La república del “vuelva mañana”
Un país no se mide únicamente por el tamaño de su economía, ni por la altura de sus edificios, también se mide por el respeto que demuestra hacia el tiempo de sus ciudadanos, cada hora desperdiciada en una fila es una hora robada al trabajo, a la familia, al descanso o a la creatividad.

Existe un momento en que todo ecuatoriano deja de ser abogado, médico, agricultor, empresario, profesor o albañil para convertirse en un simple ciudadano haciendo fila.

Sucede frente a un hospital público, en una agencia de tránsito, municipio, juzgado o en cualquier edificio estatal donde un guardia de seguridad, armado con chaleco reflectivo y una autoridad que ni Napoleón se atrevió a ejercer, decide quién merece acercarse a la ventanilla y quién debe seguir contemplando la puerta desde la distancia.

Si Dante Alighieri hubiera nacido en Ecuador, probablemente habría añadido un círculo más al Infierno, no solo reservado para los pecadores, sino para quienes intentan sacar una licencia de conducir, matricular un vehículo, obtener una cita médica o pagar un impuesto sin “palanqueo”, sin tramitadores, sin coimas y, sobre todo, sin perder la fe en la condición humana. Aquí los trámites no se realizan, se sobreviven.

No basta con cumplir la ley, hay que dominar un antiguo arte nacional que ninguna universidad enseña, hay que saber madrugar, madrugar mucho, a veces a las tres de la mañana para ocupar un puesto en una fila que empezará a moverse cinco horas después. Nadie recuerda quién inventó semejante costumbre, lo cierto es que hemos llegado al absurdo de hacer fila para conseguir el derecho a hacer otra fila.

Ya lo dijo Humboldt: “los ecuatorianos son seres raros y únicos, duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste” si Alexander volviera hoy, descubriría otra curiosidad antropológica, somos el único pueblo capaz de bromear mientras espera seis horas para que un funcionario le diga, con admirable serenidad que, el sistema se cayó y debe regresar mañana.

El “vuelva mañana” merece ser declarado patrimonio inmaterial de la burocracia nacional.

Nuestra burocracia posee una creatividad extraordinaria para fabricar obstáculos donde debería existir únicamente sentido común, siempre falta una copia y un requisito nuevo, siempre existe una firma que únicamente puede colocar una persona que hoy salió temprano, está en reunión, regresará el lunes o simplemente “no se encuentra”. Lo único permanente es el infeliz ciudadano esperando.

Pero sería injusto responsabilizar únicamente al Estado, en cuanto aparece una deficiencia, surge un negocio, donde la institución falla, florece el vendedor de turnos, donde el sistema colapsa, aparece el tramitador, donde la desesperación aumenta, alguien descubre una oportunidad comercial, porque “felizmente” somos sabidos.

Thomas Hobbes escribió que el hombre es un lobo para el hombre, nosotros los ecuatorianos perfeccionamos la frase, todos los días y a cada rato, el pueblo termina siendo lobo del propio pueblo. 

Hay familias enteras que consiguen diez turnos para vender nueve, hay quien cobra por “ayudar” a conseguir una cita médica, hay quien presume conocer al funcionario adecuado, hay quien convierte la necesidad ajena en emprendimiento y su sufrimiento en gozo.

Del otro lado del counter, el empleado público atiende como si concediera favores personales y no ejerciera una obligación financiada por los impuestos de los ciudadanos, un gesto de cortesía se vuelve excepcional, una explicación amable parece un acto heroico, en ciertos despachos, la empatía es un documento que tampoco aparece en los requisitos.

La tragedia consiste en que ya nada nos sorprende, nos reímos, hacemos memes, contamos anécdotas y competimos para ver quién soportó la fila más larga o el trámite más absurdo, el humor es nuestra mejor defensa… pero ojo, también puede convertirse en nuestra peor resignación.

Un país no se mide únicamente por el tamaño de su economía, ni por la altura de sus edificios, también se mide por el respeto que demuestra hacia el tiempo de sus ciudadanos, cada hora desperdiciada en una fila es una hora robada al trabajo, a la familia, al descanso o a la creatividad.

Cada trámite innecesario es un impuesto invisible, cada ventanilla cerrada representa una derrota silenciosa de la institucionalidad. La transformación digital no comenzará cuando existan más páginas web o aplicaciones con nombres futuristas, comenzará cuando desaparezca la cultura del favor, cuando el guardia recuerde que cuida una puerta y no un reino, cuando el funcionario comprenda que servir es un deber y no una concesión, cuando el ciudadano deje de admirar al “sabido” y empiece a respetar al honesto.

Porque el mayor obstáculo del Ecuador no siempre está detrás de una ventanilla, con demasiada frecuencia está delante de ella… y ese obstáculo, muchas veces, somos nosotros mismos… (O)