La banalidad del mal social
Reflexionemos sobre “el mal” junto a una estudiosa icónica para la filosofía política del siglo XX. La incluimos en tal categoría intelectual al margen de su resistencia a ser considerada filósofa, autocalificándose de mera pensadora en temas políticos, sociológicos e históricos.

Referimos a Hannah Arendt (1906–1975). Nació en Hannover, en el seno de una familia judía. Comenzó estudios en la Universidad de Marburgo, donde fue discípula de Martin Heidegger (1889–1976)… también amante. Continuó la educación en las universidades de Friburgo y de Heidelberg, en las cuales recibió lecciones en metafísica de Edmund Husserl (1859–1938) y de Karl Jaspers (1883–1969). Los tres influyeron profundamente en su formación: fenomenología, su presencia en la conciencia, el concepto de la existencia y su vinculación con la responsabilidad política.

Obtuvo el doctorado con la tesis El concepto de amor en san Agustín. El aporte académico de Arendt está plasmado en obras de la envergadura de Orígenes del totalitarismo y La condición humana. Como reportera de The New Yorker, asistió en Jerusalén al juicio de Adolf Eichmann (1906–1962), cumplido en Israel tras su secuestro en Argentina a manos del Mossad. El proceso culminó con el ahorcamiento del exoficial nazi. Las experiencias vividas durante el juicio –en particular su deliberación sobre las acusaciones personales al criminal– las recogió en Eichmann en Jerusalén.

El libro provocó debate en círculos sionistas, originado en el desarrollo arendtiano en torno al mal y su trivialidad. La autora hace un llamado a enfrentarlos desde una perspectiva burocrático-social que obliga al individuo a dejar de lado valores propios. Por cierto, ninguno de los criterios de Arendt exculpa en modo alguno al nazi, pero abordan su responsabilidad con configuraciones más amplias de las estrictamente particulares.

Para Arendt, el discernimiento del “mal” prospera en las sociedades, en especial en las de tinte totalitario que acuden al terror para imponer sus nocivas concepciones. Cuando un régimen político gana la partida a seres pensantes, los convierten en sonámbulos… son quienes actúan irreflexivamente. Siguen siendo responsables por sus actos, pero no a título de sádicos sino de estúpidos. De la lectura de su obra concluimos, entonces, que en la alemana la banalidad del mal –lejos de ser un fenómeno moral– es la carencia de juicio, la incapacidad de recapacitar debido a imposiciones de políticas dominantes. Si el espacio en su plenitud está contaminado de perversidad, los actores asumen la malicia con naturalidad y, por ende, el cosmos es fementido.

A efectos de profundizar en el mal, la erudita parte de su concepción de la “burocracia” que, al ser el “gobierno de nadie”, termina por ser la más pura manifestación de alevosa dominación abultada. Cuando el totalitarismo cala en la sociedad, los tiranos logran difundir sus nociones en todo el conglomerado… sin lugar a deliberación, sea por miedo o, simplemente, porque los titulares de poder dispersan sus propósitos de manera indiscriminada. En los dos casos, los hombres acaban convertidos en ordinarios, inconscientes, vulgares. En esas circunstancias, la perversidad banaliza al punto de dejar de ser factor de consideración.

El totalitarismo, al coartar la libertad de la persona, sin distinción despliega malicia en la integridad del conglomerado social, impidiendo identificar el morbo en tal o cual personaje. La disemina con espontaneidad en el universo de la sociedad. Al hacerlo, la responsabilidad sobre la vileza abandona lo individual para formalizarse en lo colectivo. Acuden al absolutismo no solo las facciones ideológicas fundamentalistas –extremas derecha e izquierda– sino también movimientos políticos carentes de ideología, tales como el populismo. Este camufla pretensiones hegemónicas apelando al pueblo, que queda reducido a víctima mediata de líderes inescrupulosos.

El “distanciamiento” de valores ético-morales es reprochable en su esencia. Sin embargo, si el desapego hace presencia en la sociedad como conjunto, el resultado es devastador. Lo es en tanto que, en ese contexto, el mal deja de ser suceso de ponderación “personal” para transmutar en algo agrupadamente banal.

La corrupción económica es manifestación de maldad social. Iberoamérica la vive. En aquellas sociedades en que es concurrente de manera generalizada, el riesgo está dado desde el momento en que los actores sociales la miran como algo comprensible, como algo que yace aquí y puede “justificarse” si el robo es bien consumado… sin dejar rastro. Al latrocinio ya no acuden escuetos rateros de poca monta, pero también seres “comunes y corrientes” que forman los engranajes público y privado gestados en sociedades para las cuales “hacerse rico” es el norte conductual. Hay países a escasa distancia de asumir la putrefacción como anormalidad banal, al extremo de ser defendida no solo por los propios corruptos, pero también por sus seguidores perjudicados. (O)