Quito merece enamorar: belleza urbana como motor de desarrollo
Es injusto minimizar ese sentir ciudadano o responsabilizar a quienes, de manera legítima, expresaron que aquella propuesta no representaba la ciudad con la que sueñan. Más que un debate sobre un edificio, fue un debate sobre la ciudad que queremos.

La belleza suele considerarse un lujo, un atributo deseable pero secundario frente a los grandes desafíos de una ciudad. Es exactamente lo contrario. La belleza es uno de los activos más valiosos que puede tener un territorio: mejora la calidad de vida, fortalece la identidad, impulsa el turismo, atrae inversión, genera oportunidades y construye ciudadanía.

La belleza no es el resultado del desarrollo; muchas veces es una de sus causas. Las ciudades más dinámicas del mundo comprendieron hace décadas que el progreso no consiste únicamente en resolver problemas funcionales. También consiste en crear espacios capaces de emocionar, de invitar a disfrutar el espacio público y de despertar orgullo por el lugar donde vivimos. Porque las personas no se enamoran de ciudades eficientes, se enamoran de ciudades memorables.

Quito parte con una ventaja extraordinaria. Pocas ciudades pueden presumir de una geografía tan imponente, un clima privilegiado durante todo el año y un paisaje urbano que dialoga con la naturaleza. A ello se suma su centro histórico, uno de los más bellos y mejor conservados de América.

En 1978, Quito se convirtió, junto con Cracovia, en la primera ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Ese reconocimiento permitió proteger un patrimonio arquitectónico excepcional frente a las presiones del crecimiento urbano y la especulación inmobiliaria que transformaron irreversiblemente la mayoría de los centros históricos de otras capitales latinoamericanas.

La historia demuestra que la belleza genera valor. La Iglesia de la Compañía de Jesús, una de las mayores joyas del barroco americano, recibe cerca de 300.000 visitantes al año. Miles de personas viajan desde distintos lugares del mundo para admirar una obra extraordinaria, cuidadosamente preservada durante siglos. La belleza también genera empleo, dinamiza el turismo y fortalece la economía.

También existen ejemplos contemporáneos. El Metro de Quito no solo transformó la movilidad de la ciudad; se convirtió en motivo de orgullo por el cuidado con el que se mantiene, hasta el punto de haber sido reconocido entre los sistemas de metro más limpios del mundo. Lo mismo ocurre con el aeropuerto de Quito o, en Guayaquil, con el Malecón 2000.

La explicación es sencilla: cuando algo nos enorgullece, lo cuidamos. Las ciudades que enamoran atraen talento, inversión, turismo y oportunidades. La belleza no es un lujo: es una ventaja competitiva.

En ese contexto, la reciente discusión sobre el concurso para el nuevo Museo Nacional deja una enseñanza valiosa. No corresponde poner en duda la transparencia del proceso ni el profesionalismo del jurado. Los concursos existen precisamente para que expertos evalúen las propuestas con criterios técnicos, y sus decisiones deben respetarse. Pero ello no impide reconocer que, aunque la belleza es subjetiva, la propuesta ganadora generó una significativa reacción ciudadana.

Es injusto minimizar ese sentir ciudadano o responsabilizar a quienes, de manera legítima, expresaron que aquella propuesta no representaba la ciudad con la que sueñan. Más que un debate sobre un edificio, fue un debate sobre la ciudad que queremos. Ese episodio demuestra que los quiteños —y los ecuatorianos— seguimos creyendo que la belleza importa. Que queremos una ciudad que nos haga sentir orgullosos cuando la recorremos o cuando la mostramos al mundo.

Vale la pena recordar que, hace más de sesenta años, la reacción ciudadana también fue determinante para frenar la construcción de una torre vidriada de dieciséis pisos en el predio del Municipio de Quito, en plena Plaza Grande. Mucho antes de que el Centro Histórico recibiera el reconocimiento de la UNESCO, los quiteños ya defendían la armonía y la belleza de su ciudad.

Ojalá esta conversación no termine con un concurso. Ojalá sea el punto de partida para una nueva ambición colectiva: convertir a Quito en una ciudad que no solo funcione mejor, sino que también inspire, emocione y enamore. Porque las ciudades que enamoran son también las ciudades que más prosperan. Y Quito tiene todo para volver a ser una de ellas. (O)