Networking: no se trata solo de conectar, sino de permanecer
Quizá el verdadero desafío no sea ampliar nuestra red, sino preguntarnos qué hacemos con ella una vez que la tenemos. El valor del networking no está en el primer encuentro, sino en el sentido que le damos a lo largo del tiempo.

Se habla mucho de networking. Asistimos a eventos, intercambiamos contactos y ampliamos nuestra red profesional. Pero ¿realmente estamos construyendo networking?

Un evento, una reunión o una conversación pueden abrir una puerta, pero son apenas el comienzo. Generar un contacto es el punto de partida; convertirlo en una relación requiere tiempo, interés y continuidad. El verdadero networking está en la capacidad de mantener el vínculo y generar confianza y valor a lo largo del tiempo.

Probablemente ahí está una de las mayores diferencias entre tener una red de contactos y construir una verdadera red de relaciones.

Dos minutos pueden abrir una puerta

En mis clases de “liderazgo de equipos de alto rendimiento” me gusta comenzar la primera sesión con un ejercicio muy sencillo: cada participante tiene menos de dos minutos para contar quién es, qué hace, a qué empresa representa y cuál es su ámbito de experiencia. Sin embargo, el verdadero objetivo no es únicamente presentarse, sino escucharse. Mientras una persona habla, invito al resto a identificar posibles puntos de conexión: intereses comunes, experiencias, necesidades, contactos o incluso oportunidades para colaborar.

Resulta muy interesante observar lo que ocurre a partir de ese ejercicio. En muchas ocasiones, ese mismo día surgen conversaciones, contactos en común, oportunidades comerciales, posibles alianzas o simplemente el interés por continuar una conversación. Es una dinámica sencilla que demuestra que muchas oportunidades pueden estar mucho más cerca de lo que imaginamos; lo importante es generar el espacio para descubrirlas.

Una clase, un evento o una reunión pueden propiciar ese primer encuentro. Lo relevante es reconocer que ese espacio no constituye el networking en sí mismo, sino la oportunidad de iniciar una relación que puede desarrollarse mucho más allá de ese momento.

Una red no se construye coleccionando contactos

Coloquialmente suelen decirme que, vaya donde vaya, siempre me encuentro con alguien: un amigo, un antiguo compañero de trabajo, un cliente, un profesor o un alumno.

Es verdad que haber trabajado durante muchos años en distintas organizaciones, nacionales e internacionales, me ha permitido conocer a muchas personas. Pero conocer gente, por sí solo, no construye una red. El networking tiene una relación directa con la marca personal que dejamos en cada interacción: nuestra forma de trabajar, el trato hacia los demás, el cumplimiento de nuestra palabra, la disposición para ayudar, compartir conocimiento o conectar a otras personas. Incluso cuando no existe un beneficio directo para nosotros, cada una de estas acciones contribuye a la percepción que los demás forman sobre quiénes somos.

Esa percepción permanece en el tiempo. Incluso después de varios años sin contacto, una persona puede recordar la experiencia que tuvo con nosotros, la confianza que generamos y aquello que nos distinguió profesional o personalmente. Esa huella es la que da profundidad y valor a nuestra red y puede, años después, dar paso a una recomendación, una alianza, una nueva conversación o una oportunidad. Por eso, el valor del networking no depende únicamente de cuántas personas conocemos, sino también de cómo nos recuerdan cuando no estamos presentes.

Nuestro capital relacional

Durante nuestra carrera hablamos mucho de adquirir experiencia, desarrollar competencias, ampliar conocimientos y fortalecer nuestra marca personal. Sin embargo, existe otro activo al que no siempre prestamos la misma atención: nuestro capital relacional. Está formado por las relaciones que desarrollamos a lo largo de nuestra vida profesional y personal; especialmente, por la confianza que existe detrás de ellas.

Ese capital nos da acceso a conocimientos y experiencias diferentes a los nuestros, nos acerca a personas a las que difícilmente llegaríamos por cuenta propia y puede abrir nuevas oportunidades profesionales o empresariales. Pero su verdadero valor no está únicamente en lo que nuestra red puede hacer por nosotros. También está en nuestra capacidad de compartir conocimiento, facilitar conexiones, recomendar a alguien en quien confiamos o abrir una puerta para otros. (O)