Forbes Ecuador
Septiembre amarillo.
Columnistas
Septiembre amarillo.
Magnific

Septiembre Amarillo: lo que no decimos también importa

Isabel Muñoz

Share

Cada septiembre el amarillo aparece en nuestras redes, en campañas, instituciones y mensajes que nos recuerdan la importancia de hablar sobre salud mental y prevenir el suicidio. Y aunque me parece valioso que exista un mes que nos obligue a mirar este tema, también me pregunto qué pasa cuando septiembre termina. Porque la ansiedad, la depresión, la soledad y el dolor no entienden de calendarios y muchas personas siguen enfrentándolos cuando ya nadie está hablando de ellos.

10 Septiembre de 2026 12.54

El 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, la Organización Mundial de la Salud propone empezar la conversación. Puede parecer algo sencillo, pero en realidad habla de una de las barreras más grandes que todavía tenemos: el silencio. En una actualización publicada el 31 de agosto de 2026, la OMS señala que más de 720.000 personas mueren cada año por suicidio en el mundo y que por cada adulto que muere se estima que alrededor de 20 personas realizan un intento. La organización también es clara en algo que vale la pena repetir: el suicidio puede prevenirse.

En Ecuador, el último registro oficial disponible corresponde a 2024. El Instituto Nacional de Estadística y Censos registró 1.143 suicidios ese año. Y hay un dato que me resulta especialmente difícil de ignorar: 546 de esas muertes correspondieron a personas de entre 5 y 29 años. Casi la mitad. Son niños, adolescentes y jóvenes que estaban en etapas de la vida que solemos asociar con futuro, proyectos y oportunidades.

La realidad regional tampoco es alentadora. Un análisis publicado por la Organización Panamericana de la Salud en mayo de 2026 encontró que 18.157 personas de entre 10 y 24 años murieron por suicidio en las Américas en 2021. La tasa para este grupo aumentó 38% desde el año 2000 y el suicidio se mantiene como la tercera causa de muerte entre jóvenes de estas edades. Lo que más preocupa es que el incremento ha sido especialmente rápido entre las niñas y en el grupo de 10 a 14 años.

No creo que exista una explicación sencilla para estas cifras. El suicidio es un fenómeno complejo en el que pueden intervenir factores psicológicos, sociales, familiares, económicos y culturales. Precisamente por eso tampoco podemos esperar que una sola institución o una sola persona sea capaz de resolverlo. La prevención tiene que comenzar mucho antes de una crisis y necesita involucrar a las familias, los colegios, las universidades, los servicios de salud, las comunidades y también a las empresas.

Durante mucho tiempo pensamos que la salud mental era un asunto privado, algo que cada persona debía solucionar fuera del trabajo. Hoy sabemos que esa separación no existe. Una persona puede estar atravesando una crisis y seguir cumpliendo con sus responsabilidades, llegar a una reunión, responder correos y sonreír. Que alguien siga funcionando no significa necesariamente que esté bien.

Para el mundo empresarial esto también debería ser una conversación importante. Según la OMS, la depresión y la ansiedad provocan cada año la pérdida de unos 12.000 millones de días de trabajo y generan alrededor de un billón de dólares en productividad perdida. Pero más allá del impacto económico, hay una razón más humana para que las empresas se involucren: detrás de cada colaborador hay una persona que también está intentando sostener una vida fuera de la oficina.

No se trata de convertir a los jefes en psicólogos ni a las empresas en centros de terapia. Se trata de construir lugares donde pedir ayuda no sea interpretado como falta de compromiso y donde exista acceso a profesionales cuando alguien los necesita. Un buen liderazgo también consiste en saber mirar a las personas y entender que no todo lo que ocurre puede medirse en resultados, ventas o indicadores.

Por eso hablar de prevención del suicidio también significa aprender a escuchar. No siempre necesitamos encontrar la frase perfecta. A veces basta con preguntar cómo está alguien y estar preparados para escuchar una respuesta que no esperábamos. La OMS señala que preguntar directamente a una persona si está pensando en suicidarse no aumenta el riesgo; puede ayudar a reducir su ansiedad y permitir que se sienta comprendida. Cuando existe una situación de riesgo, por supuesto, se necesita ayuda profesional y de emergencia.

Septiembre Amarillo no debería convertirse únicamente en una campaña que desaparece cuando cambia el calendario. Debería servirnos para recordar que la prevención ocurre mucho antes de una emergencia, cuando todavía podemos preguntar, escuchar y acompañar. También cuando decidimos tomarnos en serio la salud mental de nuestros hijos, nuestros compañeros, nuestros amigos y de nosotros mismos.

No podemos saber siempre qué está viviendo la persona que tenemos delante, pero sí podemos ayudar a construir espacios donde decir “no estoy bien” no sea motivo de vergüenza. Tal vez esa sea la conversación que deberíamos llevarnos de este septiembre y mantener durante todo el año. Porque hablar no resuelve todos los problemas, pero el silencio tampoco.

Y a veces, una conversación que llega a tiempo puede cambiarlo todo. (O)

10