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Hay cosas en la vida que no sirven para nada. No resuelve los problemas del país. No hace que funcionen mejor los semáforos, ni consigue que los hijos hagan los deberes. Mucho menos sirve para que te suban el sueldo o que tu esposa te dé la razón. Pero son indispensables para vivir. Torear es una de ellas.

23 Septiembre de 2026 15.15

A la inmensa mayoría de las personas ni se les pasa por la cabeza ponerse delante de un toro o, incluso, delante de un plato con carne jugosa de toro. Es gente que prefiere estar en casa viendo una película, comer con amigos o hacer algo más sensato como dormir. ¡Quién no! Sin embargo, no falta aquel que decide ponerse algo creativo y extravagante, así que se le ocurre que es una buena idea torear.

Esto, aunque al resto le parezca una pésima idea, puede ser la mejor decisión que una persona puede tomar y una magnífica manera de vivir. Quien decide por elección propia, entra en una categoría muy particular de seres humanos: esos que, teniendo la comodidad a la mano, prefieren despeinarse un poco y complicarse la vida para ¿torear? Pues sí, personas que deciden esperar que aparezca un animal de cientos de kilos sin el menor interés en colaborar con su integridad física. "¡Hay gente pa tó!", decía Rafael Gómez "El Gallo".

Nadie necesita torear o subir una montaña, tampoco nadie necesita escribir un libro o aprender a tocar la guitarra. Pero cuando esas cosas ocurren, algo cambia. No necesariamente en el mundo. En nosotros.

La Feria del Aficionado Práctico fue eso.

Una excusa.

Una extraordinaria excusa. 

Esto no nació como nacen las cosas importantes, sino de una manera mucho más modesta: sin estudio de factibilidad, ni plan de negocios, ni nada. Ni siquiera dinero. Fueron tres sujetos idealistas lo suficientemente inconscientes que creyeron que había que hacer algo por nuestra afición. Y aunque siempre nos preguntábamos qué podría salir de mezclar a Juan Fernando Iturralde, Juan Sebastián Roldán y Esteban Ortiz, la respuesta contundente habría sido "nada bueno". Pero no, de esa mezcla salió la Feria del Aficionado Práctico y esa idea terminó ocupando veinte años de nuestras vidas.

Fueron años dedicados a hacer cosas que no sirven para nada y, para colmo, lo hicimos con una seriedad absolutamente desproporcionada. Organizamos, convocamos, discutimos, coordinamos, sufrimos, volvimos a organizar, volvimos a sufrir y cuando todo parecía finalmente bajo control aparecía un toro para recordarnos todo lo contrario. 

Organizar la FAP siempre fue un desafío. Pero también fue una de esas cosas en las que el esfuerzo valía la pena incluso antes de saber el resultado. Al principio pensábamos que había más riesgo toreando. ¡Qué equivocados! Porque una cosa es organizar una feria. Otra muy distinta es participar en ella. Al organizar hay responsabilidades y la posibilidad de que todo lo que has planeado durante meses, puede desaparecer en tres segundos. Y entonces uno se encomienda al diosito de los toreros que, durante estos veinte años, debe haber terminado bastante cansado de nosotros.

Más inconscientes que cabales, logramos lo impensado: un espacio solo de aficionados, para aficionados. Toreros que salían al ruedo con sus miedos más profundos para intentar alcanzar sus sueños más intensos. Era eso: dar la posibilidad al aficionado de vestirse de torero por un día, dejar de mirar desde la barrera, vivir lo que se siente en el ruedo y descubrir que aquello que durante meses había parecido una idea maravillosa era, en realidad, mucho más que una idea maravillosa. Lo que creíamos pasajero terminó convertido en el mayor encuentro de aficionados prácticos del mundo.

Eso es la FAP: el espacio para dar sentido a un arrebato. No siempre hay que buscarle una utilidad material a todo. Las pasiones son así, no producen, no pagan, no solucionan nada y sin embargo son las que muchas veces terminan dándole sentido a todo lo demás. 

La FAP termina bajo este formato. Eso es cierto. Y habrá que acostumbrarse. La plaza puede quedar vacía, los capotes pueden guardarse, los trajes volver al armario. Pero lo que fuimos cuando toreamos no se va jamás. Y eso, al final, era lo verdaderamente importante. Algún día alguien dirá "¿te acuerdas de aquella tarde?", "¿te acuerdas del festival del adiós guambrita?".

Y entonces, sin darnos cuenta, volveremos a aquella plaza, a tener veinte años menos, a estar juntos, aunque sea por un momento y entenderemos, finalmente, para qué servía todo.

Para nada.

Y para todo.

Porque hay cosas que no sirven para nada. Hasta que un día descubrimos que eran precisamente las que más necesitábamos.

Gracias por todo. (O)

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