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No estamos ante una crisis de empleo, sino ante una crisis de transformación del empleo

26 Agosto de 2026 15.26

Durante mi reciente participación en el Beyond Summit de Educación, organizado por Muyu Education y la Universidad De Las Américas en Quito, tuve la oportunidad de conversar con estudiantes, familias, docentes y líderes educativos sobre uno de los momentos más importantes en la vida de cualquier joven: la transición entre el colegio y la universidad. En medio de un contexto marcado por la inteligencia artificial, la automatización y la acelerada transformación tecnológica, una inquietud apareció de forma recurrente en prácticamente todas las conversaciones: ¿seguirán existiendo oportunidades laborales para las nuevas generaciones?

La preocupación es comprensible. Nunca antes habíamos presenciado cambios tecnológicos tan rápidos ni una capacidad tan extraordinaria para automatizar tareas que hasta hace pocos años parecían exclusivamente humanas. Sin embargo, cuando observamos la evidencia disponible, la realidad es bastante diferente a la percepción dominante. No estamos frente a una crisis de empleo; estamos frente a una crisis de transformación del empleo.

El World Economic Forum, en su informe Future of Jobs Report 2025, estima que para el año 2030 se crearán aproximadamente 170 millones de nuevos puestos de trabajo en todo el mundo, mientras desaparecerán cerca de 92 millones. El resultado será un saldo neto positivo de 78 millones de empleos. Al mismo tiempo, el informe señala que alrededor del 22% de los empleos actuales experimentará transformaciones significativas como consecuencia de la digitalización, la inteligencia artificial, la transición verde, los cambios demográficos y las nuevas dinámicas geopolíticas.

La conclusión es tan sencilla como poderosa: el problema no será la ausencia de trabajo, sino la velocidad con la que las personas deberán adaptarse a nuevas formas de trabajar.

Quizás la mejor manera de comprender la magnitud de esta transformación sea observar algunas de las cifras más relevantes del mercado laboral global para los próximos años. Más allá de las percepciones o de los titulares alarmistas, los datos muestran que estamos asistiendo a una profunda reconfiguración del trabajo, no a su desaparición.

La transformación del trabajo hacia 2030

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Fuente: World Economic Forum, Future of Jobs Report 2025.

 

Si los empleos cambian más rápido que las personas, tendremos un problema. Pero si las personas desarrollan la capacidad de transformarse más rápido que los empleos, estaremos frente a una de las mayores oportunidades de desarrollo profesional de nuestra época.

Esta idea encuentra respaldo en la literatura científica. En una revisión sistemática publicada en 2022 por los investigadores Jan Hötte, Mark Somers y Stelios Theodorakopoulos, de instituciones académicas de los Países Bajos y el Reino Unido, se analizaron más de cuarenta años de evidencia sobre la relación entre tecnología y empleo. Su conclusión fue contundente: aunque determinadas ocupaciones desaparecen, la innovación tecnológica genera simultáneamente nuevas actividades económicas, nuevas profesiones y nuevas oportunidades laborales. El efecto agregado sobre el empleo suele ser positivo. El verdadero desafío radica en la capacidad de los trabajadores para adquirir nuevas competencias y adaptarse a los cambios.

A esta evidencia se suma una advertencia especialmente relevante para América Latina. El Banco Interamericano de Desarrollo ha señalado que la región enfrenta importantes brechas de habilidades digitales que podrían limitar su capacidad para aprovechar plenamente las oportunidades derivadas de la inteligencia artificial y la transformación tecnológica. Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo sostiene que una parte importante del desafío laboral de las próximas décadas estará vinculada a los procesos de recapacitación y actualización permanente de competencias.

Quizás por ello las preguntas tradicionales sobre orientación vocacional están comenzando a quedarse cortas. Durante buena parte del siglo XX, familias y estudiantes buscaban identificar una profesión estable que permitiera construir una trayectoria relativamente predecible. Hoy esa lógica resulta insuficiente. En un entorno caracterizado por la incertidumbre y el cambio permanente, la pregunta más relevante ya no es qué carrera garantiza empleo, sino qué capacidades permitirán mantenerse vigente durante las próximas décadas.

Es precisamente aquí donde me parece útil recuperar la figura de Leonardo da Vinci. Pintor, inventor, científico, ingeniero, anatomista y observador incansable de la naturaleza, Da Vinci representa una forma de pensar que trasciende las fronteras entre disciplinas. No construyó su legado desde una única especialidad, sino desde la capacidad de conectar conocimientos diversos y encontrar soluciones en la intersección de múltiples campos.

