La relación entre la escuela y lo que los estudiantes aprenden a lo largo de 12 años de escolarización y el mundo laboral es mucho más estrecha de lo que podríamos imaginarnos. Es durante esos años, precisamente, cuando los estudiantes adquieren destrezas y habilidades que luego tendrán una repercusión directa en su desempeño profesional.
Quizás uno podría pensar que el pensamiento crítico comienza a desarrollarse una vez que los estudiantes han alcanzado la adolescencia. Sin embargo, su desarrollo comienza desde el preescolar. Cuando leemos un cuento a los niños y les preguntamos su opinión o qué hubieran hecho en determinada circunstancia, estamos fomentando la argumentación, el análisis y la capacidad de tomar decisiones.
Cabe señalar que habilidades como el pensamiento crítico deben trabajarse a lo largo de toda la escolaridad. Cuando dentro del currículo contemplamos instancias para desarrollarlas de manera consistente y con una progresiva complejidad, podemos esperar que el resultado sea estudiantes con una capacidad de pensamiento crítico cada vez más desarrollada.
Ahora bien, un aspecto muy importante que debemos tomar en cuenta es la necesidad de que las habilidades necesarias para desenvolverse exitosamente en el mundo laboral formen parte de un programa sistemático y no se conviertan en actividades que los docentes desarrollan de vez en cuando. Para obtener resultados positivos, la sistematización y la consistencia son elementos clave. Si no nos preocupamos de que estas habilidades formen parte transversal del currículo y de que todas las áreas las desarrollen de manera intencional, los resultados, en el mejor de los casos, serán mediocres.
Los programas del Bachillerato Internacional (IB) hacen énfasis en el desarrollo de habilidades clave desde la primera infancia. De hecho, el foco de programas como el Programa de la Escuela Primaria (PEP) y el Programa de los Años Intermedios (PAI) está, entre otras cosas, en el desarrollo de habilidades que más adelante permitirán a los estudiantes desempeñarse de manera óptima en el Programa del Diploma, destinado a los dos últimos años de escolaridad y con una organización mucho más disciplinar.
La pregunta es entonces, ¿qué habilidades debemos potenciar y cómo lo hacemos? El IB propone cinco grandes categorías de habilidades que se desarrollan desde la primera infancia: habilidades de pensamiento, de comunicación, de investigación, sociales y de autogestión. Más adelante, estas habilidades se profundizan y desarrollan a través de las distintas áreas curriculares. Cada colegio debe considerar su propio contexto para construir una progresión de aprendizaje coherente a lo largo de la escolaridad de sus estudiantes.
Adicionalmente, resulta imprescindible que los estudiantes sepan qué están aprendiendo y, sobre todo, para qué lo están aprendiendo y cómo pueden utilizar lo aprendido. Ubicar el desarrollo de estas habilidades dentro de contextos reales y de la vida cotidiana es también un elemento necesario para lograr un aprendizaje perdurable. Solo así podremos aspirar a formar ciudadanos capaces de aportar, desde los distintos lugares que ocupen en la sociedad, al crecimiento de la misma.
De todas las habilidades que he señalado, a mi juicio, las habilidades sociales son de las más relevantes. En un mundo cada vez más despersonalizado, donde la tecnología está ocupando espacios de interacción que pueden confundir a los adolescentes y presentarles un mundo imaginario que muchas veces poco tiene que ver con la realidad, aprender a socializar, trabajar en equipo y disfrutar del contacto humano en lugar de temerle se vuelve indispensable.
Las habilidades sociales no solo son importantes para el desarrollo personal; tienen también una relación directa con la manera en que funcionan las organizaciones. Me atrevería a decir que el éxito de una empresa tiene mucho que ver con la capacidad de sus miembros para comprender lo que implica trabajar por objetivos comunes. Cuando las personas dentro de una institución, cualquiera que sea su naturaleza, comprenden que es posible trabajar con alguien que piensa de manera diferente, pero que está unido a nosotros por objetivos comunes, es mucho más probable que la institución progrese y alcance niveles de desempeño muy superiores.
En este punto, será necesario que los líderes de las instituciones educativas nos preguntemos en qué medida estamos preparando realmente a nuestros estudiantes para que, a través de sus años de escolaridad, adquieran las habilidades que les permitirán no solo ser productivos, sino también contribuir al crecimiento de las empresas y organizaciones de las que formen parte.
Porque preparar para el mundo laboral no debería significar únicamente enseñar conocimientos que luego puedan ser utilizados en una profesión. Significa también enseñar a pensar, a comunicarse, a investigar, a trabajar con otros, a gestionar nuestras propias acciones y, sobre todo, a comprender que lo que hacemos siempre tiene un impacto en los demás.
Quizás esa sea una de las preguntas que como educadores debemos hacernos con mayor frecuencia: ¿estamos preparando a nuestros estudiantes para aprobar el siguiente nivel de escolaridad o para desenvolverse con éxito en el mundo que les tocará construir? (O)