El sector lácteo ecuatoriano atraviesa una situación que, más que preocupar, debería invitarnos a reflexionar: crece en valor, pero se contrae en consumo.
Según los datos del Servicio de Rentas Internas (SRI), en 2025 las ventas del sector lácteo formal superaron los USD 1.920 millones, con un crecimiento de 14,55% frente al año anterior. Es una señal clara de dinamismo empresarial. Sin embargo, cuando miramos lo que ocurre dentro de los hogares, la tendencia cambia: cuatro de cada 10 han reducido su consumo de leche.
Este contraste no es menor. Nos dice que el mercado está creciendo más por precio, mix de productos o ajustes de valor que por consumo real. En otras palabras, estamos vendiendo más, en dólares, pero consumiendo menos.
Y aquí aparece un primer hallazgo clave: no es un problema de rechazo. Más del 80% de los consumidores mantiene una percepción favorable hacia la leche, el queso y el yogur. Los lácteos gustan, se valoran y siguen presentes en la dieta.
Entonces, ¿por qué se consumen menos?
Porque el problema no es el producto. Es el contexto en el que se consume.
Hoy, la leche —el producto más emblemático de la categoría de lácteos— ha quedado atrapada en una creencia limitada: es percibida como un alimento para niños y asociada casi exclusivamente al desayuno. Esto reduce sus momentos de consumo y la vuelve prescindible en la adultez.
A esto se suma un cambio demográfico —cada vez hay menos niños— y un cambio cultural más profundo. La decisión de consumo ya no se construye solo desde la necesidad nutricional, sino desde percepciones, tendencias y creencias.
De acuerdo con datos de Worldpanel, la principal razón para reducir el consumo es la intolerancia a la lactosa (38%), muchas veces sin diagnóstico clínico, seguida por cambios de hábitos hacia otras bebidas (34%) y factores económicos (20%). Es decir, la decisión se mueve más por percepción que por evidencia.
Pero hay un dato que debería encender una alerta y, al mismo tiempo, una oportunidad: el 9% de hogares que dejaron de consumir leche no la reemplazaron por ninguna otra bebida. No migraron. Simplemente dejaron de consumir. Esto cambia completamente la lectura. No estamos perdiendo solo frente a competidores. Estamos perdiendo ocasiones de consumo.
En paralelo, el consumo per cápita se mantiene alrededor de los 108 litros al año, lejos de los 150 litros recomendados internacionalmente. Y aunque el queso y el yogur muestran dinámicas distintas, más versátiles o aspiracionales, el comportamiento de la leche sigue marcando el pulso de la categoría.
Desde la evidencia médica recogida en estudios recientes, no existe un rechazo estructural hacia los lácteos. La mayoría de los especialistas coincide en que su consumo es positivo y depende de cada persona. Sin embargo, esa voz técnica compite, y muchas veces pierde, frente a narrativas más simples, emocionales y virales.
Vivimos en una economía de la atención, donde la información se consume rápido y las decisiones se toman aún más rápido. En ese entorno, “lo natural”, “lo alternativo” o “lo nuevo” gana terreno, incluso sin evidencia sólida.
Entonces, ¿qué nos dicen realmente los datos?
El problema es el contexto. Es la forma en que se construyen las decisiones de consumo hoy: entre percepciones, tendencias, restricciones económicas y nuevos estilos de vida.
En un entorno marcado por la incertidumbre económica y la inseguridad, los hogares priorizan. Y en ese proceso, los lácteos compiten no solo entre sí, sino con nuevas alternativas, nuevas narrativas y prioridades.
Eso implica repensar momentos de consumo, innovar en formatos y, sobre todo, volver a conectar con las personas desde su realidad. No desde la defensa del valor nutricional de la leche, el queso o el yogur pues los ecuatorianos ya lo reconocemos, sino desde la empatía. Porque, al final, el consumo no se define únicamente en la percha. Se define en la mente, en las creencias y en los hábitos. Y los hábitos, cuando se pierden, no se recuperan con argumentos. Se recuperan cuando vuelven a tener sentido para cada uno de los consumidores. (O)