Ecuador, campeón mundial en ‘rompevelocidades’
Qué pasa con la educación vial, por qué no respetamos las leyes de tránsito, por qué los conductores no tomamos conciencia de que calles y avenidas son espacios compartidos. Por qué los peatones y ciclistas no asumimos nuestra parte de la responsabilidad.

¿Cuántos rompe velocidades per capita tiene Ecuador? No hay datos, pero si uno se traslada por tierra de Cuenca a Quito o de Quito a Esmeraldas o entre Manta y Guayaquil, uno se encuentra con decenas y docenas de ‘rompevelocidades’ o reductores de velocidad (no digo el otro nombre, pero ustedes lo saben de memoria).

En los barrios la cifra también se puede contabilizar. En Quito, en la Pedregal, entre la Hernández de Girón y el colegio San Gabriel hay dos, en la González Suárez yo cuento mínimo cinco en un solo sentido, desde el Hotel Quito hasta el redondel de Churchill. También están en Cumbayá y más lugares. Ustedes hagan sus cuentas en los barrios por donde se mueven y se sorprenderán.

En Los Chillos hay por todo lado: en la vía a La Merced, en la calle Los Planetas, en la río Coca, en Sangolquí, etc.

Estamos llenos de estos elementos y contarlos es casi una manía, un toc, de muchos conductores de automóviles, motos, bicicletas y scooters. Yo manejo auto poco, prefiero caminar o la bicicleta, pero soy bastante observador y me fijo mucho en estos montículos, algunos de cemento y otros de asfalto. 

Hay los reductores de velocidad oficiales, esos que están señalizados, con pintura amarilla y líneas negras o blancas. Pero también están los que ‘construyen’ los vecinos sin ningún problema en cualquier calle asfaltada o de tierra, adoquinada o pavimentada. Están allí son parte de la mala educación vial del ecuatoriano. 

También están los más modernos, esos de plástico rígido y tornillos de quien sabe cuántas pulgadas que destruyen amortiguadores, llantas y aros. Toda una innovación en materia vial. Se colocan en grupo, unos tras otros, separados por menos de un metro, para que conductores y pasajeros se sacudan, sientan el poder de las autoridades de tránsito y hagan cuentas del próximo alineado y balanceado de llantas.

Averiguando sobre el tema descubrí que existe un procedimiento para que usted, yo o cualquier otra persona pueda solicitar a las autoridades de una ciudad la autorización para construir un reductor de velocidad en el barrio. Como buen trámite es necesario compartir datos personales, direcciones, motivos del pedido, etc. Puede ser en línea o presencial y, claro, toca esperar la llegada de los técnicos para que den luz verde (no es ironía) y listo: los autos frenarán y habrá más seguridad para alguien que puede ser un peatón, un ciclista, otros conductores, las mascotas o cualquier despistado que va por la calle sin saber los peligros que le rodean.

Pero qué pasa con la educación vial, por que no respetamos las leyes de tránsito, por qué no se imponen multas severas, por qué los conductores no tomamos conciencia de que calles y avenidas son espacios compartidos. Por qué los peatones y ciclistas no asumimos nuestra parte de la responsabilidad. 

Aquí comparto un dato de Teleamazonas: hace casi un año, la Agencia Metropolitana de Tránsito sancionaba a 39 vehículos diarios por exceso de velocidad en la avenida Simón Bolívar y en la Ruta Viva.

Y ahora dejo un par de interrogantes para todos. ¿Por qué cuando viajamos fuera del país nos admiramos del cumplimiento de las normas y la armonía entre autos, peatones, scooters, motos y bicicletas?. ¿Y por qué apenas cruzamos Rumichaca o nos bajamos del avión nos importa un comino el resto de personas que están en las vías?. Al parecer, no nos importa ir por la vida saltando ‘rompevelocidades’. (O)