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La tecnología nos ha planteado un debate sobre su función, sus posibilidades, sus infinitos recursos, frente a las tareas humanas de pensar, escribir, leer, debatir y acotar tiempo para reflexionar, para volver a los clásicos, para preservar las costumbres a las que la prisa de este tiempo puede derogar, para proteger la memoria y su infinita capacidad de evocación, para restaurar la conversación sin los bloqueos del celular, como arte para hacer familias y amigos,

21 Agosto de 2026 16.09

¿Será la escritura asunto de reglas formales, de ideas asépticas, de lógica nada más? ¿Será tema que se pueda entregar sin reserva a la IA, a las sugestiones que planean los algotitmos? ¿Será tema humano, que hay que enfentar cada día más allá de las tareas de la oficina?

¿Será, además, una pasión, un descubrimiento cotidiano, un encuentro con el asombro que encierran las palabras? ¿Será una tarea irrevocablemente humana, será un empeño susceptible de robotización?¿Es la palabra utilitaria la que sirve?

Escribir de verdad, lo que sea que se escriba, es tarea humana, no es función de máquinas. En cierta forma, escribir es una confesión y es un reto para decir siempre la verdad y para entablar, si se puede, esa rara amistad que nace entre el que escribe y el que lee. Además, habemos lectores que escribimos y, entonces, esa condición nos salva de transformarnos en burócratas de las letras, o enoficiosos reporteros de crónicas que cansan.

Escribir lo que se escriba, desde una carta al viejo estilo, un artículo, un ensayo o un coloquio, todas esas son atrevidas tareas de humanidad. Quienes tienen “vocación” para poner en palabras las fantasías, son los novelistas. Hay otros que pueden traducir la ciencia en palabras, otros hay que polemizan y algunos que sirven a la política, y otros, muy raros, que  ceden al empeño de hacer un verso, porque, pese a todo el utilitarismo y por sobre el pragmatismo, escriben poesía. Tarea admirable.

El libro, el buen libro por cierto, es el mejor testimonio de la escritura, por el rigor que implica, porque es la tabla de salvación de la premura y de la improvisación. Tareas humanas como ninguna otra, la novela, el cuento, el ensayo, las crónicas, están en cada casa y son el mejor testimonio de que esa casa se lee, de que hay alguna curiosidad que sobrevive pese a la imagen.

 Los medios digitales, por cierto, también suponen lectura, pero es el libro, el volumen físico que a algunos incomoda, lo que mejor expresa la cultura, esa condición necesaria para presumir que hemos superado las sugestiones que conducen a la masificación, las que simplifican, las que le dan las espaldas a la reflexión, las que inducen a la síntesis veloz, las que niegan las pausas y pretenden resumir el mundo y sus compejidades en una línea o en un juicio.

La tecnología nos ha planteado un debate sobre su función, sus posibilidades, sus infinitos recursos, frente a las tareas humanas de pensar, escribir, leer, debatir y acotar tiempo para reflexionar, para volver a los clásicos, para preservar las costumbres a las que la prisa de este tiempo puede derogar, para proteger la memoria y su infinita capacidad de evocación, para restaurar la conversación sin los bloqueos del celular, como arte para hacer familias y amigos, para darle piso y soporte a los viejos y  los jóvenes, y para admitir que sin educación que haga posible y eficiente la lectura, no habrá país, y sin país no habrá libertad.   

Así pues, escribir y leer son las tareas más humanas que aún quedan. (O)

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