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ignorancia posmoderna
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ignorancia posmoderna
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Es el “no-saber” intencionado, mediante el cual forzamos el conocimiento para adecuarlo a realidades perseguidas, que podrían no alcanzarse en tramas auténticas. Este ser acosa a sus ingenuos congéneres con mensajes en que camufla adrede el mucho o poco saber, a efectos de obtener beneficios privativos en escenarios inmorales.

2 Septiembre de 2026 11.40

Filósofos y sociólogos dicen “posmodernidad” de la era histórica gestada a partir de los años cincuenta del siglo XX. Lo hacen para diferenciarla de la “modernidad”, identificada en los movimientos sociopolíticos surgidos durante la Ilustración y la Revolución francesa, transmisores al mundo occidental de una nueva forma de enfrentarlo. Es decir, hacerlo respaldados en principios de libertad, de igualdad, de fraternidad y de cuanto represente solidaridad y responsabilidad frente a la sociedad. Para esos intelectuales, conforma un retroceso en valores, siendo que la “pos” entraña una manera sociológicamente ruda de concebir el cosmos. Lo relevante ya no es hombre per-se, sino su papel en los engranajes económico, monetario, cambiario y de capital de las sociedades, pasando la persona a ser mero agente utilitario a propósitos mercantiles.

En la posmodernidad, la persona es compelida a actuar –en muchas instancias irracionalmente– a exclusivos propósitos de mantener una posición ambicionada, no siempre acorde a preceptos ético-morales, sino a paradigmas derramados por una sociedad decadente, marginadora de quien no claudica ante los nuevos convencionalismos. Para el ente posmoderno, lo importante es “parecer” más que “ser”. El fenómeno lo obliga a renunciar a su individualidad, en el contexto de una comunidad irrespetuosa y subyugante.

El individuo posmoderno vive ansioso por calar en un medio que responde a imperativos inmediatistas. El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría (1941–2010) afirma que la vida del personaje es un “intento desesperado de atrapar el presente que pasa ya… sin aún no haber llegado”. Semejantes tristes circunstancias conducen a la fecundación de una cultura de ignorancia, con características divergentes de las dádivas ofrecidas por la tosquedad intelectual clásica.

Junto con los desarrollos científicos y tecnológicos de los siglos XIX y XX, profundizados exponencialmente en el XXI, la ignorancia del humano alcanza niveles dramáticos. Y es que el hombre, conforme conoce y sabe más, ahonda en su oscurantismo ilustrado. Traigamos a colación a Karl Popper (1902–1994), filósofo austriaco marxista en la primera etapa de su vida, quien terminó sus días siendo crítico de toda forma de dogmatismo y, por tanto, defensor de la democracia. Sostiene que nuestra ignorancia es ilimitada y desilusionante, pues el progreso de las ciencias naturales abre los ojos a nuestra rusticidad pensadora. Agrega que –con cada paso y con cada problema solucionado– descubrimos no solo flamantes y no resueltos, sino que el campo concebido como firme y seguro se nos presenta inseguro y tambaleante. “Una teoría que lo explica todo, no explica nada” es el enunciado trascendente del falsacionismo popperiano.

Hoy, el saber en modo alguno nos hace más sabios. En la posmodernidad penosamente vivida parece que conocemos más; no obstante, al mismo tiempo sabemos menos. El actual es un conocimiento de pura coyuntura… de escueta forma. Conforme excavamos y lucubramos en el saber, enfrentamos otros retos cognitivos, producto de una sociedad que al tiempo de ofrecer más ciencia “objetiva”, invita a mayor subjetividad paradójica.

Para superar el “dilema” del conocimiento, es imprescindible no limitarnos al frío análisis de los sucesos y acontecimientos, pero, a examinarlos desde una perspectiva deontológica. Esta norma conductual precisa de indagar la verdad descartando aquello que contradice a la razón y a nuestros propios valores. La ignorancia en el tercer milenio ya no riñe con el error. Ahora es la estúpida aceptación del interés sociopolítico por recargar en una no-verdad usurera, impuesta por los ostentadores de poder.

En la búsqueda de dominio sociopolítico, los titulares de imperio acuden a variadas formas de descargo antiético de su barbarie. Tienden a apelar a la ignorancia como factor exculpatorio de la conducta. Por ende, esos actores rechazan el “principio” aristotélico diferenciador de las acciones ejecutadas “por” ignorancia de aquellas consumadas “con” ignorancia. Para el político inmoral, muy de la posmodernidad, el “por y el con” son similares. No se percata que en exclusiva el “con” podría, tal vez, explicar –no justificar, en palabras de Aristóteles (384 a. e. c.–322 a. e. c.)– la ignorancia con respecto a las circunstancias concretas y al objeto de la acción.

El hombre posmoderno recurre, por igual –con malévolos intereses– a una “ignorancia deseada”. Es el “no-saber” intencionado, mediante el cual forzamos el conocimiento para adecuarlo a realidades perseguidas, que podrían no alcanzarse en tramas auténticas. Este ser acosa a sus ingenuos congéneres con mensajes en que camufla adrede el mucho o poco saber, a efectos de obtener beneficios privativos en escenarios inmorales. Los promotores del populismo y de la derecha política fundamentalista, divergentes solo en sus vacíos dogmas, comparten esta ignorancia sin perjuicio de los epítetos descalificadores cruzados entre ellos. (O)

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