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Los apodos y calificativos despectivos no deben minimizarse como simples bromas entre compañeros. En Ecuador, un estudio realizado en 126 instituciones educativas, con la participación de más de 5.500 estudiantes, y difundido por UNICEF, reveló que el 38 % de los estudiantes de entre 11 y 18 años había recibido insultos o apodos en la escuela.

21 Agosto de 2026 15.28

Estamos próximos a finalizar las vacaciones e iniciar un nuevo año escolar en la Sierra. Con ello llegan los preparativos: uniformes, útiles escolares y el retorno a una rutina que permita a toda la familia adaptarse nuevamente a aquello que la escuela promueve: puntualidad, orden, disciplina, aprendizaje y mucho más.

Sin embargo, no quiero referirme a las recomendaciones habituales para el regreso a clases. Podemos anticipar que será necesario recuperar los horarios, organizar las mañanas y retomar progresivamente la rutina.

Quiero centrarme en algo que, para muchos niños, hace especialmente difícil volver a la escuela: recordar que ese lugar no siempre ha sido el espacio seguro que esperaban. Algunos han vivido momentos dolorosos, han sido objeto de burlas o han recibido apodos y calificativos despectivos que, con el tiempo, pueden llevarlos a creer que realmente son aquello que otros dicen de ellos.

“Él es demasiado tímido”, “ella es muy mandona”, “él es vago”, “ella es gorda”, “es un perezoso”, “es un malcriado”, “él apesta”, “ella es cochina” y muchos otros calificativos.

Las palabras pueden ser profundamente destructivas, especialmente cuando provienen de personas significativas o se repiten dentro de un grupo. El problema es que esto no sucede únicamente en la escuela. También en casa podemos reaccionar ante una dificultad o una conducta de nuestros hijos con palabras hirientes y determinantes, olvidando algo importante: debemos corregir la conducta sin descalificar a la persona.

Estos calificativos pueden ir debilitando su seguridad y autoestima. Ese es uno de los mayores riesgos de etiquetar: una palabra repetida puede transformarse en una creencia limitante. Llega un momento en que ya no hace falta que alguien le diga al niño lo que supuestamente es, porque comienza a repetírselo a sí mismo: “Soy fea”, “soy gorda”, “soy lento”, “soy incapaz” o “soy problemático”.

Lo que empezó como una opinión externa termina integrándose en la manera en que la persona se percibe. Son voces que pueden resonar durante la infancia y reforzarse en la vida adulta. Si todavía recuerdas con dolor una palabra que recibiste cuando eras niño y esta continúa condicionando tu seguridad, tus decisiones o la manera en que te relacionas con los demás, quizá esa expresión dejó de ser solo un recuerdo: terminó convirtiéndose en una creencia sobre ti.

Los apodos y calificativos despectivos no deben minimizarse como simples bromas entre compañeros. En Ecuador, un estudio realizado en 126 instituciones educativas, con la participación de más de 5.500 estudiantes, y difundido por UNICEF, reveló que el 38 % de los estudiantes de entre 11 y 18 años había recibido insultos o apodos en la escuela. En otras palabras, casi cuatro de cada diez habían sido nombrados de una manera que podía herirlos, ridiculizarlos o etiquetarlos.

Es más común de lo que creemos, está presente en las aulas y puede convertirse en una forma de acoso disfrazada de bromas o juegos.

Por ello, es necesario conversar en familia sobre el trato inadecuado que nuestros hijos podrían estar teniendo con sus compañeros de clase. Debemos evitar justificar estas conductas con frases como “son solo bromas” o, peor aún, reforzarlas al reírnos de este tipo de etiquetas.

Próximos a volver a clases, recordemos que es tan importante aprender como respetar a los demás y exigir respeto cuando alguien vulnera nuestra dignidad.

No es algo menor: la manera en que te etiquetan puede marcar al adulto que serás después. (O)

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