Ser creativo no sirve de nada si no te pones en acción. Y no te lo digo desde la teoría, te lo digo desde haberme equivocado más de una vez, con oportunidades reales que tuve en las manos y dejé pasar.
Hace 17 años reuní a un grupo de alumnos de una universidad a la que le tengo mucho cariño. Eran brillantes, de verdad brillantes. Nelson, Carlos, Maggie, Adriana… todos pueden dar fe de lo que voy a contar. Yo venía atravesando una de las etapas más oscuras de mi vida, pero al mismo tiempo tenía una claridad brutal sobre el futuro. Decidimos participar en el concurso James McGuire de la red educativa Laureate, una competencia internacional que reunía propuestas de distintos países. Y planteé una idea que, en ese momento, sonaba rara: convertir las tiendas de barrio en un modelo profesional, con procesos, estandarización, mejor servicio y una marca detrás de todo eso. Hoy parece obvio; en ese momento, no existía.
Desarrollamos un plan de negocios completo, con rigor y con hambre de ganar. Ganamos en Ecuador. Y te soy honesto: estoy convencido de que también debimos ganar a nivel mundial. No fue un tema de propuesta, fue un tema de contexto. Competíamos contra un grupo de maestrantes alemanes y, siendo realistas, el hecho de que un equipo de jóvenes de 19 años se llevara el primer lugar global no encajaba con la narrativa de ese escenario. Si ese factor no hubiese existido, estoy seguro de que nosotros hubiéramos ganado.
Hasta ahí, historia bonita. Ahora viene la parte incómoda. Años después apareció en el país una marca con exactamente el modelo que nosotros habíamos planteado. Exactamente. Y ahí entendí algo que duele: no gana el que tiene la idea, gana el que la ejecuta. Pero no aprendí a la primera.
En 2016, fruto de un accidente deportivo, me vi obligado a caminar y dejar de usar mi automóvil durante cinco meses. Y en medio de esa incomodidad apareció una idea. Me cuestioné por qué nadie me recompensaba por caminar, por moverme, por hacerle un bien al medio ambiente. A partir de esa pregunta empecé a construir algo más grande. No fue solo una ocurrencia. Desarrollé un plan de negocios completo. Pensé en la marca, en los jugadores del modelo, en los procesos, en los sistemas de recompensas. Me atreví incluso a proyectar números. La idea tenía nombre: CTWalkers.
La conté, la discutí, la “validé”. Alguien dijo que no era buena idea. Y yo hice lo peor que puedes hacer cuando tienes una convicción: nada. Años después, una gran empresa anunció una alianza con una compañía extranjera que hacía exactamente eso. Otra vez lo mismo. Otra vez yo diciendo: “yo tuve esa idea”. Y esa frase, si te soy sincero, es peligrosa. Porque suena a inteligencia, pero en realidad es frustración disfrazada.
Ahí lo entendí definitivamente: el problema no es la falta de ideas, es la falta de acción. Y la acción es mucho más importante que crear, incluso más importante que planificar o simplemente pensar. Crear sin ejecutar es entretenimiento intelectual. Planificar sin moverse es procrastinación elegante. Pensar sin actuar es una forma sofisticada de quedarse donde estás.
Por eso, hace cuatro años tomé una decisión incómoda: ponerme en acción de verdad. Dejé las comodidades que había construido en mi país y salí de Ecuador para venir a Estados Unidos. No fue romántico, fue estratégico. No fue fácil, fue necesario. Y ese movimiento cambió todo. Hoy construimos una compañía con presencia en cuatro países, con más de una decena de convenios firmados y con un nivel de facturación que, hace algunos años, ni siquiera se me hubiese ocurrido proyectar.
Ponerme en acción también significó dejar de oír a otros. Dejar de oír las voces externas que opinan sin responsabilidad, pero también, y más difícil aún, dejar de oír esa voz interna que te sabotea, que te dice que no es el momento, que esperes un poco más, que todavía no estás listo. La mayoría de sueños no mueren por falta de talento, mueren por exceso de ruido.
La creatividad es el punto de partida, no el destino. Si no la conviertes en acción, se vuelve un peso. Una idea no ejecutada es una promesa incumplida contigo mismo. Y el mundo no premia intenciones, premia resultados.
Si hoy tienes una gran idea, te lo digo sin adornos: no vale nada hasta que decidas moverte. Empieza imperfecto, pero empieza. Prueba, ajusta, equivócate, corrige y vuelve a intentar. La diferencia entre el que lo logra y el que no, rara vez está en la idea. Está en la velocidad de ejecución, en la consistencia y en la capacidad de sostener el esfuerzo cuando ya no es emocionante.
Porque el entusiasmo dura días, pero la disciplina construye destinos. Y si de verdad quieres cambiar el tuyo, deja de pensar tanto… y muévete. (O)