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Pertenecer a este Club es la última gran ficción que nos pertenece. Por eso, aquí nos gusta ser genuinos. Ser la gata que anda silenciosa por los tejados, perseguida por otros gatos. Sin pedir permiso, sin explicar sus intenciones y, sobre todo, sin publicar una historia de Instagram anunciando en qué tejado se encuentra.

28 Agosto de 2026 16.00

El Maestro Yoda, primer irresistible del universo presumiblemente solía decir a sus padawans: “irresistible eres cuando no necesitas demostrar que lo eres. El día que tengas que explicarlo, perdido estás.” Cuando una persona es irresistible nadie sabe bien por qué.

Usualmente se vuelve consciente en la adolescencia. El pre irresistible se empieza a dar cuenta de lo que otros veían en él.

Por eso descubrimos este silencioso atributo casi por casualidad:

—Mamá, no sabes lo que pasó en la fiesta.

—¿Qué pasó?

—Se me lanzaron muchas chicas.

—¿Y qué hiciste?

—Eh, bueno… uno también tiene que saber comportarse.

El padre le responde:

—Te entiendo, hijo. A mí me pasaba lo mismo. ¡Eso de ser irresistible!

Unos días después, mientras desayunaban, el hijo aparece feo y con el pelo alborotado y, en lugar de saludar a la mamá, le dice:

—Mamá, ¿qué se siente tener un hijo tan irresistible?

¡Cómo no va a ser un tipo así miembro del Club!

Un digno miembro de este Club, por ejemplo, no “farmea aura”. No por tímido, sino porque no tiene necesidad de hacerlo. El que necesita hacer huevadas para sentirse seguro deber ir directito al sicólogo, no a una red social. Ahí se vuelven peligrosos. 

El sabio no dice por todos lados “soy sabio”, justamente porque es sabio. El honesto es, y por eso a nadie se le ocurre exigirle que lo demuestre. Ser irresistible se nota, no hace falta anunciarlo.

Ahora, es necesario aclarar algo: lo irresistible no va de la mano de la estética, aunque ayuda. Puede ser guapo, feo, inteligente o burro pero seguro. El encanto no viene bajo una sola característica. Es esa mezcla inexplicable de virtudes, defectos y contradicciones que hace que uno no sepa exactamente qué fue lo que llamó le atención.

¡Y eso es un alivio! No saber es parte del misterio. 

El irresistible es auténtico. Pero de los de verdad, no de esos de futbolín. No le hace falta ser protagonista de algún baile exótico en TikTok y menos demostrar una felicidad hipócrita. Tampoco le hace falta tomar fotos del desayuno y subir a redes. El desayuno está para comer, no para que se nos enfríe. Un digno socio de este Club no hace idioteces ni excentricidades sociales. Solo es cuestión de actuar con coherencia.  

Los irresistibles “mucho poder tener pueden. Pero si de ello presumir necesitan, poco poder realmente tienen”, posiblemente decía el maestro Yoda. Porque ser irresistible no es ser insoportable, salvo que este use inadecuadamente el poder que posee. Ser irresistible es que luego de tres días, en una situación rándom como lavarse los dientes, alguien se pregunte “¿y este imbécil por qué me cayó tan bien?”. Es quedarse con una conversación inteligente o con el magnetismo inexplicable de quién lo genera. Es decir “¡qué persona tan interesante!” y empezar a stalkear por el solo hecho de haberle llamado la atención.

Hay gente bellísima que a los cuatro minutos ya es agobiante. Y hay otros que parecen haber sido dibujados durante un apagón y, aun así, ¡qué gran tipo! Eso nos demuestra que la naturaleza, además de ser sabia, puede ser muy cabrona. Por eso, pertenecer a este Club es la última gran ficción que nos pertenece. Por eso, aquí nos gusta ser genuinos. Ser la gata que anda silenciosa por los tejados, perseguida por otros gatos. Sin pedir permiso, sin explicar sus intenciones y, sobre todo, sin publicar una historia de Instagram anunciando en qué tejado se encuentra.

De esa gente, precisamente, está hecho el club. Todos sus miembros cargan esa tranquilidad ofensiva de quien sabe que no necesita demostrar nada. Así que, si usted quiere demostrar que lo es, probablemente no lo sea. En cambio, si no lo sabe, entonces es de los nuestros. Eso sí, aquí juramos lealtad a Su Serenísima Excelencia, don Gato I, Marqués de la Buena Mesa, Conde del Sofá, Duque de la Siesta Larga, Gran Maestre de la Felinidad y Guardián Supremo de la Caja de Arena. Porque nos da la gana. Porque nos representa. Porque es irresistible y porque así somos. Como diría Sabina “Y si te vas, me voy por los tejados/ Como un gato sin dueño”. Ese es don Gato I.

 Este Club no es de los que coleccionan diplomas ni pergaminos. No le hacen falta. No hay estatutos, elecciones ni cuota de ingreso. Tampoco sabemos muy bien quién nos admitió.

Pero si usted llegó hasta aquí y, en algún momento, pensó que quizá pertenece, probablemente ya sea de los nuestros.

No hace falta demostrarlo.

Eso sería de mal gusto.

Por eso, ¡bienvenido al Club! (O)

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