Quizás las organizaciones del futuro necesiten precisamente algo parecido: profesionales capaces de integrar saberes diversos, conectar disciplinas aparentemente distantes y aprender continuamente a medida que cambian los contextos. Profesionales que combinen tecnología y creatividad, análisis de datos y pensamiento crítico, inteligencia artificial y sensibilidad humana. Profesionales que comprendan los negocios, pero también a las personas. Que puedan colaborar, emprender, adaptarse y reinventarse.

Los llamo, metafóricamente, “Profesionales Da Vinci”.

No porque deban convertirse en genios renacentistas, sino porque deberán desarrollar una mirada amplia, flexible y multidisciplinaria que les permita evolucionar junto con los cambios del entorno.

Desde nuestra experiencia acompañando a cientos de familias latinoamericanas mediante la EdTech Escritorio de Einstein, observamos que las decisiones vocacionales más sólidas ya no giran exclusivamente alrededor de una profesión concreta. Cada vez más jóvenes buscan construir perfiles híbridos, capaces de combinar intereses diversos y adaptarse a escenarios que todavía ni siquiera existen. La carrera elegida sigue siendo importante, pero las competencias que acompañan esa elección comienzan a ser aún más determinantes.

No es casualidad que el World Economic Forum identifique entre las habilidades de mayor crecimiento para los próximos años el pensamiento analítico, la creatividad, la resiliencia, la flexibilidad, el aprendizaje continuo, la alfabetización tecnológica y la capacidad para resolver problemas complejos. Todas ellas comparten una característica fundamental: son competencias transferibles, aplicables a múltiples profesiones y contextos laborales.

En consecuencia, el gran desafío de nuestros sistemas educativos ya no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Deben formar personas capaces de aprender durante toda la vida. Personas que puedan adaptarse a ocupaciones que todavía no existen, colaborar con tecnologías que aún están evolucionando y responder a desafíos que todavía no imaginamos. Como advertía Alvin Toffler hace más de medio siglo, los analfabetos del siglo XXI no serán quienes no sepan leer o escribir, sino quienes no sean capaces de aprender, desaprender y reaprender.

Mientras reflexionaba sobre estas ideas durante el Beyond Summit, hubo una escena sencilla que terminó convirtiéndose para mí en una poderosa metáfora de todo lo anterior. Mientras yo compartía algunas reflexiones sobre educación, vocación y futuro laboral, mi hija Amelié recorría los pasillos del evento ayudándome a repartir folletos promocionales del Escritorio de Einstein entre los asistentes.

Podría parecer una anécdota menor. Para mí no lo fue.

Mientras la observaba conversar con personas desconocidas, acercarse con naturalidad a los participantes y asumir con entusiasmo una pequeña responsabilidad dentro de un proyecto que conoce desde niña, comprendí que gran parte de lo que intentamos enseñar a nuestros hijos no ocurre exclusivamente en las aulas. Ocurre en las experiencias que viven. Ocurre cuando desarrollan confianza en sí mismos, cuando aprenden a relacionarse con otros, cuando descubren el valor de contribuir, cuando entienden que formar parte de una iniciativa implica también colaborar para que esa iniciativa crezca.

Como padre, no sé cuáles serán las profesiones que existirán cuando Amelié alcance la adultez. No sé qué tecnologías dominarán el mundo laboral dentro de diez o veinte años. Tampoco sé cuáles serán los desafíos que deberá enfrentar. Lo que sí sé es que deseo ayudarla a desarrollar algo mucho más valioso que una habilidad técnica específica: la capacidad de adaptarse, de aprender continuamente, de levantarse después de los errores, de convivir con la incertidumbre y de afrontar los cambios con curiosidad, optimismo y valentía.

Quizás el verdadero legado de Leonardo da Vinci no fue convertirse en un genio irrepetible, sino recordarnos que el conocimiento florece cuando somos capaces de conectar mundos distintos. Mientras observaba a Amelié recorrer los pasillos del Beyond Summit, comprendí que ese es precisamente el tipo de aprendizaje que debemos cultivar en nuestros hijos: la curiosidad para explorar, la humildad para aprender y la valentía para reinventarse una y otra vez.

Porque la evidencia es clara: el trabajo no está desapareciendo. Lo que está cambiando es la forma de trabajar, de aprender y de crear valor. Y en ese nuevo escenario, los profesionales más valiosos probablemente no serán quienes sepan más sobre un único tema, sino aquellos que, como Da Vinci, sean capaces de conectar disciplinas, aprender de manera permanente y reinventarse a lo largo de toda su vida. (O)

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