El progreso de los obedientes
La madurez de una civilización no se mide solo por lo que logra construir, sino también por aquello a lo que se niega, incluso cuando podría hacerlo. Pensar incomoda porque obliga a cargar con uno mismo; obedecer simplifica porque permite disolverse en la estructura. Por eso el acto de decir “No” conserva una dignidad tan rara y necesaria.