El vocablo proviene del sustantivo occassio, expresivo de “ocasión” y del verbo occidere, enunciante de “caer”, ambos latinos. El “ocasionalismo” es, pues, distintivo de lo ocurrido en oportunidad de un algo, lo que desploma en función de un suceso. Esta figuración fáctica la recoge la filosofía para desarrollar la teoría en cita. Nuestros lectores habrán notado que, por principio, rechazamos las corrientes pensativas ligadas a lo contemplativo. Tendemos a modos racionalistas de pensar en los cuales lo impalpable no tiene cabida. Sin embargo, siendo que el “saber” obliga a penetrar en lo que pueda otorgar una visión cabal del entorno intelectual y académico, emprendemos en la reflexión universal. Solo así el hombre puede comprender inteligentemente al mundo.
Los historiadores de la metafísica identifican en los estoicos griegos las primeras manifestaciones del ocasionalismo: “todo acontece según el destino”. Ello obliga a reconocer la ocurrencia atada a una causa permisiva de perfeccionar el alma. Son los pensadores árabes medioevales quienes más se acercan a esta cosmovisión. En particular, Abu Ḥamid Muḥammad ibn Muḥammad at-Tusi al-Ghazali (1057–1111), erudito renovador del islam.
En La incoherencia de los filósofos defiende la voluntad e intervención de Dios en la integridad de lo ocurrente en torno al hombre. Tal perspectiva la desarrolla a partir del Corán: “El resultado de todo asunto está en manos de Dios (…) Dios sostiene los cielos y la tierra para que no cesen. Y si desaparecieran, nadie podría retenerlos después de Él” (Inshallah). Parte del Dios omnisciente y omnipotente… nada puede darse en la naturaleza sin ocasión de la participación de Alá.
Siglos después, el ocasionalismo vuelve a la palestra con dos filósofos europeos: el flamenco Arnold Geulincx (1624–1669) y el francés Nicolas Malebranche (1638–1715). Su aproximación al ocasionalismo arranca de reemplazar las virtudes cardinales cristianas –prudencia, justicia, fortaleza y templanza– por la diligencia, la obediencia, la justicia y la humildad. Las cuatro agrupadas en una más amplia, a saber, en aquella del amor a Dios, en tanto emanan de la esencia divina que es lo interno del hombre en lo cual lo externo es irrelevante. El amor a Dios, asevera el primero, es igual un amor a la razón y viceversa… es una “razón” en sentido de afecto al alma, en el que el humano deja el sí, aparta de sí la atención, no piensa en sí, sino en el Ser. Es un peculiar “razonamiento sobre la razón”, no compartido por nosotros, pero a ser ponderado en términos académicos.
En Geulincx, la “humildad” es esencial en el acercamiento filosófico al cristianismo. Es una suprema honradez ética, asumida rebasando el pecado de egoísmo –connatural en el hombre– para acceder a la manifestación pura del amor, aquel guardado para el Creador. Con esta noción retoma la “razón” presente en el ocasionalismo de la felicidad. En su filosofía, el ser humano es un espectador de la occassio, obrando Dios sobre todas las actuaciones y conductas. Estas producen, según el flamenco, una libertad moral conceptuada como la autonomía más esclarecedora de la razón humana. Esta lógica procede de Gálatas 2:20. Allí leemos “(…) ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí (…)”. A diferencia de lo proclamado por el filósofo, estimamos ser precisamente esta especulación extática la exhibición de una razón mal entendida, conducente a errores vivenciales opuestos a la dignidad humana.
Llegamos a Malebranche y su obra emblemática Acerca de la investigación sobre la verdad. Su pensamiento puede ser compendiado en que la occassio de todo el universo, de lo material y de lo intangible, de la naturaleza y de la mente es Dios. Vemos la enorme diferencia metódica con el “racionalismo racional” –valga la redundancia– de Baruch Spinoza (1632–1677). Transmite el principio de que todas las causas verdaderas demandan de efectos. Empero, las finitas, las no-divinas, afirma, no pueden hacerlo, salvo que Dios con su sempiterno poder obre milagros conectores entre causa y efecto. Queda conceptuado el ocasionalismo celestial, sagrado, de su fallida teorización.
Para este contemplativo, no existe ni puede existir enlace entre la mente y los cuerpos. En su sui-géneris modo de conjeturar, los cuerpos, enuncia, son invisibles por sí mismos, sin que puedan actuar sobre nuestro espíritu ni representarse en este. En ese imposible interviene Dios, siendo que al conocer al hombre y su ánima en la cabalidad de su extensión puede actuar en ellos a los propósitos de la existencia… el espíritu ve lo que hay en Dios, simbólico de los seres creados por Él. No ver al Ser es ver nada. El ocasionalismo de Malebranche implica no percibir las cosas por nosotros mismos, pero con “ocasión” de la presencia de Dios en la integridad de ellas. En tal sentido, en orden a conocer lo que nos rodea, dice, debemos conocer a Dios. Aseveración falaz, siendo que el hombre es divino per-se, no por creación volátil alguna. (O)