La semana pasada describimos el contexto histórico del cual partió León XIII (1810–1903) para su encíclica Rerum novarum en 1891: la Revolución industrial, productora de mutaciones económico-sociopolíticas en las relaciones del mundo de entonces. Enfatizamos en que la Iglesia católica emprendió en su doctrina social con intereses políticos, proyectantes de una “ideología religiosa” distorsionante de la verdad. Si bien ese enfoque ha sido en algo matizado a lo largo del siglo XX, es Francisco (1936–2025) quien intenta acercar la iglesia a una sociedad ávida por justicia más allá de enunciados evangélicos líricos. Es muy pronto para opinar sobre León XIV (1955).
León XIII asevera: serán “inútiles y vanos los intentos de los hombres” por resolver los conflictos sociales, si dejamos de lado a la iglesia. Con prepotencia, la encíclica afirma ser la iglesia la que trata no solo de “instruir la inteligencia”, pero también de encauzar la vida y la que mejora “la situación de los proletarios con muchas utilísimas instituciones”. Llega al ridículo de concluir en que la “sociedad civil no puede igualar lo alto con lo bajo”. Asimismo, en que la diferencia de fortuna brota “espontáneamente” de inigualdades naturales. En el clímax de la sinrazón, convoca al hombre a convencerse de que el fin de las adversidades no se dará en la tierra, ya que “los males consiguientes al pecado” –al ser ásperos y duros– deben acompañar al hombre hasta el último instante de su vida. Toda esta extravagante elaboración la concibe para impugnar al socialismo, como si los anhelos de justicia social fuesen propios o exclusivos de aquel… lo son de seres no contaminados de simpleza intelectual.
En el colmo del cinismo vejatorio del honor humano, alega “solo habremos de vivir la verdadera vida cuando hayamos salido de este mundo”. El enunciado lo conceptúa de dogma cristiano y fundamento de la razón. En función de ello, continúa la Rerum novarum, Dios no creó al hombre para cosas frágiles y perecederas, “dándonos la tierra como lugar de exilio y no de residencia permanente”. Tan sui-generis hechura desdice de León XIII. Preguntamos, ¿cómo tomarán tan vergonzoso recado los obreros carentes de un lugar decente –en ocasiones la intemperie– al cual retirarse luego de una agotadora jornada laboral mal remunerada? ¿Podrán “vivir en paz” a la espera de la muerte para gozar de una residencia digna, mientras tampoco tienen refugio terrenal para ofrecer a sus hijos?
El pontífice llama al Estado a proteger al obrero. Empero, sostiene que en primer lugar debe tutelar los bienes del alma, siendo que la vida mortal, buena y deseable, no es el fin último para el cual hemos sido creados. Según la Rerum novarum, ello deriva en que la pausa en el trabajo, en días festivos, no cabe ser entendida como “el disfrute de una holganza inoperante” ni ociosidad engendradora de vicios, sino del descanso consagrado por la religión.
Respecto del salario, la carta proclama que su cuantía debe ser establecida por libre consentimiento y que una vez pagado el “patrono ha cumplido por su parte y nada más debe”. Menospreciando al obrero, lo convoca –dado que sea prudente, dice– a reducir los gastos, al objeto de formar un “pequeño patrimonio”. Los salarios eran tan exiguos que apenas alcanzaban para cubrir necesidades básicas, por lo cual disminuir gastos suena insultante en lógica. Esta sigue siendo una penosa verdad en muchas sociedades.
En general, su doctrina social está sustentada por la iglesia en la “caridad”. Lo hace al ser una virtud que presupone y trasciende a la justicia… esta –la justicia– ha de complementarse con la caridad, confirma. En materia social no abstracta, pero palpable, lo determinante no puede ser la piedad sino la “responsabilidad” y la “solidaridad”. Los derechos obreros no son dádivas celestiales. Las obligaciones de la sociedad frente a los semejantes tampoco son de orden religioso; son compromisos y adeudos relacionados con la dignidad del ser humano. Las sociedades, a título de comunidades en que participan intereses antagónicos, están llamadas a velar por los obreros no por caridad de naturaleza alguna, pero por moral y ética. No hacerlo atenta contra la nobleza del trabajo y agrieta el decoro del capital. Ello no es socialismo, pero decencia.
Despropósitos como los leídos en la Rerum novarum ofenden a la inteligencia. Ciertamente, después de ser publicada, algunos de sus pronunciamientos se han adecuado para bien, pero no lo suficiente. Entendemos la necesidad de la Iglesia católica de expresarse sustentada en los enunciados de su doctrina y dogmas… no podría ser de otra manera. No obstante, la jerarquía eclesiástica conserva prejuicios atávicos, no solo que la contradicen, sino que la ubican como institución alejada de las realidades. Mientras el catolicismo no mire al mundo como lo que es, y no como aquello que su conservadurismo anhela etéreamente que sea, seguirá perdiendo protagonismo entre seres pensantes. (O)