El dolor de una familia no debería ser una disputa política
Hoy corresponde recordar algo que debería ser evidente: hay dolores que no pertenecen a la política. Se necesita respeto, y, sobre todo, humanidad.

En momentos como el que atraviesa la familia Noboa Valbonesi la sociedad debería ser capaz de detener sus diferencias, sus discusiones y sus enfrentamientos para reconocer algo elemental: detrás de cualquier figura pública existe una persona, una familia y una vida humana que también puede ser golpeada por el dolor.

Las palabras de la primera dama, después de la pérdida de su hijo, deberían invitarnos precisamente a esa reflexión. No se trata de simpatizar o no con ella, con su esposo o con el Gobierno. Tampoco se trata de compartir una posición política. Se trata de entender que hay circunstancias frente a las cuales la compasión debe estar por encima de la política. Quienes se han expresado inhumanamente respecto de la perdida de su hijo merecen ser reprendidos y castigados por la sociedad.

“Mi bebé no era una noticia, una postura, ni un argumento político. Era mi hijo”, expresó Lavinia Valbonesi. En esa frase probablemente está la esencia de todo lo que debería discutirse y, sobre todo, de lo que debería dejar de discutirse en estos momentos. La pérdida de un hijo es una experiencia que difícilmente puede ser comprendida por quien no la ha vivido. Para sus padres, ese hijo existe mucho antes del nacimiento: en las expectativas, en los sueños, en las conversaciones familiares y en la imaginación de cómo será su vida. Por eso, cuando ese proyecto se interrumpe, no desaparece simplemente una noticia que nunca llegó a producirse. Desaparece una parte del futuro que ya había comenzado a construirse, pues la su vida ya era parte de aquella de su familia. Es comprensible, entonces, que una madre pida algo tan sencillo como respeto, y que todos, sin importar su tendencia política nos solidaricemos con ella y su familia.

En una sociedad democrática, las personas tienen todo el derecho de cuestionar a sus gobernantes. Pueden criticar sus decisiones, sus políticas públicas, sus resultados y sus actuaciones. Un presidente está sometido, necesariamente, al escrutinio ciudadano. Su familia, sin embargo, no debería convertirse automáticamente en objeto de la misma confrontación política, y mucho menos en medio de una tragedia familiar.

Daniel Noboa puede ser evaluado políticamente por sus actos de gobierno. Su esposa puede ser objeto de debate público en aquellos aspectos que correspondan a sus actuaciones públicas. Pero la pérdida de un hijo pertenece a una dimensión completamente diferente. Confundir ambas cosas no solo empobrece el debate público, peor aún, termina deshumanizándolo.

No es necesario estar de acuerdo con un Gobierno para expresar solidaridad con una familia que atraviesa una tragedia. Tampoco es necesario compartir una ideología, una visión política o una posición electoral para reconocer el sufrimiento de otra persona. La empatía no debería exigir afiliación política.

De hecho, una de las mejores pruebas de madurez de una sociedad consiste precisamente en su capacidad de mantener simultáneamente dos ideas: podemos tener profundas diferencias políticas y, al mismo tiempo, podemos respetarnos como seres humanos. Frente a esa realidad, el caso de la familia Noboa debería servir como una llamada de atención.

Hay límites que una sociedad debería ser capaz de reconocer por sí misma, incluso sin necesidad de que exista una norma que los imponga. Uno de ellos debería ser el respeto al duelo. El dolor no debería tener partido político.

Su mensaje tampoco debería ser interpretado como una solicitud de inmunidad frente a la crítica política. No parece ser eso lo que está planteando. Lo que está pidiendo es algo mucho más básico: que la muerte de su hijo no sea convertida en un instrumento para una disputa que le es ajena por tratarse de un hecho familiar, privado y de carácter humano.

Las democracias necesitan discusión, confrontación de ideas y libertad de expresión. Pero también necesitan límites morales. La libertad de expresión no obliga a nadie a ser indiferente frente al sufrimiento ajeno. Al contrario, una sociedad verdaderamente libre debería ser capaz de ejercer la crítica sin perder la compasión y los valores. También sería un error pensar que expresar solidaridad significa otorgar un respaldo político. Acompañar a una madre y a una familia que perdió a su hijo no significa respaldar al Gobierno de su esposo.

Ese mismo principio de humanidad y respeto debe aplicarse a cualquier persona, independientemente de quién sea, de su nacionalidad, de sus ideas o de cualquier otra circunstancia. La muerte de Michele Sensei y de su esposa, ocurrida trágicamente en un accidente de aéreo en Kenia el 19 de agosto, también merece ese mismo respeto. Una tragedia de esta naturaleza no debería convertirse en motivo de especulación, confrontación o utilización política. Detrás de cualquier noticia sobre una muerte existen una familia, seres queridos y una vida que deja de existir.

Antes que presidentes, primeras damas, opositores, periodistas, militantes o usuarios de redes sociales, somos seres humanos. Tenemos hijos, padres, hermanos, amigos y personas a las que amamos. Y sabemos, aunque sea solamente de manera intuitiva, que existen dolores ante los cuales las palabras sobran. La política continuará mañana. Las elecciones llegarán. Los gobiernos terminarán. Las controversias pasarán y otras ocuparán su lugar. Pero una madre que pierde un hijo no puede simplemente regresar al día anterior. Por eso, hoy corresponde recordar algo que debería ser evidente: hay dolores que no pertenecen a la política. Se necesita respeto, y, sobre todo, humanidad. (O)