En el caso del ataque preventivo del 30 de agosto, por los Estados Unidos a la isla de Larak, en la desembocadura del Golfo Pérsico, en pleno estrecho de Ormuz, de vital importancia para el control de la ruta y de la salida de la quinta parte del petróleo mundial, se logró destruir dos lanzadores de misiles de la Guardia Revolucionaria iraní.
Para los Estados Unidos fue un golpe táctico preventivo, dentro de la estrategia de contrabloqueo marítimo porque además de evitar que la estrategia de desgaste a Irán no se interrumpa, tampoco se permite desplegar un arsenal destructivo contra el tráfico de buques petroleros, contaminando las líneas de flujo comercial protegido por Estados Unidos en su objetivo de aseguramiento del flujo petrolero global.
Para Irán, sin embargo, la represalia al ataque sufrido fue realizar una operación combinada de drones y miles a las bases aéreas estadounidenses en Jordania. A simple vista es una aplicación del principio de acción reacción, llevada a cabo por la Guardia Revolucionaria IRGC, dentro de su estrategia asimétrica frente a la superioridad y dominio marítimo de los Estados Unidos.
Siendo así, entonces ¿porque atacar a las bases de acogida estadunidense, en los países del Consejo de Cooperación del Golfo CCG?
Irán, tiene la capacidad de hacerlo, porque a pesar de los miles de ataques masivos sufridos desde la guerra de los 12 días de junio 2025, con grandes pérdidas y una tensión global especialmente energética; además demostró tener arsenal suficiente de drones y misiles para la defensa, especialmente para ejercer el control del Estrecho de Ormuz, contándose en este arsenal la posesión de misiles hipersónicos como el Fattah, con capacidad de evadir los radares y la Cúpula de Hierro israelí.
En los objetivos seleccionados para sus ataques procura afectar exclusivamente a las bases estadounidenses y que sus efectos colaterales no afecten a los países anfitriones.
Obviamente entre sus objetivos estratégicos, se encuentran presionar la salida de Estados Unidos de la región, comenzando por el retiro de las bases estadunidenses bajo la presión política de los países árabes cada vez más incrementada con la destrucción de las bases de acogimiento.
De esta manera se clarificaría su ambición hegemónica regional, y su influencia ideológica de expansión chiíta.
Los países del Golfo no han caído en una ampliación regional del conflicto, se han mantenido hipotéticamente al margen del conflicto, sin embargo, han delineado varias acciones para evitar tomar partido, defender sus intereses y reducir las afectaciones como consecuencias del conflicto en el escenario regional convertido en teatro de operaciones.
No solamente porque las demandas de Irán luego de la agenda de 15 puntos, fue hábilmente desdoblada para discutir inicialmente 5 puntos: cese de las hostilidades, libertad de navegación por el estrecho de Ormuz, el levantamiento del bloqueo y de las sanciones, la recuperación de activos, dejando a posteriori un espacio para negociar su programa nuclear en un acuerdo definitivo.
Esta dinámica permite interpretar la conducta iraní también como una maniobra estratégica de negociación en la que el control de Ormuz es una herramienta clave como una baza geopolítica de extraordinario valor, puesto que la seguridad del estrecho afecta directamente el comercio energético internacional.
La reapertura de Ormuz no constituye, por tanto, solamente un asunto marítimo: representa una fuente de poder negociador y un instrumento de presión estratégica frente a Estados Unidos.
Por esta razón, la ruptura de las treguas y la escalada de ataques de disuasión cruzada demuestra que la maniobra estratégica de Irán es más sofisticada, como se deduce por más de un mes de inactividad bélica interpretada por algunos analistas como haber llegado a un punto muerto; así lo afirma Will Todman del Centro de Estudios estratégicos e internacionales CISS, debiéndose agregar la existencia de un vacío de poder, como un periodo de transición de una potencia rectora a otra que no asume inmediatamente su liderazgo generándose un ambiente de competitividad entre rivales y aumentando la inestabilidad en la región.
En este ambiente geopolítico el 7 de agosto por iniciativa de Arabia Saudita se crea en la Meca, un Acuerdo de Defensa Conjunta entre Arabia Saudita, Turquia y Pakistan, inspirado en el Acuerdo de la OTAN, para la defensa mutua ante cualquier ataque armado contra cualquiera de los tres estados los cual sería considerado un ataque contra todos ellos.
Con el Pacto de la Meca esta cláusula de defensa colectiva crea una forma de disuasión cooperativa. La cooperación se instala con Arabia Saudita que aporta peso económico, energético y estratégico; Turquía que dispone de importantes capacidades militares, industriales y geopolíticas y Pakistán que aporta capacidades militares relevantes incluyendo la dimensión nuclear.
El Pacto de la Meca puede ser, en este sentido, un punto de inflexión: no necesariamente el nacimiento de un nuevo bloque, sino el inicio de una arquitectura regional de equilibrio estratégico capaz de contener la escalada y abrir espacio de contrabalanceo y reordenamiento regional más estable y sostenible.
Se introduce una nueva arquitectura de cooperación defensiva que puede incrementar la autonomía estratégica de sus miembros y modificar los cálculos de disuasión de Irán e Israel.
En este sentido, el Pacto de la Meca puede desempeñar una doble función. En primer lugar, puede constituirse en instrumento de disuasión, elevando el costo de una agresión contra sus miembros y reduciendo la vulnerabilidad individual. En segundo lugar, puede convertirse en un instrumento de estabilización, si utiliza la nueva capacidad colectiva para promover mecanismos de diálogo, prevención de incidentes y negociación.
Por ello, el verdadero desafío consiste en transformar el equilibrio militar emergente en un equilibrio estratégico regulado. El Pacto de la Meca no debería conducir necesariamente a la formación de dos bloques antagónicos; uno sunita y otro chiíta, sino a una arquitectura en la que los distintos ejes regionales puedan coexistir bajo reglas comunes.
En conclusión, el Pacto de la Meca puede constituir una pieza relevante del reordenamiento regional, pero no es por sí mismo la solución al conflicto de Medio Oriente. Su eficacia dependerá de su capacidad para combinar disuasión colectiva con diplomacia, y de su articulación con mecanismos de negociación sobre Irán, Ormuz, el programa nuclear, la cuestión palestina y la seguridad regional. (O)