Pensé en ello mientras revisaba los resultados de PISA 2025¹. Esta vez, la evaluación de la OCDE reunió a más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías y tuvo a las ciencias como principal ámbito de evaluación. Pero detrás de los rankings y de las inevitables comparaciones entre países encontré algo que me resultó bastante más inquietante: PISA también está intentando comprender cómo nuestros jóvenes se relacionan con el conocimiento.
Y allí la discusión cambia.
Ecuador obtuvo 393 puntos en ciencias, frente a 482 del promedio de la OCDE. En lectura alcanzó 385 frente a 461 y en matemáticas 366 frente a 463. Si ampliamos la mirada hacia América Latina, las distancias disminuyen: los promedios regionales rondaron los 400, 389 y 370 puntos, respectivamente (OCDE, PISA 2025 Results, Volume I; INEVAL/OCDE, presentación nacional de resultados para Ecuador, 2026).
Podríamos detenernos allí y repetir una discusión conocida: nuestros estudiantes necesitan aprender más matemáticas, leer mejor y fortalecer sus conocimientos científicos. Todo eso es cierto.
Pero creo que PISA 2025 nos está diciendo algo más.
Saber menos es un problema. No saber cómo sabemos puede ser uno mayor
Una de las dimensiones que incorpora PISA analiza lo que en psicología y educación denominamos creencias epistémicas. En palabras sencillas, se refiere a cómo entendemos el conocimiento: qué consideramos evidencia, cómo decidimos que una fuente es fiable y qué hacemos cuando aparece información que contradice aquello que creíamos verdadero.
La OCDE construyó, a partir de las respuestas de los estudiantes, un perfil que cruza dos preguntas: si verifican sus fuentes y si confían más en la evidencia científica o en el sentido común.
El resultado es revelador.
Solo el 46% de los estudiantes de los países de la OCDE combina ambas cosas: verifica sus fuentes y da mayor peso a la evidencia científica. El 37% también verifica, pero termina inclinándose más por el sentido común. Un 11% confía en la ciencia sin molestarse en verificar de dónde viene la información. Y un 5% no hace ni una cosa ni la otra (OCDE, 2026).
Léanlo de nuevo: menos de la mitad.
Ecuador aparece por debajo del promedio de la OCDE en el perfil que combina verificación de fuentes con mayor confianza en la evidencia científica.
No interpretemos mal este resultado. El sentido común es útil y forma parte de nuestra manera cotidiana de comprender el mundo. El problema aparece cuando lo convertimos en sustituto de la evidencia.
Esto me parece central.
Porque pensar críticamente no significa desconfiar de todo. Significa aprender qué debemos cuestionar, con qué argumentos y qué evidencia sería suficiente para hacernos cambiar de opinión.
El nuevo analfabetismo puede parecer muy inteligente
Durante siglos entendimos el analfabetismo como la imposibilidad de leer y escribir. Más tarde incorporamos conceptos como alfabetización digital o científica.
Quizá estamos entrando en una etapa diferente.
Una persona puede leer perfectamente, utilizar tecnología, escribir correctamente y, sin embargo, ser incapaz de distinguir entre conocimiento y apariencia de conocimiento.
Y esa incapacidad es particularmente peligrosa porque no necesariamente parece ignorancia.
Una falsedad puede estar perfectamente redactada. Puede utilizar terminología científica. Puede incluir una estadística, un gráfico, una fotografía manipulada o una referencia académica inexistente.
Y ahora también puede ser producida en segundos por una inteligencia artificial.
Por eso hay un concepto que considero que deberíamos comenzar a incorporar con mayor fuerza a nuestra conversación educativa: autonomía intelectual.
No me refiero a aprender solos. Me refiero a conservar la capacidad de formular un juicio propio cuando tenemos delante una cantidad prácticamente infinita de información y herramientas capaces de procesarla por nosotros.
En Ecuador, esta pregunta ya no es hipotética: el 52% de los estudiantes ecuatorianos declaró usar chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana, una proporción por encima del promedio de la OCDE (INEVAL/OCDE, 2026).
¿Y si el problema no fuera solamente cuánto aprendemos?
Los resultados ecuatorianos vuelven inevitable la conversación sobre calidad educativa.
Pero sería un error reducirla a aumentar contenidos.
PISA 2025 observa también perseverancia, curiosidad, adaptabilidad cognitiva, búsqueda de ayuda, establecimiento de objetivos, mentalidad de crecimiento, valoración de la escuela y sentido de pertenencia.
Me parece un cambio conceptual importante.
Aprender no consiste únicamente en acumular información. Supone reconocer lo que no sabemos, formular preguntas, buscar ayuda, modificar una estrategia cuando deja de funcionar y revisar nuestras propias conclusiones.
En definitiva, aprender también significa aprender a pensar.
Y aquí aparece una paradoja educativa que me preocupa particularmente: durante años hemos pedido a nuestros estudiantes que encuentren la respuesta correcta. Ahora estamos construyendo máquinas capaces de hacerlo en segundos.
Quizá deberíamos empezar a evaluar con mucha más seriedad la calidad de sus preguntas.
