Niños sicarios
Niños armados dispuestos a todo. Adultos en las sombras moviendo los hilos. Ya no son una excepción. Cada vez están más cerca. Cada vez con más nuestros.

El mes pasado en Ecuador fuimos testigos del asesinato de un líder de la pandilla Los Águilas. La atención fue mayor porque sus ejecutores eran niños. Uno de 14 y otro de 15. Actuaron con frialdad y precisión matemática. Plan perfecto. Operación limpia. Precio estimado: entre 5 y 10 mil dólares.

Los adolescentes portaban flores para despistar. El momento en que la víctima salía del terminal del aeropuerto de Guayaquil, uno de ellos se acercó y le disparó sin vacilar. El otro, el más pequeño, acudió segundos después y lo remató. Nadie movió un dedo paralizados por el miedo. Los hechos filmados por las cámaras se difundieron a la noche. En canales nacionales y en medios de la región… Un muerto más. Dos adolescentes detenidos.

La presencia de menores en el crimen no es nueva y tampoco exclusiva del Ecuador. Ha aumentado en la región en los últimos años. El caso más doloroso y más estudiado ha sido el de Colombia. También se ha hecho presente en El Salvador (en retroceso los últimos años), y en México, Honduras, Guatemala. Según UNICEF el reclutamiento de niños a las pandillas se ha multiplicado por 4 en los último lustro. 

Lo más alarmante es la transición de un fenómeno excepcional a uno que se naturaliza y deja de alarmar. Los datos suelen ser incompletos y discontinuos. El Observatorio de la Niñez de Ecuador calcula 888 adolescentes apresados entre enero y marzo. 10 adolescentes por día. El 24.7% de ellos, armados.

El fenómeno tiene múltiples causas. Desde el flanco de los niños resalta un entorno de miseria y marginalidad, ausencia de estado e instituciones,  carencias y pensamiento centrado en la supervivencia, trauma sicológico acumulado, autoestima frágil… Muchos están fuera del sistema escolar. El desarraigo es su marca. La búsqueda de pertenencia su imperativo. Algo que brinde identidad, sentido y proyección.

Desde el flanco de las pandillas los menores tienen valor especial. No van a las cárceles ni son apresados por largos períodos. Tienen costos bajos. Y muestran una sed insaciable por insertarse en las pandillas. Están dispuestos a todo para ganar puntos y ascender. La pandilla le ofrece una “carrera”, recursos, poder, cómplices. Ya no estará solo. Ya no estará al margen. Ya puede pasearse desafiante.

En el ingreso a las pandillas tiene peso la presión social y a veces la amenaza. Pero casi siempre es voluntario. Son tentados desde los 8 y 10 años con bienes (dinero, ropa, celulares), con reconocimiento y estatus, con promesas de poder y lujo. Los roles exigidos aumentan gradualmente desde la simple papel de campanas. El sicariato es la misión más alta y peligrosa. La extorsión y el microtráfico están también en el menú para los niños.

Las consecuencias son desastrosas. A nivel físico: alto riesgo de muerte, lesiones, consumo de drogas, encarcelamiento temprano. A nivel social: abandono escolar, ruptura de vínculos familiares, estigmatización social, dificultad de reinsertarse. A nivel sicológico: cuadros de estrés, depresión, ansiedad, desestabilización frente a la violencia, sentimientos de culpa y miedo permanente.

A nivel de la sociedad los efectos son fatales. Incremento de homicidios, reproducción de la violencia, fortalecimiento de las organizaciones criminales, desconfianza institucional, pérdida de capital humano y futuro productivo. La tragedia es personal y social. Del individuo y del colectivo.

Propuestas de especialistas, centros de derechos y autoridades proliferan. Reconocen que han predominado las medidas puntuales, coyunturales. Entre ellas: aumento de penas a los niños, mano dura a los reclutadores, reducción de la deserción escolar. Estas medidas son importantes pero insuficientes.

Se precisa un ataque integral a la problemática. La prevención resulta prioridad: inserción y educación de calidad, atención sicológica, detección temprana de abandono y violencia familiar, apoyo a familias vulnerables. En protección social se precisan becas, alimentación y salud, redes de protección. Respecto a fortalecimiento institucional: mejor investigación, persecución a reclutadores y sanción máxima, coordinación entre educación, justicia y servicios sociales.

El tema de la rehabilitación -muchas veces reducido a mito- resulta relevante: formación laboral, acompañamiento sicológico, justicia restaurativa, programas especializados. Y al nivel más general, reducción de la violencia estructural, recuperación de espacios públicos, presencia del estado.

No hay que olvidar. El niño sicario es al mismo tiempo víctima y victimario. Pero, ante todo, un ser humano explotado por grupos de criminales adultos que aprovechan su condición de vulnerabilidad. Las expresiones de estos niños no pueden dejarnos indiferentes. “Si no mato, me matan”. “Ya estoy perdido”. (O)