Sobre la situación de los obreros (I)
Con el imperio económico, la burguesía obtuvo asimismo dominio político, que igual repercutió en menoscabo de los derechos obreros. Ante la galopante pobreza extendida en las áreas rurales, inmensas masas de campesinos migraron a las ciudades, donde los operarios se convirtieron en ignorados siervos.

Es la referencia, en español, de la encíclica Rerum novarum de León XIII (1810–1903). Fue publicada en 1891 a título de pronunciamiento de la Iglesia católica frente a las iniquidades sociales generadas por la “Revolución industrial”… venía produciéndose en Gran Bretaña desde mediados del siglo XVIII. La historia refiere varias revoluciones en el período. En todo caso, el término cubre a los cambios acaecidos en los espacios demográfico, agrícola, comercial, del transporte y tecnológico de las industrias textil algodonera y metalúrgica. Esas profundas transformaciones en las actividades productivas forjaron también alteraciones en las relaciones sociales entre los distintos agentes económicos.

El incremento de la población en las islas británicas fue exponencial. En el siglo XVIII, Gran Bretaña vio duplicados sus habitantes, con la consiguiente presión sobre su economía. Los estratos más pobres reclamaban puestos de trabajo; el fenómeno fue aprovechado por las clases acaudaladas sin importarles las paupérrimas condiciones laborales y de subsistencia de los obreros. De hecho, el crecimiento económico en modo alguno repercutió en mejores escenarios de vida para el pueblo. Este contexto social es cualificado científicamente por Karl Marx (1818–1883) para desarrollar una nueva teoría económica.

La burguesía sustituyó a la nobleza como “clase” predominante. Al reclamar la novel riqueza un lugar en la jerarquización social, lo hizo en función de un factor –la autoridad material– que, si bien la aristocracia la había ejercido a lo largo de la historia, distaba cuantitativamente del poder ostentado por los comerciantes y los industriales. Junto con tal supremacía, en varios países europeos los nuevos estratos sociales reclamaron y obtuvieron prebendas legales a costa de los privilegios históricos del abolengo. Ello causó, a la vez, mayor distanciamiento con el proletariado. Este se batía en la miseria. Con el imperio económico, la burguesía obtuvo asimismo dominio político, que igual repercutió en menoscabo de los derechos obreros. Ante la galopante pobreza extendida en las áreas rurales, inmensas masas de campesinos migraron a las ciudades, donde los operarios se convirtieron en ignorados siervos.

El criterio generalizado en la primera etapa de la Revolución industrial, en el sentido de que “a las clases más bajas” debía mantenérselas en pobreza para “que sean más industriosas”, según lo reseña el español José Manuel Cuenca Toribio (1939–2025) en su Historia Universal, es repensado. Se lo hace a la luz de las nociones expuestas por Adam Smith (1723–1790) en la Riqueza de las naciones: la miseria reduce la oferta de trabajo… los salarios altos dan al trabajador un incentivo para trabajar con más intensidad. Comienza la reflexión sobre el imperativo de mejorar las correspondencias trabajo-capital.

En las nacientes relaciones económico-sociopolíticas, la iglesia pasó a desempeñar un rol determinante, sustentado en el vergonzoso mensaje bíblico de que “de los pobres será el reino de los cielos”. El catolicismo en particular adecuó la interpretación de los evangelios a las necesidades de brindar apoyo ya no solo a la nobleza, pero también a las burguesías comercial e industrial; en el proceso, la jerarquía eclesiástica claudicó ante intereses terrenales.

No fue sino a finales del siglo XIX en que Roma, a fuerza de circunstancias, se pronuncia tibiamente sobre el imperativo de poner algo de orden en un régimen capitalista que, frente a la clase obrera, conservaba modos esclavistas. La Rerum novarum es el primer paso vaticano en el desarrollo de una doctrina social de la iglesia… aún deficiente. No obstante, lo hace con marcado sesgo ideológico, que resta valor al dictamen papal.

Suena engañoso abogar por mejores condiciones humanitarias para la clase obrera partiendo de una conjeturada “divinidad” de la propiedad privada. El inalienable derecho a la propiedad privada –que lo defendemos a rajatabla– no tiene sustento en religión alguna, pero en la naturaleza del hombre, que es suya propia y no dádiva celestial. Sin perjuicio de enunciados conceptuales válidos en torno a la defensa de los derechos obreros, que sí los incluye, la encíclica es concebida más bien en términos de cuestionamiento a las ideas socialistas que tomaban cuerpo en el mundo de entonces.

León XIII afirma que el fundamento de la división de bienes lo toma la “ley civil de aquella natural, consagrada con la práctica de los siglos”. Esta visión iusnaturalista, que pudo justificarse de manera artificiosa en el siglo XIX, ha sido superada. Corresponde ahora –a la luz de realidades sociológicas evidentes– bregar por una doctrina no etérea, en la que los derechos de todos los actores sociales sean respetados al margen de cualquier consideración religiosa… subjetiva. Siendo que, para bien, nuestras sociedades se tornan cada día menos “místicas”, estamos compelidos a encontrar un rumbo vivencial laico de paz y armonía social. (O)