El ejecutivo vs Usain Bolt
Desde esa perspectiva, cuidar la salud deja de ser una decisión relacionada exclusivamente con bienestar personal. Se convierte en una decisión de asignación de capital humano.

Desde el punto de vista económico, se entiende el capital humano como el conjunto de competencias que es capaz de reunir una persona para generar valor. En el contexto del mundo ejecutivo, una parte muy importante de ese capital tiende a haberse descartado de los modelos: la capacidad fisiológica y cognitiva para mantener el rendimiento, a un nivel alto, en el tiempo.

El ejecutivo puede contar con capital financiero, conocimiento, experiencia y una extensísima red de relaciones. Sin energía, sin concentración y sin capacidad de recuperación, el rendimiento de todos esos activos se ve comprometido. Por tanto, la salud puede interpretarse como una forma de capital productivo: requiere inversión, mantenimiento y asignación eficiente de los recursos.

La idea resulta, además, de gran importancia cuando el recurso más escaso de un ejecutivo resulta ser el tiempo. Una hora no tiene un valor económico constante, su productividad es dependiente de la propia capacidad de quien hace uso de la misma. Un par de horas en una negociación estratégica, tras una noche de descanso reparador, determinan unos resultados muy distintos al de esas mismas dos horas tras un periodo de fatiga intensa. Resultados medibles y, por supuesto, cuantificables para la empresa. Precisamente por eso, los mejores ejecutivos son aquellos que han demostrado consistencia en el tiempo, a pesar de las consecuencias del tiempo natural.

El ROTI, Return on Time Invested, o retorno sobre el tiempo invertido: cuánto valor somos capaces de producir en el tiempo que hemos dedicado.

De esta forma de ver las cosas dormir, hacer ejercicio, nutrirse adecuadamente y recuperar energía les resta ese carácter marginal de actividades a favor de la capacidad productiva futura. La analogía con el capital físico es muy fuerte. Una empresa que utiliza de una forma continua una maquinaria de un proceso crítico sin realizar el mantenimiento responde a un incremento de la producción durante un determinado intervalo, pero también a un incremento del riesgo de sufrir una interrupción muy costosa. El ser humano funciona con una lógica análoga a la del funcionamiento de un sistema: si no se realizan recuperaciones, se llega a acumular un coste difícil de soportar que finalmente acaba afectando la productividad, el compromiso ante las decisiones y la continuidad del funcionamiento. Hay que practicar esos mantenimientos de forma periódica a pesar de que se tenga que apagar la fábrica ciertos días.

Las evidencias científicas conectan el sueño y la actividad física con funciones relevantes para las tareas ejecutivas. El sueño participa en la consolidación de la memoria, en la regulación emocional o en el funcionamiento cognitivo. La práctica regular de la actividad física se encuentra vinculada a beneficios cardiovasculares, metabólicos y cognitivos. La alimentación se relaciona con el aporte de energía, con la salud metabólica y con la capacidad para sostener ciertas demandas fisiológicas. Ninguno de estos elementos por sí solo es suficiente para garantizar una mejor toma de decisiones; en su conjunto todos forman parte de las condiciones que permiten mantener capacidad de desempeño.

Para un ejecutivo esta dimensión tiene una particularidad: tiene connotaciones económicas; una buena parte de las decisiones relevantes se toman bajo presión y con información incompleta. La calidad del juicio depende de atención, de memoria de trabajo, de regulación emocional y de la propia capacidad de evaluación de escenarios. Cuando estas capacidades merman por la fatiga o el estrés sostenido, el costo del deterioro operativo es superior al tiempo que puede parecerse al tiempo "ahorrado" por la eliminación del descanso o de la recuperación de la agenda.

Se incluye pues, un error típico en la gestión del tiempo. Medir la productividad en función de horas trabajadas supone de antemano que cada hora responde a una capacidad de productividad similar. En la práctica, el valor marginal de una hora importante puede diferir sustancialmente.

Un ejecutivo que trabaja doce horas puede estar produciendo menos valor en las últimas tres que en las ocho primeras. Si una mejor organización, recuperación y concentración permite una producción de un mismo resultado en diez horas, dichas dos horas liberadas tienen un valor económico. Sirven para pensar, aprender, tener relaciones y recuperarse. El factor que marca la diferencia no es trabajar menos, sino hacer más en el tiempo que se tiene disponible.

No se trata de correr maratones todos los días, de eso no va el juego, sino de ganar esos sprints diarios.

La salud tiene también un efecto intertemporal. Una decisión que tomas hoy puede afectar la capacidad productiva de los próximos diez o veinte años. Como tal, transformándola en una inversión con un horizonte de largo plazo. El objetivo no es maximizar el rendimiento de una semana, sino conservar la capacidad de generar valor en una carrera completa.

En este sentido, el ejecutivo debería gestionar su salud con una lógica parecida a la gestión de un activo estratégico. Existen indicadores adelantados referidos a las horas y a la calidad del sueño, a la actividad física, a la alimentación, a la recuperación, a los niveles de estrés y a los resultados posteriores, a la energía, la concentración, el desempeño, la composición corporal, a la salud metabólica y a la capacidad funcional. El principio económico ya lo sabemos: gestionar aquel activo que determina su valor futuro antes de que aparezca la pérdida.

Esta visión cambia también la relación entre salud y liderazgo. La energía disponible influye en la calidad de una reunión, en la capacidad de escuchar, en la paciencia en el transcurso de una negociación compleja y en la disposición a procesar información adicional. Un líder no solamente administra recursos externos. Administra su propia capacidad para utilizarlos.

Una agenda puede optimizar reuniones. Un presupuesto puede optimizar capital. Un portafolio puede optimizar riesgo y retorno. La gestión personal necesita optimizar también energía y tiempo.

La pregunta central no es cuántas horas trabaja un ejecutivo. Es cuánto valor puede generar por cada hora de su vida y durante cuántos años puede mantener esa capacidad.

Desde esa perspectiva, cuidar la salud deja de ser una decisión relacionada exclusivamente con bienestar personal. Se convierte en una decisión de asignación de capital humano.

Y el activo más importante que un ejecutivo administra cada día sigue siendo el mismo: su capacidad para convertir tiempo en valor. (O)