Durante siglos, una de las principales funciones de la universidad fue proporcionar acceso al conocimiento. Quien quería aprender sobre medicina, ingeniería, economía o filosofía necesitaba llegar a determinados lugares, estudiar ciertos libros y aprender de quienes habían dedicado años a dominar una disciplina. El conocimiento era difícil de encontrar, organizar y transmitir. Ese mundo está quedando atrás, hoy podemos acceder en segundos a explicaciones sobre prácticamente cualquier disciplina. Podemos comparar teorías, analizar documentos, construir modelos e incluso pedir a una inteligencia artificial que sintetice miles de páginas antes de terminar una taza de café. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible y tan pocas barreras para acceder a él.
Pero esta abundancia está haciendo visible una paradoja: cuando el conocimiento se vuelve abundante, el juicio se vuelve escaso.
Porque disponer de información no significa saber qué hacer con ella. Un médico puede tener acceso a toda la evidencia disponible y aun así enfrentar una decisión clínica difícil. Un ingeniero puede identificar una solución técnicamente impecable y tener que preguntarse por sus consecuencias sociales o ambientales. Un CEO puede tener a su alcance dashboards, predicciones y análisis cada vez más sofisticados y, aun así, enfrentar decisiones para las que los datos no ofrecen una respuesta inequívoca: invertir, transformar el negocio, reducir su equipo o asumir un nuevo riesgo.
Carlos Larreátegui, Canciller de la Universidad de Las Américas (UDLA), planteó esta cuestión durante las ceremonias de graduación de 2026: “Sus conocimientos serán necesarios, pero no suficientes. Requerirán juicio, carácter, intuición, sensibilidad y sobre todo una conciencia bien formada”. Me parece una afirmación especialmente pertinente para las universidades.
Durante décadas hemos organizado buena parte de nuestros currículos alrededor de aquello que el estudiante debe saber y, más recientemente, alrededor de aquello que debe saber hacer. Hemos construido resultados de aprendizaje, competencias, perfiles de egreso y sofisticados mecanismos para evaluar su los entregables. Pero quizás necesitamos incorporar con mucha más fuerza una tercera pregunta: ¿estamos enseñando a nuestros estudiantes a decidir bien?
El juicio no consiste simplemente en acumular conocimiento, implica interpretar evidencia, distinguir hechos de opiniones, reconocer los límites de lo que sabemos, ponderar consecuencias y decidir cuando existen razones o valores en conflicto. Un informe de la OCDE (Fostering Creativity and Critical Thinking in University Teaching and Learning) sobre pensamiento crítico en la educación superior destaca precisamente la importancia de formar personas capaces de considerar perspectivas diferentes, evaluar argumentos con imparcialidad y reconocer sus propios sesgos. Y añade una disposición particularmente relevante: la capacidad de reconsiderar nuestras posiciones cuando la reflexión y la evidencia así lo justifican. Ejercer juicio exige, por tanto, algo intelectualmente difícil: aceptar que una convicción propia también puede estar equivocada.
Se aprende enfrentando problemas que no tienen una solución evidente; defendiendo una posición frente a alguien que piensa diferente; equivocándose y teniendo que explicar por qué; y tomando decisiones en un entorno donde la incertidumbre no es una excepción, sino una condición cada vez más habitual.
Aquí aparece una responsabilidad importante para la educación superior. Si continuamos evaluando principalmente la capacidad de producir respuestas correctas, corremos el riesgo de formar profesionales muy competentes para resolver problemas conocidos, pero menos preparados para enfrentar aquellos que todavía no tienen respuesta. Y son precisamente esos problemas los que encontrarán nuestros graduados.
Esta discusión también debería interesar al mundo empresarial. Durante años, las organizaciones compitieron por contratar a quienes poseían mayor conocimiento especializado. Ese conocimiento continúa siendo indispensable, pero cada vez es más accesible y puede ser amplificado por herramientas tecnológicas altamente sofisticadas.
El verdadero diferencial empieza a desplazarse hacia otro lugar. Cuando una máquina puede generar diez alternativas en segundos, alguien debe decidir cuál tiene sentido. Cuando puede analizar millones de datos, alguien debe determinar qué pregunta vale la pena formular. Cuando puede recomendar una decisión, alguien debe asumir la responsabilidad por sus consecuencias. Ese alguien sigue siendo una persona.
Por eso la discusión sobre el futuro de la educación no debería reducirse a cuánto debemos enseñar sobre inteligencia artificial o qué conocimientos dejarán de ser relevantes. La pregunta más profunda es qué capacidades humanas adquieren mayor valor precisamente porque el conocimiento y la capacidad de procesarlo se han vuelto abundantes.
En su discurso a los graduados, Carlos Larreátegui lo expresó desde otra perspectiva: “Una universidad cumple su misión cuando forma profesionales competentes, pero la cumple plenamente cuando forma personas capaces de pensar por sí mismas”.
Quizás allí esté una de las grandes responsabilidades de la universidad contemporánea. No abandonar el conocimiento, sino trascenderlo. No formar exclusivamente profesionales que simplemente sepan más, sino personas capaces de interpretar mejor, cuestionar con fundamento y decidir responsablemente.
Porque en el mundo que estamos construyendo, tener respuestas será cada vez más fácil, lo verdaderamente difícil y valioso será saber qué hacer con ellas. (O)