La cuencana Valeria Montesinos y el mantense Gustavo Flores se conocieron en Quito en la década de 1990, se enamoraron y empezaron un pequeño negocio en los exteriores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Ella estudiaba comercio exterior, él, ingeniería industrial. Ambos juntaron sus ahorros para comprar un carrito de hot dogs para financiar sus estudios. Sin quererlo, esta fue la semilla que años después dio origen a la cadena de cafeterías Dulce y Cremoso, en Manabí.
“Mi padre falleció y ya no tenía cómo pagar la universidad. Con Gustavo ya éramos novios y fue él quien me propuso que iniciemos un emprendimiento”, asegura Montesinos.
No recuerdan la inversión, pero entre risas reconocen que la venta de perros calientes fue rentable. Les alcanzó para graduarse y “algunas farras”.
“El emprendimiento duró hasta que dejamos la universidad. En 2003, aprobaron una ordenanza municipal para retirar la comida ambulante de las calles. Nos tocó buscar otra forma de subsistir. Yo trabajaba en una empresa, en el sur de Quito, y Valeria ya esperaba a nuestra hija”, recuerda Gustavo, ahora gerente general de la empresa familiar.
La decisión de mudarse a Manta surgió después de una larga discusión. En esa ciudad tenían dónde vivir y él dónde trabajar. Ella combinaba la maternidad con la preparación de bocaditos de sal y de dulce que vendían a domicilio y bajo pedido.
Valeria asegura que sabe cocinar desde que tenía nueve años. Su madre María Marta le enseñó repostería. De ella heredó algunas recetas, como la torta de capas, que actualmente es uno de los productos estrella del menú de Dulce y Cremoso. El negocio abrió sus puertas en 2009 y en 2025 facturó US$ 5,2 millones.
El aprendizaje y el impulso financiero
En la cocina de su casa, en el barrio Santa Clara, ella preparaba empanadas argentinas de carne para proveer a tres cafeterías en Manta y Portoviejo. Viajaba al menos dos veces por semana para entregar el producto.
“Me encantaba visitar a las chicas de las cafeterías. Mientras mi hija Valentina estaba en clases, yo me quedaba horas con ellas conversando y dándoles una mano en el trabajo”. Esa experiencia le sirvió de aprendizaje. Así entendió cómo funcionaba una pastelería.
Además, preparaba tortas para cumpleaños, quinceañeras y bodas.
“Una vez me tocó hacer un pastel de cinco pisos. Estaba estresada, porque debía montar todo y se acercaba la hora del evento. Ese día tuve apoyo de un diseñador y organizador de eventos que me enseñó cómo poner las flores y dejar listo cada detalle. Desde ese día él me recomendó a otros clientes y empezaron a buscarme más”, asegura Valeria. Ella es la fundadora y gerente de operaciones de Dulce y Cremoso.
Sus productos se hicieron conocidos a través del boca a boca. Los pedidos no paraban y el proyecto de la familia Flores Montesinos crecía. En esa época, Gustavo trabajaba en una fábrica atunera en mantenimiento de equipos y en su taller de metalmecánica. Las tardes ayudaba a su esposa en la cocina y en las entregas.
En 2009 Gustavo propuso que la familia pusiera una cafetería. Ya tenía un posible local, en la avenida Flavio Reyes, plena zona rosa de Manta.
“Tenía una amiga que había desocupado un local. Le propuse a Valeria que pongamos un negocio ahí para vender todo lo que hacíamos”, dice Flores.
El espacio era pequeño, pero estaba bien ubicado. “No nos alcanzaban las mesas ni el mostrador. La dueña era mi amiga también y la convencí de que moviera algunas cosas que tenía y que se fuera a un espacio más atrás para vivir”, dice la empresaria de 49 años.
El proyecto implicaba hacer readecuaciones. Silvia, una amiga arquitecta de la familia, fue la encargada de diseñar el sueño y proponer el nombre de Dulce y Cremoso.
La cafetería inició con una inversión de US$ 25.000. Ese era el presupuesto para toda la remodelación, que implicó quitar paredes, cambiar pisos y comprar mostradores, mesas y sillas. Pero “a mitad de camino ya nos habíamos gastado toda la plata. No sabía cómo decirle a mi esposo que necesitábamos más”.
En esos días, Valeria recibió una llamada inesperada. Al otro lado de la línea estaba otra amiga que trabajaba como asesora del Banco Pichincha. “Me llamó a decirme que tenía en sus manos un crédito aprobado para nosotros. Además, no necesitábamos garantes y tampoco debíamos entregar nada de prenda para recibirlo”.
Esto le tomó por sorpresa. Llamó a su esposo para contarle. Aunque un tanto incrédulos, fueron a una de las agencias para confirmarlo.
La entidad bancaria les dio un préstamo de US$ 20.000 que fueron utilizados para terminar de montar su negocio. Con eso pagaron los muebles, los honorarios a la arquitecta y compraron insumos.
