El océano ya está enviando señales. Esta vez el problema no será saber qué viene, sino qué hicimos , o dejamos de hacer cuando todavía teníamos tiempo.
Hay algo que me preocupa mucho más que El Niño: nuestra extraordinaria capacidad para sorprendernos frente a fenómenos que la ciencia nos advirtió con meses de anticipación.
El Pacífico frente a Ecuador está hablando. Y lo está haciendo bastante claro.
NOAA mantiene una Advertencia de El Niño y sus proyecciones señalan una probabilidad superior al 90% de que el evento alcance una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026 e inicios de 2027. El Comité Nacional ERFEN, por su parte, mantiene el estado de El Niño Activo y advierte que su mayor expresión en Ecuador podría coincidir con la temporada lluviosa, entre noviembre de 2026 y marzo de 2027.
Además, en julio, estaciones de INAMHI registraron anomalías significativas de temperatura en la Costa. En Santa Rosa, El Oro, se reportaron valores de hasta cuatro grados por encima de los patrones normales para la época.
Todavía podemos discutir cuál será la intensidad exacta del fenómeno, cómo se distribuirán sus efectos o qué zonas enfrentarán mayor impacto.
Lo que ya no podemos discutir seriamente es que tenemos un riesgo frente a nosotros y debemos prepararnos.
Ya sabemos cuánto puede costar
Ecuador tiene memoria corta, pero El Niño no.
El fenómeno de 1997–1998 dejó pérdidas estimadas en alrededor de USD 2.882 millones, según análisis históricos de CAF. Más de 843.000 hectáreas resultaron afectadas; de ellas, más de 683.000 correspondieron a cultivos perdidos.
Pero reducir aquello a una cifra económica sería no entender lo que realmente ocurrió.
Se perdieron cultivos, carreteras, puentes, viviendas y animales. Se interrumpieron cadenas productivas. Comunidades quedaron aisladas. Familias perdieron en semanas lo construido durante años.
El costo histórico no permite predecir una cifra para 2026–2027. Sería irresponsable hacerlo. Ningún evento de El Niño es idéntico a otro, ni Ecuador tiene hoy exactamente la misma exposición, infraestructura o capacidad de respuesta que en 1997.
Pero sí permite entender algo fundamental: cuando fallamos en prevención, una amenaza climática puede convertirse rápidamente en una crisis fiscal, productiva y social de escala nacional.
Prepararnos dejó de ser opcional.
Un país puede inundarse y secarse a la vez
Existe una percepción equivocada que debemos eliminar: El Niño no significa simplemente “más lluvia”.
En Ecuador puede significar demasiada agua en un lugar y alteraciones severas de precipitación y caudales en otro.
En la Costa, un océano más caliente aporta energía y humedad a la atmósfera. Cuando las condiciones se alinean, el resultado puede ser precipitación persistente, saturación de suelos, desbordamiento de ríos, deslizamientos, pérdida de cultivos y destrucción de infraestructura.
Guayas, Los Ríos, Manabí, Esmeraldas y El Oro concentran riesgos importantes. Pero el riesgo no comienza cuando el río se desborda. Comienza antes: cuando una alcantarilla no fue limpiada, cuando una vía rural no recibió mantenimiento, cuando un puente vulnerable sigue esperando intervención y cuando un pequeño productor no recibe información útil a tiempo.
Y aquí aparece un punto que muchas veces olvidamos: no hace falta perder una cosecha para perder su valor.
Si el banano, cacao, arroz o camarón están listos para salir, pero una carretera está destruida, un puente colapsó o el acceso al puerto está interrumpido, económicamente tenemos exactamente el mismo problema.
La logística también es parte del ecosistema productivo.
Mientras la Costa puede enfrentar exceso de agua, otras zonas del país podrían experimentar alteraciones en lluvia y caudales. La magnitud y distribución territorial de esos efectos todavía dependerán de la evolución del fenómeno y de las condiciones locales.
Para un país que depende fuertemente de la generación hidroeléctrica, eso debería encender todas las alarmas.
Ya conocemos el resultado.
Apagones.
Y un apagón no significa solamente una casa sin luz.
Significa una industria que deja de producir, una cadena de frío que entra en riesgo, una camaronera que necesita generación propia, comercios paralizados, mayores costos operativos y menor competitividad.
El mismo fenómeno climático puede inundar una parte del Ecuador mientras agrava los riesgos energéticos en otra.
Esa es la dimensión real del problema.
