El país se ha roto. Seguimos de luto porque cuatro vidas se perdieron, y con ellas todos sus sueños y aspiraciones. Sus familias sobreviven como pueden: cargan la cruz solas, levantándose cada día para seguir, ancladas a los recuerdos de quienes tanto amaron.
Considero necesario evaluar qué tipo de comunicación manejamos con nuestras hijas, nuestras estudiantes, con las niñas y mujeres que deberían tener las mismas oportunidades de aprendizaje y crecimiento que todos. Este tipo de barreras no solo afecta un desarrollo equitativo, sino que limita sueños y aspiraciones, y abre puertas al abuso que a veces se expresa en palabras, y otras en violencia física o sexual.
Los líderes educativos son quienes generan confianza, cohesión y compromiso. Es necesario formarlos y apoyarlos también. Algunas conclusiones resuenan, y ojalá se conviertan en acciones y cambios concretos.
La evidencia demuestra que la gratuidad no solo favorece el acceso a las universidades, sino que también brinda oportunidades de crecimiento, desarrollo y proyecto de vida.
Vuelvo a los niños y a su tristeza, abandonar un país, sus raíces, su cultura su lenguaje sus amigos y familia ya es bastante, y ahora han tenido que presenciar cómo sus padres son vulnerados y su madre tremendamente agredida.
Si tuviera acceso a más horas en la escuela, podría desarrollar otras habilidades además de aprender a desplazarse y protegerse en la ciudad. Podría aprender más y crecer mejor e incluso tener un mejor futuro.
Al no crecer adecuadamente y ver afectada su condición física, también quedan impedidos de aprender y de imaginarse como superhéroes, pilotos o cualquier otra aspiración propia de la infancia. La deuda con la niñez ecuatoriana es enorme y no admite más postergaciones.
Los docentes se enfrentan a retos constantes y a momentos de cansancio, porque no podemos negar que trabajar con personas implica responsabilidad: de ti dependen muchas cosas y debes tener virtudes como la comunicación asertiva con tus estudiantes y sus familias, la capacidad de resolver conflictos, el autocuidado, la conciliación entre familia y trabajo
Mi reflexión como docente también va por el hecho de que la planificación de una clase o de un taller debe ser pensada, diseñada de tal manera que sea el alumno el que haga y piense. Pero quienes debemos poner los medios para que esto suceda, somos los maestros o capacitadores.
La empatía y la compasión se ven opacadas por actos así, que son vistos por quienes los cometen como algo que "no está mal". Creo que desde niños nos enseñan a diferenciar lo que es correcto de lo que no lo es.
Nos estamos convirtiendo en una jungla. Una en la que impera el ojo por ojo, diente por diente. Pero si no paramos, si no enseñamos a mirar al otro como un igual, ninguna sociedad va a salir adelante.
En un mundo donde muchas veces predomina la indiferencia, mantener el saludo es un acto que nos recuerda que la humanidad se sostiene en esos pequeños gestos que nos conectan.
No golpes, pero sí distancia.
No palabras toscas, pero sí firmes.
Le enseñé que incluso extender su brazo frente a un agresor puede marcar un límite claro y respetuoso.
Seguimos decidiendo en función de quién propone las leyes, no de su contenido. El apoyo se reparte según banderas políticas, no según la pertinencia o la urgencia de las propuestas. Y mientras este juego de poder continúa, la niñez y la adolescencia pagan el precio: siguen desprotegidos, postergados, sin un proyecto de vida garantizado.
Es urgente repensar las metodologías, la formación docente y las rutas pedagógicas para asegurar que todos los estudiantes, sin importar el nivel en el que se encuentren, tengan oportunidades reales de desarrollar su potencial.
Siento que tenemos una deuda inmensa con nuestra infancia y adolescencia. Muchos jóvenes no alcanzan a ver más allá del presente, y ese presente puede convertirse en una trampa si no cuentan con oportunidades ni redes de apoyo.
Desde la experiencia de la crianza, muchos padres podemos estar pasando por alto comportamientos que, aunque silenciosos, son verdaderos pedidos de ayuda. Conductas que claman atención, aunque no lo hagan con palabras.