Pedro Maldonado Ordóñez Editor
Nacen en los cerros, en el páramo, en las montañas que rodean y protegen a Cuenca. Allá arriba cobran vida como pequeños riachuelos que se van extendiendo mientras recorren cordillera abajo hacia el valle donde se asienta y crece la ciudad más bonita del Ecuador, según sus habitantes y los miles de turistas que la visitan y se enamoran de ella.
En su trayecto la vida se multiplica con ecosistemas que son investigados por biólogos y más científicos que se maravillan con cada ser vivo que habita sus aguas y sus orillas.
Verlos desde el aire, al aterrizar en Cuenca, es simplemente un lujo. Serpentean por la ciudad y los eucaliptos que los cuidan dibujan un paisaje que maravilla siempre: el verde se combina con los tejados que dan un color único a esta ciudad Patrimonio de la Humanidad desde 1999. Ya en tierra la magia se multiplica con el arrullo del agua, las piedras eternas, el viento que besa su superficie y la gente, los cuencanos, sí, los morlacos. Nosotros.
Son el Tomebamba, el Yanuncay, el Machángara y el Tarqui. Suman entre los cuatro más de 140 kilómetros, pero ese número no les hace justicia. También hay que contar todo lo que ocurre en sus orillas, en sus alrededores.
Empecemos con los parques lineales. Cuenca ya no puede imaginarse sin estos espacios que se pensaron en los años 90 y que hoy están en lo más profundo del ADN cuencano. Fueron ideados para cuidar las orillas, evitar construcciones en las riberas y conservar la vegetación nativa. Hoy son visitados por miles de personas a diario para caminar, trotar, pasear en bicicleta, enamorarse y desenamorarse. Para respirar, para vivir.
Las ciclovías. Van a la par de los ríos y de los parques lineales. No deseadas por los amantes de los autos y amadas por quienes nos gusta pedalear, colocan a la ciudad al mismo nivel de ciudades de países como España, Francia o Países Bajos en donde la movilidad sostenible no se discute ni se piensa, simplemente se vive. Son más de 75 kilómetros para rodar por Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca
El jardín botánico. Una de las joyas más recientes de Cuenca; está destinado a la conservación, investigación y difusión de la diversidad vegetal del Azuay. En sus 4,8 hectáreas reúne más de 150 especies, ocho ecosistemas, cultivos andinos y un humedal. Un laboratorio viviente y destino obligado para entender el valor de la naturaleza.
El parque más grande la ciudad: El Paraíso. Niño que no haya jugado en El Paraíso no ha jugado en Cuenca. Los paseos escolares en los años 80, los partidos de fútbol cualquier día de la semana, las caminatas por senderos y puentes, elevar cometas en vacaciones, un helado con la novia o el novio, una escapada con los compañeros del colegio (ranclada, en cuencano), sitio de entrenamiento para los atletas disciplinados. Y lo más bonito es tener al Tomebamba en una orilla y al Yanuncay en la otra. Un paraíso.
Dos universidades en sus orillas. La Universidad de Cuenca, conocida como ‘la estatal’, y la Universidad del Azuay, la UDA, están allí, formando e investigando, educando y forjando el futuro, al frente del Tomebamba y del Yanuncay. Los estudiantes de Biología, Arquitectura, Diseño y otras carreras tienen aulas privilegiadas en las riberas, en los cauces de los ríos cuencanos. Aulas inigualables.
A todo lo anterior se suma un centro comercial y un hospital que, como no podía ser de otra manera, se bautizaron acorde a su entorno natural. El Mall del Río y el Hospital del Río también son elementos de la ciudad del agua y las montañas.
Y si vamos más atrás en la historia de la capital azuaya recordaremos las carreras de botes en el Tomebamba, así como las cholas cuencanas, hermosas siempre, lavando ropa en las orillas y secándola en las piedras, siempre que la corriente del agua, en especial la del furioso Julián Matadero, lo permita. Obras de teatro al aire libre, cafeterías y bares complementan el paisaje.
Esos son los cuatro ríos de Cuenca, al que desde hace un año se sumó uno más, el quinto, el número cinco, el que defiende a los cuatro primeros y al páramo donde nacen. Es el río que está hecho de historia, amor propio y coraje. Los ríos de Cuenca son eso, son vida, son la ciudad, son su gente. (O)