Por un Quito, aún más verde
Una ciudad verde no solo es más bonita. Es más fresca, más biodiversa, más saludable, y más humana.

Quito tiene una belleza única. Abrazada por el Pichincha, rodeada de montañas y volcanes, su paisaje cambia y emociona en cada esquina. Pero uno de sus mayores privilegios está, literalmente, en sus raíces.

Tenemos cifras que hablan de la magnitud de nuestro patrimonio ambiental: cerca de 2.700 hectáreas de áreas verdes recreativas y una Red de Parques Metropolitanos que, al bordear las 2.000 hectáreas, seguramente es la envidia de muchas ciudades de la región. La Guangüiltagua, el Bicentenario, La Carolina, La Armenia, Chilibulo, Metro Sur y tantos otros espacios son verdaderos pulmones urbanos. A ellos se suman los bosques del Pichincha, el Ilaló y el enorme patrimonio natural del noroccidente, una reserva fundamental para el equilibrio ambiental de Quito.

Pero podemos hacer mucho más.

El desafío es llevar ese verde hasta nuestras calles y conectarlo con este gran patrimonio natural. Recuperar nuestras quebradas, proteger nuestros ríos y sus orillas para convertirlas en espacios públicos de encuentro. Crear nuevos parques donde hacen falta, especialmente en sectores que han crecido acelerada y desordenadamente, como Calderón y los valles orientales. Aprovechar la transformación de nuestros corredores de movilidad —ahora que contamos con el Metro y esperamos su expansión— para imaginar parques lineales que conecten barrios, parques y ríos.

También podemos rescatar y recuperar iniciativas que en su momento demostraron que la sociedad quiteña puede organizarse alrededor de objetivos ambientales comunes, como lo fue la Fundación Vida para Quito, que movilizó recursos y esfuerzos privados y ciudadanos para crear y recuperar espacios verdes y desarrollar proyectos ambientales. Más que mirar al pasado con nostalgia, deberíamos aprender de esas experiencias exitosas y adaptarlas a los desafíos de la ciudad de hoy.

Este verano nos lo recordó: más calor, más sequedad, mayor exposición a los rayos UV y peatones buscando sombra. ¿Por qué no pensar en una gran estrategia de arborización urbana?

Que cada avenida, cada vereda y cada barrio tenga árboles. Que prioricemos al peatón y al árbol frente al cemento, los nefastos cables y las soluciones fáciles.

Y esto no es responsabilidad únicamente del Municipio. Es responsabilidad de todos. La administración pública debe planificar, sembrar y proteger. Las empresas de servicios deben encontrar soluciones que respeten el arbolado. La empresa privada puede aprovechar incentivos para reforestar. Los constructores pueden incorporar y respetar creativamente los árboles existentes en sus proyectos. Y cada ciudadano puede cuidar el árbol que tiene frente a su casa y los de los espacios comunes.

Pero hay algo todavía más importante: esto debe convertirse en una cultura.  La conciencia ambiental no se construye únicamente con ordenanzas. Se construye desde la infancia. Todas las escuelas, públicas y privadas, deberían incorporar de manera transversal programas educativos sobre la importancia del arbolado y el cuidado de los espacios verdes como principios básicos de sostenibilidad y como una prioridad para el futuro de nuestras ciudades.

Que las nuevas generaciones crezcan entendiendo que proteger la naturaleza no es una opción, sino una responsabilidad que deben asumir con compromiso. Que un árbol no sea visto como un obstáculo para la ciudad, sino como parte esencial de su infraestructura.

Medellín demuestra que es posible. Sus corredores verdes han permitido mejorar el microclima hasta en 2 °C, además de recuperar biodiversidad y conectar parques, quebradas y cerros.

Quito tiene todo para dar ese salto.  Porque una ciudad verde no solo es más bonita. Es más fresca, más biodiversa, más saludable, y más humana.

Porque reforestar Quito no es solo sembrar árboles. Es sembrar una mejor calidad de vida. (O)