La trampa de la clase media
Que las apariencias no nos quítenla paz ni la libertad de disfrutar de una vida, que es mucho más que lo material, mucho más que todo aquello que se puede comprar.

Ecuador consume a crédito, y lo hace en niveles altísimos. Entre enero y abril de 2026, las compras con tarjeta sumaron 5.454 millones de dólares, un 11% más que el año anterior. Circulan 3,4 millones de tarjetas habilitadas en el país. La fotografía es la de una sociedad que compra hoy con el ingreso que espera recibir mañana. ¿Por qué?

La respuesta empieza en un fenómeno profundamente humano: la clase media que no puede dejar de serlo.

Conviene subrayar qué es la clase media antes de juzgar su deuda. Es, ante todo, un estándar de vida construido a lo largo de años buenos. Comer fuera el fin de semana, cambiar el auto cada cierto tiempo, el viaje anual, los pequeños lujos que elevaron de manera real la calidad de vida. Con el tiempo, ese estándar dejó de ser un conjunto de gastos y se volvió parte de quiénes somos. Y a nadie le resulta sencillo recortar la identidad con frialdad financiera.

Entretanto, el ingreso dejó de acompañar. El empleo adecuado no mejora. Los salarios reales perdieron poder adquisitivo frente al costo de vida. Para muchos profesionales capaces, la situación se mantuvo igual o incluso empeoró, mientras el estándar al que se acostumbraron siguió intacto. Dicho de forma sencilla: la vida costó lo mismo o más, y el sueldo alcanzó para menos.

La tarjeta entra a rellenar ese hueco entre el ingreso que acumulamos y la vida que aprendimos a vivir, a la que nos hemos acostumbrado.

 Aquí conviene pararse porque el objeto que compramos es raro que se corresponda con lo que verdaderamente financiamos. Lo que alimenta la cuota de cada mes es, en el fondo, una idea de nosotros mismos. La sensación de haber llegado. La tranquilidad para que los hijos no piensen que reculan. El hueco en la mesa familiares, en el grupo de amigos/as, en la conversación de college. Nadie firma un crédito de consumo para un electrodoméstico; lo firma para que la vida que levantó no empiece a desbalancearse.

 Ése es el nervio, el quid, la cara más humana del fenómeno. La deuda de la clase media es, antes que un problema de números, un intento de mantener una identidad en silencio. Incluso después de perder su sentido, continuamos abonando la cuota, pues lo que defendemos no es el objeto.

Observemos el caso por antonomasia. Un profesional que financia el colegio educacional más caro del que disponemos, el coche que corresponde a su cargo, la vivienda en el barrio adecuado. Todo ello financiado, naturalmente, mediante un dinero futuro bajo un supuesto tácito: que el ingreso de mañana pagará el consumo de hoy. La apuesta se mantiene mientras ese ingreso llega.

¿Y si pasados dos o tres años el ingreso no llega? Entonces comienzan las complicaciones de la cadena de pagos: se amplía el plazo, primero se paga una obligación con otra y, por último, aparece la mora. Ya están presentes en los flancos del sistema los signos: en las cooperativas grandes la morosidad de consumo subió hasta el 8,3 por cien en junio, un indicio que da la medida del nivel previo a la recesión de 2024.

Junto a esto, se añade un fenómeno de El Niño que la NOAA prevé que sea uno de los más fuertes de las últimas décadas y que puede golpear el ingreso agrícola y de servicios justo cuando la cadena de producción está más tensa.

¿Estamos ante un riesgo sistémico? No. El riesgo mayor es de otro tipo y es el riesgo menos nombrado: el humano. Es la angustia de miles de hogares que, con el tiempo, descubren que reproducen su identidad a partir de un ingreso que no termina de llegar.

El costo humano.


 Merece la pena mirar de frente ese costo, porque este es el más caro de todos los demás. La cuota impaga se paga en insomnio; la deuda que crece en la mesa o en la cama. El progenitor que financia el estándar termina trabajando el sábado que era de sus hijos (veamos el artículo el día más caro de mi vida), para financiar una vida que se suponía era para ellos. Para ser más exactos la ironía: sacrificamos la presencia que da sentido a nuestro estatus para poder sostener el estatus. Ese es el auténtico precio de la estafa. No se paga en la tasa de interés, se paga en la serenidad perdida, en las relaciones tensadas, en el tiempo que se proporciona para pagar apariencia. 
 

Tres salidas infinitas

 La primera, una que nos llega como personas: desaprender el activo del consumo. El dinero futuro tiene un uso legítimo, financiar aquello que mañana será más de hoy: casa, carrera, herramienta de trabajo. Considerémoslo como una forma de inversión.

 La segunda es la más difícil: el ajuste entre el estándar y la verdad de nuestro ingreso. Para ello precisamos ser honestos, primero con nosotros, después con la familia, para poder disociar el valor personal del que exhibimos. Existe una enorme libertad, y muy poco reconocida, en vivir conforme a lo que se posee. La familia que ha decidido de manera conjunta sacar un peldaño al consumo, con un juego de cartas sobre la mesa cambia por claridad.

 La tercera nos toca como país: atacar el ingreso, dado que el crédito sostiene solamente el síntoma. La brecha que hoy cierra la tarjeta de crédito se puede cerrar de verdad con suficiente empleo y productividad (hablemos de las oportunidades que ofrece la IA sobre la productividad nacional).

 Cerrar la distancia entre la vida que vamos construyendo y el ingreso real con más tarjeta de crédito nos da tiempo. Pero lo importante es cerrar esa distancia con el ingreso, y con la honestidad de ajustar lo que haya que ajustar. Que las apariencias no nos quítenla paz ni la libertad de disfrutar de una vida, que es mucho más que lo material, mucho más que todo aquello que se puede comprar con una Mastercard. (O)