La curiosidad también está en juego
Hay otro resultado de PISA 2025 que me parece menos espectacular estadísticamente, pero mucho más profundo educativamente.
En promedio, el 73% de los estudiantes de la OCDE dice sentir curiosidad por muchas cosas distintas (OCDE, 2026). Es una cifra alta, y varía de forma notable entre países: mientras algunos sistemas ganaron terreno en este indicador entre 2022 y 2025, otros lo perdieron.
¿Estamos consiguiendo que nuestros estudiantes sepan más o simplemente que respondan más?
Una escuela puede conseguir que un estudiante memorice la tabla periódica. Mucho más difícil —y posiblemente más importante— es conseguir que quiera comprender por qué el mundo funciona como funciona.
La curiosidad no debería ser considerada un accesorio emocional del aprendizaje. Es uno de sus motores.
La pobreza explica mucho. Pero no debería explicarlo todo
Sería intelectualmente cómodo hablar de pensamiento crítico ignorando las condiciones materiales en las que ocurre el aprendizaje.
Los resultados ecuatorianos muestran una relación clara entre el perfil socioeconómico de las escuelas y el desempeño académico. Internacionalmente, la OCDE encuentra que los estudiantes aventajados obtuvieron en promedio 85 puntos más en ciencias que los estudiantes en desventaja, y que las escuelas desfavorecidas tienden a enfrentar mayores carencias de personal y recursos.
El propio informe ecuatoriano lo resume con una frase contundente: "La pobreza no tiene por qué ser el destino" (INEVAL/OCDE, presentación nacional PISA 2025, Ecuador, 2026).
La frase importa precisamente porque reconoce las dos partes del problema.
El contexto socioeconómico condiciona las oportunidades educativas. Negarlo sería absurdo. Pero convertirlo en una explicación determinista también lo sería.
No podemos pedir pensamiento científico, experimentación y autonomía intelectual mientras una escuela lucha por conseguir profesores, materiales o infraestructura adecuados.
Por eso la discusión sobre pensamiento crítico también es una discusión sobre equidad.
Una tableta no produce curiosidad
Y entonces llegamos a la tecnología.
Durante años hemos asociado casi automáticamente innovación educativa con digitalización. Más dispositivos, más plataformas, más conectividad.
PISA 2025 obliga a matizar esa ecuación.
Los resultados muestran que la relación entre tecnología y aprendizaje depende de cómo, cuánto y para qué se utiliza. La distracción asociada a dispositivos digitales durante las clases mantiene una relación negativa con el desempeño: más de uno de cada cuatro estudiantes de la OCDE dice que sus compañeros se distraen con dispositivos en la mayoría de las clases de ciencias. Y el uso intensivo de tecnología con finalidades recreativas dentro de la escuela tampoco parece inocuo.
Digitalizar, por tanto, no equivale a educar.
Una tableta no transforma por sí misma una pedagogía mediocre. Una pantalla no produce curiosidad. Una conexión a Internet no enseña a discriminar información.
Y entregar una inteligencia artificial a un estudiante tampoco produce automáticamente inteligencia.
La presentación de resultados para Ecuador formula el dilema de una manera que vale la pena conservar literalmente:
"¿La IA: un andamio o una muleta?"
PISA 2025 ya pregunta a los estudiantes por el uso de chatbots de inteligencia artificial para resumir textos, investigar temas nuevos, redactar tareas o ayudarles a aprender.
La pregunta verdaderamente importante, sin embargo, quizá no sea cuánto utilizan IA.
Es qué capacidad intelectual permanece en el estudiante después de utilizarla.
¿Puede comprobar lo que recibió y detectar una fuente inexistente?
¿Puede reconocer un argumento débil y formular un contraargumento?
¿Puede decirle a la máquina que está equivocada, y cambiar él mismo de opinión cuando aparece mejor evidencia?
Eso también es educación.
Réquiem
Elegí deliberadamente una palabra incómoda para titular este artículo.
Un réquiem anuncia una despedida.
No creo que el pensamiento crítico haya muerto. Pero sí creo que estamos entrando en una época en la que renunciar a él será extraordinariamente fácil.
Ecuador tiene un problema evidente de aprendizajes fundamentales. Los 393 puntos en ciencias, 385 en lectura y 366 en matemáticas merecen una discusión nacional seria.
Pero detrás de esos números existe una pregunta que me interesa todavía más.
¿Qué tipo de persona queremos formar?
Una que recuerde respuestas.
Una que sepa encontrarlas.
O una capaz de preguntarse si esas respuestas merecen ser creídas.
La inteligencia artificial será cada vez mejor en las dos primeras tareas. Y precisamente por eso la educación tendrá que tomarse extraordinariamente en serio la tercera.
En un mundo saturado de información, quizá la verdadera brecha educativa ya no esté solamente entre quienes pueden acceder al conocimiento y quienes no.
Estará también entre quienes aceptan una respuesta y quienes todavía sienten la necesidad de interrogarla.
Si algún día dejamos de hacerlo, entonces sí habrá llegado el momento del réquiem. (O)