Después del agua viene la salud
También existe una factura que normalmente calculamos demasiado tarde.
Las inundaciones, los drenajes colapsados, la interrupción del agua potable y la contaminación de fuentes de agua pueden aumentar el riesgo de enfermedades gastrointestinales, leptospirosis y enfermedades transmitidas por vectores, incluido el dengue. No se trata de una relación automática ni idéntica en todo el territorio, pero sí de condiciones que exigen vigilancia epidemiológica, saneamiento y respuesta rápida.
Cuando colapsan drenajes, sistemas de agua potable y vías de acceso, el problema deja rápidamente de ser meteorológico.
Se convierte en un problema sanitario y, poco después, social.
Una familia urbana puede perder muebles o un vehículo durante una inundación. Para un pequeño agricultor, perder una cosecha, algunos animales y su vivienda puede significar perder prácticamente todo su patrimonio.
Entonces comienza algo que pocas veces aparece en los mapas climáticos: el desplazamiento humano.
Familias que abandonan el campo porque ya no tienen cómo producir. Comunidades que migran hacia ciudades cuyos servicios tampoco están preparados para recibirlas.
Eso también es El Niño.
La naturaleza es infraestructura
Hay una dimensión de este fenómeno que seguimos tratando como secundaria y que, para mí, es exactamente lo contrario.
La biodiversidad.
Un cambio significativo de temperatura no afecta solamente a las personas. Modifica la disponibilidad de alimento, la reproducción, la distribución y el comportamiento de las especies. Algunas se desplazan buscando condiciones ambientales adecuadas; otras no pueden hacerlo. Se alteran relaciones entre depredadores y presas, polinizadores y plantas, especies marinas y zonas de reproducción.
Cuando esas relaciones comienzan a romperse, el ecosistema pierde funcionalidad.
Y cuando un ecosistema pierde funcionalidad, nosotros perdemos servicios que durante siglos hemos recibido sin pagar una factura.
El ejemplo más evidente está frente a nuestros ojos.
El manglar no es decoración costera. Es infraestructura.
Disipa parte de la energía del oleaje, retiene sedimentos, estabiliza costas, captura carbono, sostiene biodiversidad y funciona como zona de reproducción y crianza para especies de enorme importancia pesquera y económica.
Un manglar sano puede reducir parte del impacto que alcanza a una comunidad costera.
Lo mismo ocurre tierra adentro.
Un bosque en una cuenca alta intercepta lluvia, estabiliza el suelo, disminuye erosión y ayuda a regular el flujo del agua. La naturaleza no evita todos los desastres. Pero destruirla aumenta nuestra vulnerabilidad frente a ellos.
Eso ya no es una discusión ambientalista.
Es gestión de riesgo.
Tenemos meses, no años
El Niño tampoco afecta a todos por igual.
Una gran empresa puede construir drenajes, contratar seguros, instalar generadores, diversificar proveedores y proteger infraestructura crítica. El pequeño productor muchas veces no puede hacer ninguna de esas cosas.
Por eso la adaptación no puede depender exclusivamente de la capacidad económica individual.
Necesitamos identificar ahora las cuencas vulnerables, limpiar y recuperar sistemas de drenaje, intervenir infraestructura crítica, revisar planes de contingencia energética, fortalecer sistemas de alerta temprana y preparar al sector sanitario.
Pero también necesitamos trabajar directamente con agricultores, acuicultores, municipios y comunidades. No basta con emitir informes técnicos si esa información no llega a tiempo, no se traduce en decisiones prácticas y no se acompaña de recursos para actuar.
Necesitamos entender algo que todavía cuesta aceptar en Ecuador: invertir en ecosistemas también es invertir en infraestructura.
Restaurar manglares, proteger bosques de cuenca, recuperar humedales y conservar cobertura vegetal no son gastos accesorios para cuando sobra presupuesto.
Son medidas de adaptación.
Durante décadas construimos como si la naturaleza estuviera separada de la economía. Los eventos extremos están demostrando exactamente lo contrario.
La prueba de Ecuador no será si puede pronosticar El Niño. Esa información ya existe.
La prueba será si, antes de noviembre, los municipios limpian drenajes, el Estado protege infraestructura y energía críticas, el sistema de salud se prepara y el país entiende que restaurar manglares, humedales y bosques de cuenca es también proteger su economía.
Si esperamos a que llegue la emergencia para coordinarnos, no estaremos frente a un desastre inevitable.
Estaremos frente a una falla de decisión. (O)