Yo no lo escribiré, pero deseo el paraíso (Sobre la poesía de Raúl Zurita)
Zurita plasma un discurso que cuestiona la realidad y el origen del acontecimiento poético, enfrentándonos a la pregunta de si un gran poema contemporáneo puede ser leído como un documento político de dolor.

 «Toda la patria fue entonces la resurrección pintándose en sus despojos», escribe Zurita en Anteparaíso. Entrar en su poesía –esa obra titánica en la que trabajó por décadas– es enfrentarse a lo que queda después de los estallidos. Desde el primer acercamiento a Purgatorio y los versos con los que abre («mis amigos creen que estoy muy mala porque quemé mi mejilla»), sentí que su obra aspiraba a forjar nuevos estremecimientos y otros modos apasionados de mover al sujeto dentro de su patria. Un libro de poemas lejos de los formatos convencionales de un libro de poemas. Un libro de poemas como un objeto que se articula con un lenguaje crudo y vivo donde se enroscan lo sagrado y lo mundano. Un espacio donde el autor experimenta la manifestación de sus propios demonios y de la historia de Chile, entrelazados para narrar en presente el dolor de aquellas muertes. Por eso entrar en la poesía de Zurita es reaparecer entre glaciares y saber que el poema está en el mundo para algo más que congelar palabras frente a la crisis del Yo. 

     Luego leí su relato autobiográfico El día más blanco. Guardo el ejemplar firmado por Zurita, en Santiago, un 14 de octubre de 2006. Reconstruye sus primeros años junto a su madre, hermana y abuela: una trinidad femenina con la que habita en la calle José Miguel Infante. Del padre no hay más que una fotografía antigua enmarcada. Hay en esas páginas una sutil indagación de la identidad; podemos mirar el lienzo sobre el que empezó todo, además de la presencia del paisaje de Chile antes del infierno.

     Quise leer otros trabajos suyos. Canto a su amor desaparecido, INRI y La vida nueva cayeron en mis manos. Zurita hacía poemas despedazados con los restos de una historia despedazada. Zurita trabajaba con La divina comedia como un retrato de las pasiones y como el brote de la autoficción. Eso es lo que temblaba en mi cabeza al recorrer sus páginas: la marcha de aquellos destinos destrozados bajo el peso de la historia y la geografía de una nación. El poeta distribuía los versos sobre el papel con capricho y precisión: en medio de la página, o en el borde superior o inferior. Usaba la enumeración como otra estrategia, creando listas de lugares donde se amó y se perdió absolutamente todo, con párrafos que crecen y se achican de repente. El verso se interrumpe tras un balazo que ilumina los pastos ya quemados.

     Luego zumba en la cabeza la imagen de Zurita atravesando el desierto.

     Porque ¿dónde más se abrazarían las piedras? ¿Dónde Chile podría dejar de ser un cementerio? ¿Dónde más que en un libro de poemas? Sin embargo, para que un país abandone esa condición, habría que revisarlo con detalle. Sería necesario cubrir el purgatorio, cruzar la inmensa desventura y poner los dedos entre los huesos de sus cadáveres, encontrándose con el poeta en primera, segunda y tercera persona destrozando su cara frente al espejo.

     Así comienza el viaje estupefacto del lector que observa, al mismo tiempo, a Chile, Ecuador, Colombia, Perú y Argentina. Es el reconocimiento de una triste estela de naciones borradas por el peso de una historia política de violencia que ha pretendido aplastar los destinos humanos; la tragedia de aquellas vidas interrumpidas que siguen siendo la radiografía espeluznante de un continente ahogado en su sangre. Hubo desapariciones forzadas hace más de cinco décadas, y hoy se siguen repitiendo. Niños, como los de Las Malvinas en Guayaquil, terminan asesinados a manos de las fuerzas del orden. 

     Toda la poesía de Zurita está viva para cantar sobre estas muertes. Funciona como un artefacto emotivo, explosivo, íntimo y dislocado, creado para que las llanuras, los mares, los desiertos y los desaparecidos de siempre y de ahora cuenten, con todo su dolor, lo que nunca fue. Me refiero a ese paraíso prometido que quizás ningún poeta ni historiador fantasioso logre escribir jamás. Esto no pasará mientras las guerras y los latrocinios continúen, porque para llegar al paraíso, como hizo Dante, hay que beber de las aguas del olvido y dejar realmente atrás lo que ocurrió. Todo se reduce a amnesia y purificación.

     Entonces, abajo en la tormenta, aparece Zurita, una obra de casi ochocientas páginas –que reúne todo lo anterior publicado por el autor con otros cuerpos poéticos– organizada como un relato que, dividido en tres partes, nace un 10 de septiembre de 1973, horas antes del golpe militar de Chile. Paraliza el modo en que la voz poética nos traslada al episodio desgarrador de una historia, la personal (Zurita fue detenido por más de veinte días en las bodegas del carguero Maipo, junto a 800 personas), y la de un país donde mujeres y hombres, desde ese preciso momento, atravesarán torturas, asesinatos y desapariciones.

     La última poesía de quien es el mejor poeta vivo en lengua castellana está hecha de ruinas; no puede leerse de otro modo esta gran obra. Son ruinas humanas construidas con lápidas, patios, techos, barcos atracados, nichos, huesos, hangares desguazados, sueños y amores interrumpidos, planchas de fierro, baños privados, cuarteles, carreteras desoladas, témpanos enloquecidos y murallas de olas rompiéndose contra una tierra completamente atónita.

     Zurita plasma un discurso que cuestiona la realidad y el origen del acontecimiento poético, enfrentándonos a la pregunta de si un gran poema contemporáneo puede ser leído como un documento político de dolor. Nos entrega así otra forma de hacer poesía con el cuerpo y el recuerdo de un país entero, una propuesta que extrae a la historia de la historia y a la poesía de la poesía. El resultado es un poema descomunal, profundamente humano, con un lenguaje directo y tijereteado bajo el hechizo de un relato despedazado que se impone sobre la marcha.  (O)