La independencia del espejo
La independencia posee la ventaja de ofrecer una fecha definida. Hay un día para la batalla, otro para la capitulación y un tercero para la firma que convierte la colonia en república. Después vienen estatuas, avenidas y generales de bronce, condenados a cabalgar sobre plazas donde ya nadie recuerda qué ocurrió.

Iberoamérica expulsó a los ejércitos realistas, cambió sus escudos, redactó constituciones e inventó himnos. Pero la retirada del imperio no deshizo el orden impuesto. Quedó una herencia difícil de expulsar. No ocupaba palacios ni territorios, sino nuestra manera de mirar. Nos enseñó qué rostro debía parecernos hermoso, qué rasgos merecían prestigio y qué parte de nosotros convenía corregir. La belleza dejó de ser una posibilidad para convertirse en obligación. La colonia terminó en los mapas antes que en nuestros ojos. Por eso decimos que la emancipación de la mirada, en cambio, carece de calendario.

Esa supervivencia forma parte de lo que Aníbal Quijano llamó "colonialidad del poder". Las instituciones habían cambiado, pero las categorías coloniales seguían trabajando en silencio. Decidían qué conocimiento merecía autoridad, qué lengua sonaba culta, qué cuerpo inspiraba confianza y qué rostro parecía nacido para mandar. Los Andes no habían esperado al colonizador para crear belleza. Un tejido podía expresar procedencia, rango y comunidad. Su belleza formaba parte de una manera de ordenar el mundo. La operación más duradera fue enseñarnos a mirar esas formas como signos de inferioridad.

Hay una violencia que necesita soldados. Otra sobrevive convenciéndonos de que aquello que nos distingue también nos disminuye. Entonces la vigilancia se vuelve interior y el látigo aprende a llamarse vergüenza. De ella nació una educación silenciosa del ascenso. Había que hablar y vestirse de otra manera, domesticar el cabello, disimular el apellido, abandonar una lengua, dejar fuera partes de uno mismo. El blanqueamiento fue también la creencia de que alejarse de ciertos orígenes podía acercarnos al prestigio. La colonia ya no necesitó decirnos cómo mirarnos.

Pierre Bourdieu mostró otro aspecto del mecanismo. El gusto rara vez es tan inocente como presume. Cuando decimos fino, vulgar, distinguido, ordinario o elegante, creemos describir estilos. A menudo trazamos fronteras. El gusto puede ser una jerarquía que ha aprendido a hablar en primera persona. Hay prejuicios que ya no necesitan pronunciar la palabra raza. Les basta con exigir "buena presencia".

Algunas jerarquías sobreviven bajo la apariencia de preferencias consideradas privadas. Pero, ningún gusto permanece privado cuando distribuye oportunidades. Lo bello se confunde con lo prestigioso; lo prestigioso, con lo competente; lo competente, con aquello que imaginamos investido de autoridad. Así, un juicio íntimo decide, casi sin ruido, quién parece ocupar por derecho propio un escritorio de poder y quién, aun después de haber llegado, continúa pareciendo un intruso.

La publicidad, los colegios, las pantallas, las fotografías oficiales y las empresas también educan los ojos. Cada imagen distribuye el porvenir. Hay rostros autorizados a representar tecnología, riqueza, inteligencia o deseo. Otros quedan relegados a la artesanía, la pobreza, la tradición o el paisaje. Allí aparece una de nuestras contradicciones más refinadas. Admiramos lo indígena cuando cuelga de una pared y nos incomoda cuando ocupa una silla.

Vestimos los aeropuertos con motivos andinos y ofrecemos la diversidad como un tesoro. Después, un apellido nos parece demasiado particular, un acento demasiado marcado y una apariencia demasiado local. Conservamos ciertas identidades como piezas arqueológicas, siempre que permanezcan quietas.

Durante mucho tiempo nos preguntamos por qué no conseguíamos parecernos a la modernidad. Tal vez formulamos mal el problema. Había una pregunta anterior: ¿quién dibujó el rostro de aquello que aprendimos a llamar moderno? Emanciparse de esa mirada tampoco consiste en invertirla. Declarar superior lo que antes fue subordinado conserva intacta la jerarquía y solo cambia quién ocupa cada extremo.

La dificultad es aceptar que el espejo tiene historia. Nunca fue neutral. Seleccionaba, magnificaba, disminuía. Después de mirarnos demasiado tiempo en él, confundimos las deformaciones del cristal con los rasgos del rostro.

La última independencia no ocurrirá frente a un ejército extranjero. Será menos heroica y quizá más difícil. Tendrá lugar en una escuela, en un anuncio o en una oficina, quizá frente a un niño que descubre qué debe esconder de sí mismo para ser aceptado.

Las repúblicas nacieron cuando cambiamos quién gobernaba nuestros territorios. La emancipación estará más cerca cuando dejemos de necesitar ojos prestados para decidir cuánto valemos. Tal vez entonces el espejo nos devuelva, por fin, un rostro y no una comparación. (O)