Ya en los primeros días de clase, las preguntas de los padres a sus hijos sobre cómo les va, qué tal los profes, los compañeros y más detalles que… jamás llegamos a saber porque, por lo general, los niños, sobre todo de inicial y básica, hablan poco.
Pero, más allá del detalle anecdótico, que seguro muchos padres afirmarán que es cierto, yo sí tengo un testimonio de estos primeros días que, con mucho esfuerzo, logré obtener de mi hijo. Un viernes, luego de clase, me contó que su profesora le había ubicado en el nivel 2. Yo quería saber qué significaba ese nivel y mi hijo me explicó que era un nivel bueno, pero no tan bueno. Pero sí me aclaró que estar en el 3 era pésimo. Ustedes, al igual que yo, se habrán quedado “en las mismas”, porque no se entiende qué significa esto o con qué criterio se ubican a los niños del salón de clase de mi hijo. Lo cierto es que Alejandro, mi hijo, no sabe por qué le ubican en esa posición; lo único que él y sus otros compañeros concluyen es que los que están en el nivel 1 son los preferidos de la profe, algo bien extraño porque recién empezaron las clases.
Lo que quiero abordar con este tema es que, cuando no sabemos la razón por la que nos califican con un 1, 2 o 3, o con un 10 o un 20, difícilmente sabremos cómo mejorar para llegar a obtener el mejor puntaje, o aprender, que sería lo más importante.
Y esto me lleva a la siguiente reflexión: ninguna estrategia de evaluación funciona si no llega acompañada de feedback o retroalimentación. Si un estudiante desconoce las conductas que requiere ajustar o qué hizo bien o mal para obtener ese resultado, seguramente seguirá pensando que la profe o el jefe, en el caso del ámbito laboral, “tiene preferidos”.
¡Qué importante es recibir de otro sugerencias y recomendaciones para mejorar! Esa mentalidad de crecimiento se ve beneficiada al ver que el error es una oportunidad de mejora. Y es lo que le he dicho a mi hijo, pero es difícil que pueda descubrir qué le está haciendo falta para escalar a número 1, que imagino será la mejor posición en esta especie de dinámica que genera su profesora los días viernes.
La evidencia confirma que una calificación, por sí sola, ofrece muy poca información para aprender. La OCDE (2019) destaca que la evaluación es verdaderamente formativa cuando proporciona al estudiante información oportuna y constructiva sobre su progreso. Por eso, el feedback no debería limitarse a decirle en qué nivel está, sino ayudarlo a comprender tres cosas esenciales: qué está haciendo bien, qué necesita mejorar y cuál es el siguiente paso para lograrlo. Sin estas respuestas, un número solo clasifica; con ellas, la evaluación se convierte en una auténtica oportunidad de aprendizaje.
Si nos vamos a otro entorno, el laboral, ocurre lo mismo: si solo nos entregan resultados de desempeño de forma numérica y no recibimos retroalimentación, o ninguna de las dos, es difícil saber en qué debemos mejorar o cuáles son nuestras fortalezas, las competencias que destacan.
¡Qué importante es, a su vez, estar dispuestos a escuchar! Porque, seamos sinceros, es más fácil decir que el profe o el jefe tiene favoritos que escuchar con humildad aquello que no siempre dice lo mejor de nosotros, pero que puede ser la puerta para alcanzar objetivos.
Espero que mi hijo reciba mejor feedback de su profe para avanzar al nivel 1 y, si no lo hace, por lo menos haga el ejercicio de metaevaluarse y piense por sí mismo qué puede mejorar para alcanzar sus metas.
Si todavía no te han dado feedback en tu trabajo, pídelo. El ejercicio de indagar qué puedes mejorar o qué valoran de tu desempeño y actitud puede llevarte a conocerte más y a estar dispuesto a seguir creciendo. (O)