“No teníamos casa propia para hipotecar. Solo un carro que lo usábamos para asuntos familiares y para hacer entregas. No teníamos nada en ese momento”, dice Montesinos.
En octubre de 2009 abrieron la primera cafetería de Dulce y Cremoso y atendían en las tardes. En las mañanas, Valeria preparaba los bocaditos y pasteles para el local. Empezaron con un equipo de cinco personas y un menú de ocho productos. Actualmente, la cadena de cafeterías tiene un equipo de 180 colaboradores y 120 opciones en su carta. Cuenta con seis sucursales en Manta y Portoviejo y una planta propia de producción.

Una expansión compleja
Seis meses después de abrir su primer establecimiento, llegó una propuesta difícil de eludir. Ella mantenía su negocio paralelo de bocaditos de sal y de dulce para cafeterías de Portoviejo.
“Teníamos una buena relación con Giovanni Peña, un quiteño que era propietario de Ecocafé, que funcionaba en una isla en un centro comercial. Ellos vendían café y panes de almidón. Nuestros productos eran los que más salían y atraían a los clientes”, recuerda ella.
Un día, Peña les propuso que se quedaran con su isla. La oferta fue por US$ 25.000, pero Gustavo pudo negociar.
“Tenía reparos en adquirirla, porque estábamos con la deuda de la primera tienda. Valeria insistió y llegamos a un acuerdo. Le di mi carro como parte de pago y US$ 3.000 adicionales que fuimos pagando poco a poco”, asegura Flores.
Ese fue el inicio de su expansión en la provincia.
Llegaron al Paseo Shopping, de Corporación El Rosado, por suerte y casualidad. La familia presentó un proyecto para estar en el patio de comidas.
Inicialmente se establecieron como una isla y luego se ubicaron en un local esquinero. Les asignaron ese espacio por error, ya que pertenecía a otra marca.
Con la cadena de centros comerciales llegaron a otras ciudades como Riobamba y Bahía de Caráquez, pero no tuvieron éxito.
“En Riobamba fue complicado. Perdimos dinero, porque nuestra propuesta no tuvo acogida. Además, tuvimos varios accidentes de nuestros camiones en carretera. Perdimos US$ 70.000”, afirma Gustavo. Se mantuvieron en esta plaza por dos años hasta que terminara el contrato de arrendamiento.
En Bahía de Caráquez también duraron solo dos años. No le fue bien a la marca.
Enfrentaron el terremoto y la pandemia
El 13 de abril de 2016, tres días antes del terremoto que sacudió a Manabí y Esmeraldas, el seguro de la empresa se había vencido. En los planes de Gustavo Flores estaba renovar el contrato en la siguiente semana, pero Valeria insistió que se lo hiciera de inmediato. Esa decisión fue clave para salvar el negocio. La empresa aseguradora cubrió todas las pérdidas que sufrieron con el sismo de 7,8 grados.
La planta de producción, que se construyó en 2015 de estructura metálica, no sufrió daños. Hubo pérdidas en inventario y en su interior. Las perchas se destrozaron y la comida que estaba en refrigeración se dañó por los cortes de energía.
Al día siguiente del terremoto, su personal limpió y ordenó las instalaciones. Dos días después, las cafeterías abrieron rápidamente, porque la gente que llegaba a ayudar a la zona del desastre necesitaba en dónde comer. Además, la marca donó productos y su planta se convirtió en un punto de acopio.
Cuatro años después, en 2020, la pandemia cambió el panorama. Les obligó a cambiar de estrategia y a planificar mejor. Cerraron seis de los 12 locales que tenían en la provincia. Solo mantuvieron los más rentables.
“Yo estaba al punto de la depresión y fue la única vez que pensé en cerrar todo. Fue Gustavo quien me insistió en no claudicar, en intentarlo una vez más”, asegura Valeria.
Durante los meses de confinamiento se perfeccionaron recetas, se establecieron manuales y se estandarizaron procesos. Dulce y Cremoso centralizó el 100% de la elaboración en su planta industrial, así liberó a las cafeterías de preparar insumos y eliminó todo margen de improvisación.
“La empresa tomó el control de todo el inventario cuando industrializamos los procesos, pesamos todo y porcionamos cada receta. Así redujimos las mermas al mínimo y sentamos las bases operativas de la cadena”, afirma la cuencana.
Actualmente, el objetivo es buscar nuevos mercados, abrir nuevos puntos de venta y consolidar la marca a escala nacional. Eso va de la mano de la estrategia de marketing impulsada por Valentina, su única hija quien estudió tres años y medio en Suiza y trabajó un año y medio en Hong Kong.
Ahora, de 23 años, la joven trajo nuevas ideas y tendencias para captar a otros públicos. Ella es la gerente de cafeterías desde hace dos años y transmite entusiasmo por continuar el legado de su familia. (I)