La tecnología ecuatoriana que protege 52 millones de racimos de banano al año
Julissa Villanueva Periodista
Julissa Villanueva Periodista
La planta industrial donde su padre fabricaba las fundas impregnadas con insecticidas, esas que protegen los racimos de banano, se convirtió en el lugar preferido de Julio Hasing para explorar y definir a qué quería dedicarse. Era adolescente y allí, durante horas, observaba el movimiento de las máquinas y trataba de entender el proceso.
“Por un lado, veía los gránulos de plástico que ingresaban a la máquina extrusora. Del otro, salían enormes rollos de fundas terminadas. Para un muchacho de 14 años, aquello era fascinante”, recuerda el gerente general de Thar S.A., a vísperas de cumplir 50 años.
Durante sus recorridos por las fincas, veía cómo estas fundas se colocaban durante la etapa de bellota, es decir cuando las primeras ‘manos’ del banano comienzan a abrirse en las plantaciones y aún no están expuestas a los insectos.
“Los insectos, conocidos como trips de la mancha roja, la roya y la cochinilla harinosa eran los que más afectaban la calidad del banano destinado a exportación. Todavía son un problema”, explica. Su padre le transmitió, así, los conocimientos de una industria que conocía desde adentro.
La empresa nació en Guayaquil en 1990 de la mano del ingeniero agrónomo Tomás Hasing (padre de Julio) y del técnico, Alejandro Richards. El nombre de la organización combina las iniciales de ambos fundadores (Thar). Al poco tiempo, la sociedad se disipó y Hasing continuó al frente del proyecto empresarial.
A inicios del 2000, mientras la industria bananera buscaba producir más, él decidió dejar de fabricar el insumo que le había dado origen. Concluyó que el verdadero valor del negocio estaba en la investigación, el desarrollo y la innovación.
“Mi padre tenía claro que las oportunidades no estaban en fabricar fundas. El verdadero diferencial era desarrollar aquí la tecnología y las formulaciones”, comenta Julio Hasing, desde su oficina en el norte de Guayaquil, donde recibe a Forbes Ecuador. Detrás de él, resalta un cuadro de gran formato, dividido en tres paneles, que retrata un bananal con racimos protegidos por las características envolturas plásticas azules utilizadas en las plantaciones.
Desde allí relata que cuando su padre decidió detener las operaciones de la fábrica, él tenía 24 años y todavía no estaba vinculado a estas operaciones. Aquella decisión implicó cerrar la planta de producción en Guayaquil y trasladarla a Riobamba (Chimborazo), donde la empresa pasó a funcionar como un laboratorio.
Durante cerca de siete años, Thar S.A. dejó la manufactura de esos plásticos para desarrollar fórmulas insecticidas propias. Reabrió oficialmente en 2007 con un modelo de negocio que redefinió su enfoque. Del modelo Business to Consumer (venta directa al consumidor final o personas que usan el producto) pasó a un concepto Business to Business (venta de empresa a empresas).
En la actualidad, su tecnología llega a más de 35.000 hectáreas, es utilizada por más de 1.000 productores y protege alrededor de 52 millones de racimos de banano al año. Esa cobertura, según la empresa, equivale aproximadamente al 17 % del volumen de fruta que Ecuador exportó en 2025, cuando los envíos alcanzaron 378,41 millones de cajas de 18,14 kilogramos, según cifras de la Asociación de Exportadores de Banano del Ecuador (AEBE).
En 2025, sus ingresos por ventas llegaron a US$ 1,7 millones y la facturación promedio de los últimos cinco años fue de US$ 2,1 millones, de acuerdo con información de la Superintendencia de Compañías, Valores y Seguros.
Durante los años en que Thar S.A. desarrollaba nuevas mezclas, la empresa mantuvo actividades de investigación y consultoría desde Riobamba. Paralelamente, la familia continuó vinculada a la agricultura.
El plan era que en algún momento, padre e hijo trabajaran juntos en la agroproducción, principalmente en la siembra, cosecha y comercialización de hortalizas. Hasta que llegara ese día, Julio Hasing construía su propia trayectoria profesional fuera del negocio familiar.
“Yo buscaba crecer profesionalmente y mi papá, como padre protector, no me dejaba sufrir las consecuencias de mis errores", dice entre sonrisas. Esa búsqueda lo llevó a desarrollar una carrera en la industria de producción y exportación de jugo de maracuyá y en 2010 aceptó el reto de asumir la gerencia de la empresa.
