La brecha financiera cambió de lugar
La brecha de acceso a cuentas entre hombres y mujeres en Ecuador casi desapareció. La mala noticia es que después de abrirlas la desigualdad reaparece. Según el Global Findex 2025 del Banco Mundial, con datos de 2024, en el país el 63,5% de las mujeres tenía una cuenta en una institución financiera o de dinero móvil, frente al 65,6% de los hombres.

Con apenas 2,1 puntos de diferencia, podríamos pensar que se alcanzó una mejora sustancial para el desarrollo económico de las mujeres. Sin negar ese avance, hay que observar lo que ocurre después.

La misma fuente revela que el 16,3% de las mujeres y el 28,9% de los hombres ahorró en una institución financiera o mediante dinero móvil; además, el 15,8% de las mujeres y el 23,8% de los hombres pagó facturas por teléfono o internet, aun cuando el uso de internet fue prácticamente paritario.

El crédito confirma que la brecha cambió de lugar. El informe oficial Ellas en Datos, elaborado con la base de Volumen de Crédito de la Superintendencia de Bancos, señala que, a diciembre de 2024, las mujeres recibieron el 42% del monto concedido por bancos públicos y privados, frente al 58% de los hombres. También cambia el destino: el 49,9% del crédito recibido por mujeres correspondió a consumo, el 33,7% a microcrédito y solo el 9,2% a crédito productivo; entre los hombres, este último representó el 17,5%.

En el Sector Financiero Popular y Solidario, la Superintendencia de Economía Popular y Solidaria reportó que, a enero de 2026, las mujeres recibieron el 44,8% del volumen total concedido. Dentro de cada tipo de cartera, su participación fue del 45,4% en consumo y del 44,3% en microcrédito. Nuevamente, el acceso al crédito no garantiza iguales resultados ni la misma capacidad para impulsar proyectos productivos.

Una explicación, aunque no la única, se relaciona con la confianza. Todo servicio financiero descansa en una promesa: el dinero estará disponible, el precio será comprensible, la información será protegida, el trato será justo y digno, habrá respuesta si algo falla y las partes cumplirán sus obligaciones. La confianza reduce la fricción para ahorrar, contratar, obtener crédito e invertir; su ausencia empuja hacia la informalidad, las decisiones reactivas y las relaciones financieras superficiales, y abre espacio a esquemas ilícitos de intermediación.

Relacionar género y confianza suele conducir al supuesto de que las mujeres son, por naturaleza, más adversas al riesgo. Esa explicación desplaza la responsabilidad hacia la usuaria. La pregunta útil es otra: ¿qué ofrece el sistema para que resulte razonable confiar? La confianza financiera no se exige; se construye mediante productos comprensibles, conducta de mercado responsable, protección de datos, supervisión efectiva y cumplimiento.

Hay que resaltar que las empresas han adoptado un papel estratégico, bancarizar la nómina; sin embargo, esto facilita el acceso, pero no garantiza bienestar. Su impacto aumenta cuando ese acceso se conecta con educación financiera, mecanismos voluntarios de ahorro, seguros y previsión, dentro de una política de bienestar financiero. No es únicamente responsabilidad social; fundamentalmente es una decisión empresarial que puede fortalecer la estabilidad y la resiliencia de su talento.

La consecuencia trasciende la equidad. Cuando las mujeres ahorran menos en el sistema formal, acceden a menor financiamiento productivo o permanecen sin protección frente a emergencias, el país desaprovecha capacidad emprendedora, inversión y creación de patrimonio. Una brecha que restringe el crecimiento económico de las mujeres también limita el crecimiento de las empresas y de la economía.

El siguiente paso exige decisiones diferenciadas. Las instituciones financieras deben diseñar productos a partir de los flujos de ingreso, las necesidades y los ciclos de vida y económicos de las mujeres; las empresas, vincular la nómina con ahorro, seguros, previsión y educación financiera; y los supervisores, publicar indicadores comparables por sexo que midan acceso, uso, calidad y resultados.

Una cuenta que solo recibe el salario representa acceso. Una cuenta que permite ahorrar, enfrentar una emergencia, contratar un seguro y financiar un proyecto produce inclusión. La diferencia no es semántica: determina si el sistema administra transacciones o contribuye a construir autonomía económica y patrimonio.

Sin negar el camino recorrido, la puerta de entrada está hoy casi a la misma distancia para hombres y mujeres. El desafío es lograr que ese acceso se traduzca en ahorro, protección, crédito productivo y capacidad de decisión. Para avanzar, instituciones financieras, empresas y supervisores deben revisar sus métricas, productos y estrategias con un objetivo común: generar resultados concretos para las mujeres y para la economía. La brecha financiera cambió de lugar; la posibilidad de cerrarla nos exige actuar con oportunidad e intención. (O)