Misión de la Universidad
Cuando nacimos nos lanzaron al mundo sin instrucciones ni manual, ni garantía de servicio técnico por fallas o desperfectos y menos con seguro de protección contra idiotas. Tampoco elegimos la época, ni la gente con la que coincidimos, ni el catálogo de problemas que venían incluidos en el paquete. Simplemente, un día aparecimos.

Y desde entonces tenemos que arreglarnos para seguir adelante que es más o menos lo que Ortega y Gasset decía, de quien recomiendo leer el ensayo titulado igual que este texto y cuyas ideas salpican a este artículo, cuando explicaba que la vida tampoco viene hecha. 

¿Cómo hacemos? Es difícil saberlo con exactitud. Puede haber varias formas. Sin embargo, en lo que todos coinciden es que cualquier vida se vive mejor si pasa por la Universidad. Esta se asoma para aprender, estudiar, sobrevivir a los exámenes y, varios años después, recibir un título. La Universidad va a preparar académicamente a los alumnos, dotarles de herramientas para que después de un tiempo, suban de categoría y pasen del amateurismo al profesionalismo (futbolísticamente hablando). 

Pero la Universidad es mucho más que eso ya que no está hecha solo de clases, bibliotecas y laboratorios para encerrarse a estudiar e investigar. Está hecha sobre todo de personas distintas, a veces contradictorias, que llegan con sus historias, sus ideas, sus obsesiones, sus realidades y sus formas de entender el mundo. Es la oportunidad de aprender, claro, en las clases, pero también, y, sobre todo, de la comunidad que se forma alrededor de ellas. Y funciona precisamente por eso, por esa riqueza. Porque aprendes también de las personas que la componen. De hecho, es probable que para el alumno sea el primer encuentro con realidades tremendamente distintas. Y eso de verdad enseña.

La Universidad se nutre de todos los que la conforman y esa mezcla hace que su misión sea formar personas enteras, no fragmentos: profesionales capaces de hacer bien su trabajo; y, además, personas íntegras, capaces de pensar, discutir, escuchar, equivocarse y volver a empezar. A la sociedad le hacen falta buenos abogados, científicos, ingenieros, sí, pero sobre todo le hacen falta buenas personas que deben salir las universidades.

La misión no puede reducirse a fabricar oyentes pasivos. No podemos convertir al estudiante, como nos dijo un profesor -con toda razón- en "una prolongación inanimada de la banca" (después de tan contundente afirmación aprendimos a comportarnos animadamente), que se dedique a tomar apuntes como quien recoge lluvia. La enseñanza universitaria tiene que despertar curiosidad, discusión, entusiasmo: una buena clase debería dejar alguna pregunta dando vueltas en la cabeza mucho después de que se haya acabado la clase. El conocimiento importa, y mucho, pero también importa ser críticos, porque hoy saber de una cosa no hace a una persona inteligente. Se puede saber sobre IA y no saber qué decirle a una chica. Se puede conocer el funcionamiento de una SAS y no saber tratar a la gente. Se puede vivir en una autocracia y permanecer callados.

El compromiso del estudiante es aprender. Pero la misión es cuestionar. Es necesario participar de las grandes discusiones contemporáneas. Dentro y fuera de clases. Hay que reclamar con rebeldía por las causas justas: esa es su responsabilidad. Hay que formar profesionales para el futuro, sí, pero el estudiante debe ser capaz, también, de intervenir en el presente.

Este lugar de encuentro de generaciones, de ideas y de amistades que duran más que cualquier materia, donde se mezclan los que piensan distinto, no es un lugar intrascendente al que uno va a sacar únicamente un título, por un lado, o a enseñar rutinariamente, por otro. Es todo lo que puede ser, siempre y cuando haya compromiso, pasión y ganas de hacer cosas. Y de ese choque nace algo que ninguna plataforma digital puede ofrecer por completo: la experiencia de estar y de ser. Hasta jugando cuarenta en la cafetería en las horas huecas, se aprenden cosas.

Dejemos que la Universidad nos envuelva y que sea lo que debería ser: un lugar donde se encuentren el conocimiento, el buen ejemplo, el aprendizaje, las preguntas, los desafíos, los amigos, la investigación, el debate, el rigor académico o las dudas. Esa, y no otra, es su obligación. El estudiante tiene la responsabilidad de aprovechar de estos espacios irrepetibles.

Porque la Universidad no debería enseñarnos únicamente cómo ganarnos la vida. Debería enseñarnos, sobre todo, cómo vivirla.

Y eso, después de todo, es bastante más difícil que aprobar un examen. (O)