Para entonces, la compañía ya había consolidado su modelo de negocio y su reto era escalar. La prioridad en la investigación cobró más sentido una década después, por los cambios de normativas en el mercado internacional.
“En 2019 surgió una señal regulatoria clara en Europa y en 2020 la Unión Europea, principal destino del banano ecuatoriano, dejó de aprobar el uso del clorpirifós, base del insecticida”, recuerda Hasing. De esa manera, el bloque comunitario redujo el límite máximo permitido de residuos de esa molécula en la fruta a 0,01 miligramos por kilogramo.
La decisión obligó a productores y proveedores a replantear parte de sus estrategias fitosanitarias. Thar S.A. ya había iniciado esa transición. La empresa dejó de comercializar productos con clorpirifós en 2020 y orientó sus esfuerzos hacia fórmulas basadas en piriproxifeno, una alternativa que le permitió responder a las nuevas exigencias de los mercados de destino, según detalla.
“Eso nos permitió estar mejor preparados para acompañar responsablemente al sector bananero”, afirma.
La tendencia regulatoria continuó. En mayo de 2026, Ecuador, a través de la Agencia de Regulación y Control Fito y Zoosanitario (Agrocalidad), prohibió la importación de productos que contengan clorpirifós, solo o en mezcla y dispuso identificar y gestionar las existencias.
Para la compañía, el cambio en el mercado llegó cuando buena parte del trabajo ya estaba hecho. “El tiempo mostró que el camino de la investigación nos preparó para este tipo de escenarios. Esa decisión explica buena parte del crecimiento que hemos tenido”, sostiene el gerente.
Entre 2020 y 2025, el patrimonio de la empresa pasó de US$ 1,3 millones a US$ 2,4 millones, de acuerdo con la Superintendencia de Compañías. Adicionalmente, emprendió una nueva etapa de expansión.
La empresa invirtió más de US$ 1,5 millones en una planta industrial ubicada en el Parque Industrial Inmaconsa, en Guayaquil, donde producirá los concentrados insecticidas, almacenará las materias primas y será el eje de la operación logística. El terreno mide unos 2.000 m2 y la construcción, 1.000 m2.
“Estamos migrando nuestra producción desde Riobamba hacia una planta completamente nueva”, explica. La compañía espera obtener la licencia ambiental que le permita iniciar operaciones antes de finalizar 2026, tras lo cual cerrará definitivamente su planta en la capital de Chimborazo.
La influencia de Tomás Hasing trascendió el ámbito empresarial. Graduado como ingeniero agrónomo de la Universidad Zamorano, en Honduras, obtuvo el mejor promedio académico registrado por esa institución hasta 1966, un logro que marcó a su familia y despertó en dos de sus tres hijos el interés por seguir la misma profesión.
Julio, el mayor, se graduó como agrónomo allí mismo en 1996 y obtuvo el título de ingeniero agrónomo dos años después. Más tarde cursó una maestría en Horticultura en Estados Unidos.
Antes de fundar Thar S.A, su papá acumuló 16 años de experiencia en una compañía norteamericana dedicada al desarrollo de soluciones insecticidas para la industria agrícola. Allí participó, primero, en la comercialización de estos productos importados desde Estados Unidos y posteriormente en el proceso para fabricarlos en Ecuador. Ese conocimiento técnico y de mercado sería la base para crear, años después, una empresa enfocada en desarrollar tecnología propia para la protección del banano.
Aunque inicialmente el fundador imaginaba que ambos trabajarían juntos en proyectos agrícolas, el destino fue otro. “Compartimos la dirección de Thar durante tres años. No me arrepiento de aceptar venir a la empresa familiar, ha sido todo un aprendizaje”, menciona.
Tomás Hasing falleció en 2013, pero dejó definida una filosofía que, según su hijo, continúa guiando las decisiones de la empresa. “Es mejor competir desde la innovación antes que desde el volumen de producción”.
La firma avanza en una nueva transformación con el desarrollo de materiales más sostenibles, nuevas formulaciones y la exploración de plásticos compostables o reciclables, que tomarán su tiempo. También participa en programas de recuperación de fundas agrícolas bajo la normativa ambiental ecuatoriana.
Aunque las preparaciones insecticidas seguirán como eje del negocio, la empresa analiza volver a fabricar estos empaques para banano como una línea complementaria. La diferencia es que, a juicio del gerente, el conocimiento desarrollado durante más de dos décadas le permitiría regresar a esa actividad desde una posición distinta. (I)