Al revisar bibliografía para la redacción de este ensayo identificamos una noción a resaltar. La misma transmite que los ignorantes natos no son los mayores antagonistas del saber, pero, los individuos entusiastas –en yerro– de, y por, poseer un conocimiento del cual carecen; es la denominada “ilusión de conocimiento”. Estas actitudes están también presentes en fracciones sociales proclives a convertir en ilegítimos ídolos a seres hábiles para emitir opiniones que, al margen de su falsedad o tergiversación de la realidad, calan en otros iletrados. Forja, entonces, un ambiente fértil para que la ignorancia germine en detrimento de la sociedad, engendrada como la organización en la cual los hombres despliegan su quehacer. Tales estatuillas sociales son igual agentes agnotológicos, o sea, promotores de una cultura de ignorancia intencional, promovida con el propósito de obtener amoral ventaja.
La contracara de este oscurantismo intelectual es la “ignorancia sabia”. Aquella no despertante de miedo ni de vergüenza. Aludimos a la ignorancia retadora del hombre a aceptar que desconoce mucho. Esta cualidad de ignorante lo torna en ser docto. Hablar de ignorancia sabia obliga a remitirse al primer metafísico de la historia… a Parménides (a. 515 a. e. c.–a. 450 a. e. c.), el más importante filósofo presocrático. También al ignorante más sabio de la filosofía griega, a Sócrates (470 a. e. c.–399 a. e. c.). Y, por cierto, a Platón (427 a. e. c.–347 a. e. c.), discípulo del anterior, de quien se afirma haber sido uno de los jóvenes “corrompidos” por Sócrates con sus enseñanzas. Cuenta una leyenda helena que en los labios del Platón bebé posaron abejas… predicción de las melifluas palabras que surgirían de su boca.
En el Poema de Parménides, la diosa advierte que la “opinión” puede transmitir una idea engañosa del entorno, en tanto tiende a sustentarse en simples “sentidos”. Al ser emotividades, no guardan relación con la verdad y, por ende, ignoran la autenticidad. La solución está dada por apelar siempre a “lo que es”, a la realidad, siendo que “lo que no es” no puede pensarse ni afirmarse. En función de ello, el de Elea concluye en que lo que es y que no es posible que no sea, es la ruta de la persuasión, porque concuerda con la verdad. En el otro extremo está lo que no es y que es necesario que no sea; este camino se encuentra colmado de ignorancia, pues no puede conocerse lo que no es, como tampoco puede transmitirse aquello que no es posible. Interpretando tan complejas ideas parmenidesianas, nosotros agregaríamos que –a efectos de proscribir la ignorancia– en la opinión debe haber noûs… intelecto y pensamiento razonado.
Como sabemos, Sócrates es un personaje de los diálogos de Platón. Hay cierta discusión entre académicos respecto a cuánto de lo plasmado en ellos corresponde efectivamente a ideas del primero. En todo caso, en nuestro criterio, la teorización socrática en torno a la ignorancia parte de su phronesis. En la filosofía esta es la “sabiduría práctica”, sinónimo de sentido común y de prudencia, a su vez, cimentada en la ética.
Mediante el “método socrático” –que exige tomar conciencia de la ignorancia propia a efectos de profundizar en el tema planteado en el curso de un diálogo– se arriba a una respuesta infinitamente más aguda e inteligente de aquella surgida del conocimiento somero. De allí que el elenchus revela la ignorancia de interlocutores estúpidos puros (tercos o necios inconsistentes)… y de bárbaros intelectuales que sin ser dundos sí que son intrascendentes en academia. La ignorancia sabia de Sócrates es también una “humildad intelectual”, la cual lejos de representar deterioro en el concepto que uno tiene de sí mismo, manifiesta la más alta ponderación privativa, al implicar necesidad de superación en el saber. En Apología leemos que el griego es el más sabio porque no cree saber lo que no sabe. ¡Cuánto mejoraría el mundo de incrementarse el número de ignorantes sabios!
Platón afirma que el alma sufre de dos enfermedades. La una es la mera “perversión”, entendida como lo apartado de las virtudes. La otra, la ignorancia, cuyo principal síntoma es “ignorar la ignorancia” padecida por el ente. En tal orden de ideas, la sanidad intelectual del hombre va atada a su disposición y capacidad de rebasar las limitaciones impuestas por sus propias convicciones alejadas de la razón. En La república, fusiona la estupidez con la ignorancia. A las dos las enuncia como un “vacío”.
Aun cuando suene a contrasentido, que filosóficamente no lo es, el vacío platónico es la saturación producida por los prejuicios e ideas falaces que mantienen al hombre en un abismo. Para Platón, la estupidez es insuperable, pues la inmutabilidad de esas taras impide recapacitar… las religiosas son emblemáticas en ello, según prueba la historia. La ignorancia, en cambio, es salvable siendo que la inteligencia poseída permite al humano acceder a mayor saber y emprender en una comprensión sabia. (O)