La inteligencia artificial (IA) llegó y está aquí para quedarse. En rigor, no es un fenómeno reciente, pues desde su lanzamiento público en noviembre de 2022, ChatGPT masificó el modelo que originalmente venía desarrollando OpenIA desde 2018, marcando el paso de la IA generativa y desencadenando una vertiginosa carrera de innovación entre los grandes jugadores tecnológicos. Inmediatamente aparecieron Copilot, Gemini, Perplexity, Claude, algunas de las plataformas más usadas actualmente.
Es absolutamente fascinante adentrarse en el mundo de la IA, en todo lo que es capaz de hacer, en toda la información de que dispone, en la velocidad a la que crece, innova y se desarrolla, en el universo de conocimiento que tiene acumulado; e igualmente fascinante es especular en torno a cómo la IA va a cambiar la sociedad, a rediseñar la economía, a transformar la rutina de la vida diaria de las personas y las empresas. Es un salto tecnológico abismal que da la humanidad, como probablemente fue la revolución industrial en el siglo XVIII, a la que algunos la comparan.
El mundo entero está recién pensando en esto que se mueve a la velocidad de vértigo y hay reacciones de todo tipo. Desde el hiper entusiasmo de Elon Musk, un empresario tecnológico que en su entrevista a The Economist hace unas semanas dice que las decisiones de la IA serán más acertadas que las de los humanos en 5 años y, por lo tanto, los hombres perderemos poder de decisión.
Musk va más allá y enfatiza que va a existir un período de hiper abundancia de bienes y servicios, un shock de oferta en el mundo, que hará que sea innecesario trabajar, porque las personas y las empresas solo tendrán que ordenar a los robots que actúen, hagan las tareas diarias y tomen las decisiones. Que la super oferta eliminará la inflación y será innecesaria la existencia de monedas. Las monedas van a desaparecer. El ahorro será superfluo.
Los economistas, y sobre todos los académicos, son bastante más pesimistas y escépticos. Leí una entrevista al premio Nobel de economía Daron Acemoglu, que sostiene que el aumento en el producto interno bruto de USA como consecuencia de la IA agéntica (sistemas de IA capaces de actuar en forma autónoma) será entre el 1 y el 1,5% acumulado en 10 años. Ese cálculo es el resultado de un modelo econométrico en el que además concluye que el efecto de la IA en la productividad será de tan solo 0,055% anual. Krugman es aún más escéptico en el corto plazo y cree que los beneficios en la producción y la productividad requieren décadas de implementación en las empresas antes de reflejarse en mayor producción. Stiglitz es más moderado, reconoce efectos positivos de la IA en sectores como la salud, la investigación científica, etc., pero cree que sus beneficios en ganancias de productividad pueden no ser globales, sino concentrados en ciertos sectores. Michael Spence, en cambio, es marcadamente optimista y cree que los beneficios en producción, productividad se verán al finalizar esta década. La IA producirá “la eliminación de las restricciones a la oferta”.
En relación con el empleo la discusión se centra en cual será la consecuencia predominante de la masificación de la IA. Son dos fuerzas en juego, el efecto desplazamiento, es decir que efectivamente la IA destruirá empleo (creando desempleo); o si, por el contrario, prevalecerá el efecto complementariedad, en el cual el empleo se reasignará a nuevas actividades cuando el crecimiento agregado de la economía producto de la innovación se sostiene en el tiempo. Spence considera que la IA “…puede infligir un shock doloroso a los mercados laborales antes de que sus beneficios económicos se materialicen”; pero Stiglitz va más allá, pues sostiene que “…la IA permitirá a las empresas desplazar trabajo de la producción, concentrar ganancias en el vértice de la pirámide social y trasladar los riesgos de la transición a trabajadores y contribuyentes”.
¿Qué pasará con la política económica, la política pública? Aquí parece haber más consensos entre los economistas sobre el efecto de la IA. Como dice Acemoglu, “no es la tecnología la que decide, son las instituciones que la gobiernan”. Si son extractivas, con el poder concentrado en pocas plataformas y gobiernos, los beneficios serán para unos pocos; si son inclusivas (reguladas, con reglas antimonopolio, con incentivos para promover la competencia, con impuestos progresivos a las rentas extraordinarias, transparencia en la información, etc.) el bienestar que generen será distribuido a la sociedad.
Soy un convencido de que el avance tecnológico promueve en el largo plazo el progreso, el desarrollo y el bienestar de la sociedad. La IA es un hito histórico que está ya al alcance de nuestras manos y en proceso de perfeccionamiento y desarrollo. Es imperativo que la economía ecuatoriana la incorpore para no quedar rezagada del resto del mundo.
En lo público, por un lado, hay un reto legal, es decir, generar el marco jurídico para regular y democratizar su utilización con dos objetivos fundamentales: el uno, que la normativa no se convierta en un obstáculo para la innovación y que asegure que sus beneficios se expandan en toda la sociedad, que sea incluyente. Que no suceda lo que suele ocurrir siempre, que las leyes queden rezagadas de este cambio tecnológico que se viene como una tormenta. Por otro lado, también está el reto del gobierno de utilizar, de adoptar la IA para acelerar, mejorar y aumentar la cobertura y la calidad de servicios básicos como la salud y la educación
En lo privado, las empresas deben tomar ya la decisión estratégica de incorporar a la IA en sus planes de desarrollo, definiendo su gobernanza y las áreas estratégicas en las cuales se va a concentrar su incorporación: marketing, rediseño de productos, atención al cliente, procesos críticos, etc.
En la vida diaria, incorporarla sin ningún temor: para entender, para aprender, para ampliar el conocimiento, para estar mejor informado, para mejorar la producción y la productividad, para jugar, para entretenerse, para tomar mejores decisiones. (O)