbol cuando conserva su esencia, es una celebración profundamente humana.

Lo que resulta inquietante es la desproporción, la misma humanidad que no logra ponerse de acuerdo para erradicar el hambre, es capaz de movilizar miles de millones de dólares para construir estadios monumentales, los gobiernos encuentran recursos para ceremonias fastuosas, pero no para escuelas dignas, los dirigentes descubren presupuestos ilimitados para espectáculos globales, aunque la pobreza siga jugando todos los días como local.

La FIFA, esa inexpugnable monarquía contemporánea disfrazada de institución deportiva, se ha convertido en una república independiente de la crítica, sus dirigentes hablan de valores universales mientras administran fortunas que harían sonrojar a algunos bancos centrales. El negocio crece, los contratos se multiplican, aparecen los patrocinadores y las cuentas cuadran siempre para los mismos.

Vivimos un tiempo extraño en el que los pueblos invierten cantidades infinitas de energía emocional en eventos extraordinarios, mientras se resignan frente a problemas que parecen irresolubles, celebramos goles con una pasión admirable, pero contemplamos tragedias humanas con una impasividad alarmante.

El problema no es el fútbol. Quizás el problema sea todo aquello que hemos dejado de hacer con la misma intensidad con la que alentamos a la TRI.

Y es allí cuando aparece el lado oscuro de la fiesta, cada campeonato deja imágenes maravillosas de abrazos entre desconocidos, pero también escenas grotescas de violencia irracional, ciudades destruidas por festejos, monumentos vandalizados, peleas absurdas. Hay quienes confunden pasión con barbarie, entusiasmo con agresión e identidad con odio.

El fútbol nunca ha necesitado violencia para ser grande, es demasiado importante para ser despreciado, pero ojo, también la humanidad es demasiado importante para ser olvidada.

La historia cuenta sobre la Tregua de Navidad de 1914, durante la Primera Guerra Mundial, cuando soldados británicos y alemanes abandonaron temporalmente las trincheras, y, según testimonios de la época, improvisaron partidos de fútbol en tierra de nadie. Esa imagen de hombres que, dejan de dispararse para perseguir una pelota es el ideal del deporte, si el fútbol puede unir a enemigos en medio de una guerra, quizá deberíamos aprender algo de él, fuera de los estadios.

Pero no todo en el fútbol merece ser celebrado. Junto a la genialidad de Cristiano y Messi, la elegancia de Moisés, la seguridad de Pacho, la garra de Piero Hincapié o el talento de Mbappé, también prospera una especie mucho menos admirable, el actor dramático de pantalón corto.

Hay futbolistas capaces, ante el leve roce de una pestaña rival, de caer al césped como si hubieran sido alcanzados por la artillería pesada de la guerra de Medio Oriente. La escena suele repetirse con frecuencia, el grito desgarrador, salto ornamental, tres vueltas sobre sí mismo, manos al rostro -aunque el golpe haya sido en el tobillo- y mirada furtiva al árbitro para verificar si la función está produciendo el efecto esperado.

Es una de las grandes contradicciones morales del deporte más popular del mundo, miles de niños observan a sus ídolos predicar disciplina y sacrificio, mientras algunos de ellos convierten la simulación en una estrategia tan estudiada como los tiros libres.

El fútbol es astucia, no fraude, es inteligencia, no trampa. Resulta paradójico que una sociedad que exige transparencia a los gobiernos, honestidad a los jueces y ética a los funcionarios aplauda, a veces entre risas, al delantero que logra engañar al árbitro con una caída sobre actuada.

Por fortuna, la esencia del fútbol está en otra parte, en el dribling endiablado, en el pase imposible, en la atajada milagrosa, en el gol inolvidable y en la nobleza de la competencia, porque las grandes páginas de la historia futbolística nunca fueron escritas por quienes fingieron una falta, sino por quienes demostraron talento suficiente para no necesitar fingirla… con excepción de la Mano de Dios… (O)