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El punto es que la manera en la que inicias tu camino hacia la meta también marca cómo te percibirán los demás cuando la alcances. En otras palabras, revela cómo ejercerás tu liderazgo. Y no hay que engañarse: las conductas son observables y pueden imponer un costo muy alto sobre la confianza y el trabajo en equipo.

7 Agosto de 2026 15.34

“No todo se vale para ganar”. Esa fue la frase que utilizó mi hermano para explicarle a mi hijo de diez años que algunas acciones de los jugadores, como fingir una falta o acusar injustamente a un rival para conseguir que lo expulsen, sí están mal, incluso cuando se realizan con la intención de ganar.

Mi hijo, todavía absorbido por el Mundial, sostenía que estas acciones no eran tan, tan malas si ayudaban al equipo a conseguir la victoria. Cuando lo escuché, pensé que estaba en el momento perfecto para recibir una pequeña píldora de verdad: aunque suene a frase de perdedores, efectivamente, no todo se vale para ganar.

Mi hermano le habló del “juego limpio”. Para mí fue un alivio que se lo dijera él y no yo. Yo solamente me aseguré de que el mensaje hubiera quedado claro. Las mamás solemos extrapolar lo que ocurre en el presente hacia la vida futura de nuestros hijos, y yo no soy la excepción. Inmediatamente pensé: si cree esto ahora, ¿qué estará dispuesto a hacer más adelante para alcanzar sus metas?

Y no, no quiero esperar para descubrirlo. Prefiero reforzar ahora, cuando tiene diez años, aquello que podría evitar que actúe incorrectamente cuando sea adulto. Así soy yo.

Después seguí pensando en aquella conversación y comprendí que el mismo cuestionamiento puede trasladarse al ámbito laboral: ¿se vale todo por alcanzar un puesto?

Para algunas personas, esta pregunta puede resultar extraña. Después de todo, aspirar a crecer dentro de una organización y dar lo mejor de nosotros para conseguirlo es legítimo. Debemos ser ambiciosos en el buen sentido: querer aprender, avanzar, asumir nuevos retos y alcanzar posiciones desde las cuales podamos aportar más.

Sin embargo, en la práctica, esa aspiración puede interpretarse de manera equivocada. Desde mi punto de vista, la respuesta es clara: no, no todo se vale para alcanzar una meta.

Y es que en la empresa ya no tenemos un árbitro que juzgue nuestro comportamiento. Es entonces cuando deberían actuar el propio juicio, la ética profesional e incluso la conciencia que nos indica si lo que hacemos está bien o no.

Pero ¿qué acciones convierten al otro en un enemigo y rompen con el juego limpio empresarial? Yo diría que ocurre cuando te apropias de una idea para llevarte el mérito de quien la pensó primero; cuando desacreditas a alguien de manera intencional e injusta; cuando mientes o maquillas datos para ocultar un error y evitar que se te juzgue por él; cuando abusas de relaciones de amistad para catapultarte y evitar que se señalen tus oportunidades de mejora; o cuando aspiras a conseguir un cargo pisoteando al otro, hablando a sus espaldas o acusándolo de cosas que no son ciertas. Y podría continuar. En definitiva, destruyes al otro para fortalecer tu propia imagen.

El punto es que la manera en la que inicias tu camino hacia la meta también marca cómo te percibirán los demás cuando la alcances. En otras palabras, revela cómo ejercerás tu liderazgo. Y no hay que engañarse: las conductas son observables y pueden imponer un costo muy alto sobre la confianza y el trabajo en equipo. Creo que nadie se sentirá a gusto trabajando con quien rompió todo límite ético para alcanzar su meta.

Entonces, el juego limpio que se practica fuera de la cancha también importa, y es aquello por lo que nos recordarán. Muchos dicen que los títulos no importan. Yo pienso que sí, pero que deben ir de la mano del comportamiento y de la huella que cada persona deja en la organización de la que forma parte.

Así que no todo se vale para ganar. Se lo dijeron a mi hijo y me lo repito a mí misma, por si algún día se me olvida. (O)

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