La semana pasada expusimos ideas generales en torno a los “gilipollas”. Al explicar el origen histórico del vocablo, en el fondo un verdadero “juicio etimológico”, quedó claro que las actitudes de los actores de gilipolladas lindan con aquellas de los cursis. Unos y otros irradian insalubridad intelectual definitoria de mediocridad; en la cursilería viene acompañada de imperfección estética. Tomando palabras de la revista gaditana La Estrella, en publicación de 1842 –al margen de sus deficiencias decorativas– gilipollas y cursis son seres inútiles, molestos, torpes y de mal gusto… un padrastro para toda reunión.
La sociología los equipara con los idiotas morales. En estos confluyen los impresentables vicios de entes carentes de sensibilidad frente a los demás: inequidad y necedad ante las justas demandas de derechos por parte de minorías de cualquier tipo. Subsisten aislados de las realidades circundantes, incapaces de comprender las necesidades del prójimo, convencidos de que los beneficios de que gozan les permiten tomar indebidas ventajas de sus semejantes. Florecieron durante la pandemia. Complementan sus extravíos con actitudes prepotentes. Cuando están rodeados de otros de similar especie, difunden fanfarronería y bravuconería. Al sentirse solos bajan de tono… la cobardía es también propia de los imbéciles comunitarios.
En el Siglo de Oro –en realidad casi doscientos años entre los siglos XVI y XVII durante los cuales en el Imperio español de los Austrias progresaron las artes y la literatura– gestó la frase “Son tontos todos los que lo parecen… y la mitad de los que no lo parecen”. Está recogida en el Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián (1601–1658). El aserto de hace más de cuatrocientos años retoma incesante vigencia en la era digital.
Hoy, más que nunca, es imprescindible tener en mente que no son gilipollas solo los evidentes, ciertos y probados. También hay gran cantidad de boludos que no parecen tales a primera vista, pero cuya pelotudez puede ser detectada penetrando más allá de sus palabras. Es decir, al verificar que se han dejado llevar por la inteligencia artificial. Estúpidamente, hacen suyos conceptos, grafías, representaciones, expresiones –en definitiva, ideas– tomadas de la IA sin la necesaria ponderación y comprobación de su autenticidad o, al menos, de principios de razonabilidad. Así, gira alrededor de las sociedades posmodernas un cúmulo de gilipollas. Unos por derecho propio… y otros por adhesión a la moda.
A finales de 2012, el filósofo estadounidense Aaron James (fecha de nacimiento no revelada), profesor de la Universidad de California, Irvine, publica la obra Ass-holes: A Theory. Pronto se convirtió en un best-seller. Con profundidad analítica, sin dejar de lado al humor, promueve el estudio de los gilipollas y las gilipolladas. Parte de catalogarlos entre los hombres más fastidiosos, inoportunos –cargosos– de la sociedad. Los define como las personas que poseen una concepción grandiosa de sí mismas; a partir de ella se sienten legitimados para practicar toda clase de trastos. Agrega, algunos entes creen que su “¿talento?” los sitúa por encima de los mortales… y, por tanto, las reglas de convivencia válidas para otros no aplican a ellos. Hablan tanta majadería que dan pena.
Con base en la cita, son especímenes reacios para aceptar la igualdad entre los seres humanos. Sistemáticamente, aprovechan de su posición para atentar contra las normas, la integridad y la fraternidad. No reparan en lo dañino de sus estúpidas conductas… lo importante es el provecho privativo y del gris grupo que les brinda comodidad. Los gilipollas de las “altas” capas socioeconómicas son similares a los de las franjas “menos” favorecidas en términos materiales, pero ansiosos de llegar a tener más. El peligro representado por los primeros es, por cierto, mayor en tanto consideran que su mejor situación económica los ubica por encima del universo.
James advierte que lo expuesto conduce a los gilipollas a autoconvencerse de que sus cánones son derechos adquiridos… así, abogan por su superioridad. Esta, para los capullos, es factor permisivo de cualquier arbitrariedad… inclusive de pisotear al resto. Burlan la ley a su antojo. Les importa “un carajo” la dignidad de sus congéneres, de quienes exigen sumisión. Cada ocasión en que pueden, insisten en su supuesta preponderancia. Todo en un marco de quemeimportismo al criterio y opinión de la sociedad.
La gilipollez es un fenómeno que va tomando cuerpo en el mundo. Los huevones, al sentirse cuestionados, emprenden en procesos de identificación de terceros con equivalentes tendencias, a efectos de ampliar su espacio entre seres proclives a la estupidez. La mejor defensa de los tontos es sentirse ofendidos por quienes no son difusos. Dejan de recapacitar en que aquellos que los refutan no tienen intenciones de fiscalizarlos o juzgarlos, pero de llamarlos al orden. La reconciliación social con los idiotas es tarea harto difícil. (O)